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¿Y si la cultura no fuera solo humana?

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El Mostrador Fuente Preferida

¡Buenas tardes, estimados y estimadas tripulantes de este Universo Paralelo! 

La semana pasada la dedicamos a la gran sismóloga Inge Lehmann, cuyo trabajo nos muestra, con claridad formidable, cómo la ciencia nos impulsa más allá de lo que alcanzan nuestras manos y nuestros sentidos, y nos permite descubrir e ilustrar átomos, virus, galaxias o, como lo hizo Lehmann, el centro de la Tierra.

En las ciencias naturales eso es evidente. En la antropología, lo es menos. Cuando el objeto de estudio somos nosotros mismos, cuesta más entender que haya que mirar hacia otra parte. Pero hay que hacerlo, sobre todo para explorar la prehistoria, esas épocas en las que no dejamos registro escrito.

  • Allí, muchas veces, es mejor observar a otros seres vivos que nos acompañan, o que habitaron el pasado. Plantas y animales de todas las épocas pueden iluminar nuestros orígenes mucho mejor que nuestra propia biología.

Pocos casos lo muestran tan bien como el de la etóloga británica Jane Goodall, célebre por su trabajo con chimpancés. En 1960, en la selva de Gombe, en Tanzania, vio a uno de ellos deshojar una ramita para pescar termitas de un termitero. Las herramientas eran, hasta entonces, lo que nos definía como humanos.

La escena fue tan revolucionaria que Louis Leakey, paleoantropólogo y uno de los mentores de Goodall, habría dicho: “Ahora debemos redefinir herramienta, redefinir hombre, o aceptar a los chimpancés como humanos”.

En este número de Universo Paralelo, de la mano de Jane Goodall, hablaremos de cómo el hombre tampoco es central cuando se trata de descubrir sus orígenes. Al ilustrar y describir al hombre del pasado remoto procedemos de manera similar a cuando ilustramos y describimos átomos o galaxias: construyendo teorías que expliquen sus consecuencias. Y esas consecuencias se observan, más que en el hombre de hoy, en las plantas y animales con quienes pudimos convivir. También en nuestros parientes cercanos en la evolución.

Esta semana nos acompañan Carolina Godoy, arqueóloga, doctora en Ecología y académica de la Universidad Alberto Hurtado; Francisco Crespo, antropólogo social; Madelaine Mejías, doctora en Ecología Integrativa e investigadora postdoctoral del Laboratorio de Genómica y Genética de Interacciones Biológicas del INTA de la Universidad de Chile; Sofía Vargas, doctora en Ciencias; Ignacio Retamal, doctor en Ciencias; y la periodista Francisca Munita.

  • Gracias por acompañarnos en este número de Universo Paralelo. Comenta y comparte este link. Y si este newsletter te llegó gracias a alguien que sospecha que la cultura quizás no sea un asunto exclusivamente humano, inscríbete aquí y exploremos lo que la naturaleza sabe de nosotros… y nosotros de ella.
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LA HISTORIA ESCRITA EN LA NATURALEZA

Crédito: Foto de Cafer SEVİNÇ.

Por Carolina Godoy
Doctora en Ecología

A veces, para reconstruir nuestra historia, hay que buscarla donde menos esperamos encontrarla. Por ejemplo, poniendo atención a las especies que nos rodean. Durante siglos, diferentes plantas recorrieron enormes redes comerciales sin que pudiera anticiparse hasta dónde llegaría su influencia.

Especies hoy tan cotidianas como la papa (Solanum tuberosum) alcanzarían Europa en el siglo XVI y transformarían economías enteras; el cacao (Theobroma cacao) cruzaría el Atlántico desde Mesoamérica y cambiaría de usos y estatus, mientras que de la corteza de árboles sudamericanos (Cinchona spp.) se aislaría en 1820 la quinina, un medicamento tan valioso que su control pasó a formar parte de proyectos coloniales.

Tanto han viajado junto a nosotros que algunas especies llegaron a establecerse a miles de kilómetros de su origen y hoy su presencia nos parece completamente “natural”.

  • Pero nuestra historia con las plantas seguro comenzó mucho antes de los registros escritos. Podríamos inventar una escena: hace casi medio millón de años, un grupo trabaja junto a un río en África. Alguien corta un gran tronco (Combretum zeyheri), talla su superficie y hacen encajar sobre ella una segunda pieza de madera. Quizás están levantando la base de alguna construcción que nunca llegaremos a ver, como una carpintería de hace 470 mil años.

Podríamos imaginar también historias más cercanas. A un grupo de cazadores-recolectores avanzando hace unos 12 mil años por un desierto de Atacama hoy irreconocible, siguiendo cursos de agua entre grandes manchas de vegetación. Algunos cargan conchas traídas desde la costa; otros, materiales cordilleranos. Entre sus pertenencias viaja también madera de Ceiba, un árbol de bosques tropicales que crecen al otro lado de los Andes. Cientos de kilómetros, montañas y ambientes completamente distintos separan esos lugares, pero para ellos no están desconectados.

  • Y en la misma época, más al sur, otros grupos se reunían a orillas de una antigua laguna en Tagua Tagua, hoy desaparecida. Mientras unos cazaban enormes parientes extintos de los elefantes, otros recogían y procesaban plantas acuáticas, juncos, tubérculos y partes de palmas chilenas (Jubaea chilensis). Al caer la tarde, podemos imaginarlos nuevamente juntos, alrededor del fuego, compartiendo historias sobre un territorio que se extendía desde la laguna hasta las montañas.

Estas escenas tienen algo de fantástico: paisajes desaparecidos, animales extintos y personas que nunca conoceremos. Lo fascinante es que no son historias inventadas. ¿Cómo podemos saberlo sin registros escritos? La arqueología y las paleociencias han aprendido a leer archivos vegetales antiguos.

  • Los restos de plantas pueden permanecer durante miles de años allí donde esas actividades ocurrieron, enterrados en el suelo que albergó un fogón, adheridos a herramientas de piedra o incorporados al sarro dental de los esqueletos. Algunos pueden reconocerse a simple vista, como semillas, frutos, maderas o fibras. Otros son microscópicos: microfósiles vegetales, polen, compuestos químicos e incluso ADN antiguo.

Lo notable es que esos restos, por mínimos que sean, pueden conservar durante milenios fragmentos de nuestra historia común. Aunque ya no estén la planta ni la persona que la cortó, transportó o procesó, entre ambas queda una huella material capaz de enseñarnos qué sabían, cómo vivían y cómo se relacionaban con sus paisajes. Y también nos recuerda algo esencial: no siempre anticipamos qué conocimientos terminarán siendo indispensables. Muchas de las plantas cotidianas que nos rodean hoy podrían guardar propiedades aún desconocidas, capaces de revolucionar nuestra forma de habitar el mundo.

2

HACIA UNA TEORÍA CIENTÍFICA DE LA CULTURA

Crédito: Foto de Guerrero De la Luz.

Por Francisco Crespo
Antropólogo social

La antropología como disciplina tiene un origen oscuro: la colonización europea del mundo, y como práctica profesional ha luchado por consolidarse como una ciencia. Su objetivo es estudiar la cultura, pero el famoso compendio de Kroeber y Kluckhohn de 1952 registra 164 definiciones y acepciones de “cultura”: histórica, descriptiva, genética, normativa, psicológica y estructural. El grueso de mis años formativos se pasó en este centenar de definiciones y confieso que sigo algo perdido.

Una forma de resolver este debate es anclar la cultura a la naturaleza, algo polémico en la antropología. Para muchos colegas la cultura es el opuesto diametral de la naturaleza: Lo crudo y lo cocido –la cultura es donde el ser humano se despega de lo natural–.

  • Jane Goodall se doctoró en etología: el estudio del comportamiento animal. En 1964 publicó sus observaciones sobre el uso de herramientas en chimpancés, revolucionando esta distinción entre lo natural y lo cultural. Durante la década de los 70 describió la “Guerra de los cuatro años” por estatus y recursos que llevó a comunidades a exterminarse entre sí. Hallazgos por los que fue criticada: ¿había ella generado la guerra de los 4 años?

Y es que el método de Jane era la observación prolongada. Llegó en 1960 a Tanzania, parque Gombe, con 26 años, binoculares y un cuaderno de campo. Tomó meses para que los chimpancés no huyeran de ella y, para acelerar este proceso, en 1963 incluyó una estación de alimentación con bananas: este recurso tan preciado generó una concentración de comunidades de chimpancés y, se especuló, brotes de violencia. Este sesgo fue estudiado en detalle posteriormente, concluyendo que la violencia estaba presente incluso sin las bananas, pero esta forma de alimentación puso un manto de duda en el estatus “salvaje” de los chimpancés de Goodall.

También generó olas en el campo de la etología al poner nombres propios a cada chimpancé, rastreando sus biografías. Esta “antropomorfización” se consideraba tabú, porque introduce sesgo: creer que los animales se comportan como nosotros. Normalmente se les denominaba con números.

  • En 1999 Jane Godall y colegas darían su respectivo cañonazo a la antropología publicando “Cultura en los chimpancés”. Tomaron siete estudios de observación prolongada e identificaron 39 “patrones de comportamiento” distintivos incluyendo uso de herramientas, prácticas de acicalamiento y cortejo que eran “tradicionales” en algunas comunidades y ausentes de otras. Esta diferencia no era explicada por factores ecológicos.

Humanos, chimpancés y bonobos (todos primates, muy a pesar del niño predicador) compartimos un ancestro de hace unos 7 millones de años. Así, si unos y otros son capaces de comportamientos similares, ¿podríamos decir que la capacidad que los hace posibles viene de la misma rama evolutiva? No es tan simple: todos los primates siguieron evolucionando por su cuenta, pero sí nos permite arrojar luz sobre ciertos rasgos evolutivos de los primates humanos. Sirven como un punto para reconstruir nuestro propio pasado.

La “Cultura en los chimpancés” es enormemente importante para la antropología, puesto que abre la puerta a pensar el origen de la cultura como algo previo al género Homo: ¿existe realmente un límite claro entre naturaleza y cultura?, ¿es la distinción “instinto” y “cultura” la base de nuestra condición humana? Y ¿de qué ideas tenemos que desembarazarnos para avanzar realmente hacia una teoría científica de la cultura?

3

NOTICIAS: LA SEMANA EN CIENCIA

Vuelo 14 de Starship, el primero de este gigantesco cohete en alcanzar la órbita terrestre. Crédito: SpaceX.

Por Francisca Munita
Periodista

Mientras el país discute por el Escudo de las Américas, la geopolítica y las tierras raras, la ciencia sigue su rumbo propio. Lo que ya no resulta raro es su capacidad de sorprendernos semana tras semana con nuevos hallazgos y logros.

  •  Starship conquista por primera vez la órbita

El gigantesco cohete de SpaceX, Starship, alcanzó por primera vez la órbita terrestre y desplegó 26 satélites Starlink. Un motor se apagó antes de tiempo, por lo que la misión prevista para durar unas diez horas terminó en solo tres, con un amerizaje en el Pacífico. El hito supone un salto clave para un vehículo que SpaceX quiere hacer completamente reutilizable y que la NASA necesita para sus futuras misiones Artemis.
Dato curioso: con 124 metros de altura, Starship es el cohete más grande y potente jamás construido.
Publicado el 28 de septiembre de 2026.  Conoce MÁS.

  •  Por primera vez detectan ondas de radio de un exoplaneta

Astrónomos detectaron por primera vez ondas de radio procedentes inequívocamente de un planeta fuera del Sistema Solar. La señal proviene de Beta Pictoris b, un gigante gaseoso situado a unos 63 años luz, y fue captada por el radiotelescopio MeerKAT. Estas emisiones permitieron medir directamente su campo magnético, abriendo una nueva ventana para estudiar planetas lejanos y comprender mejor sus atmósferas e interiores.
Dato curioso: Beta Pictoris b tiene entre nueve y trece veces la masa de Júpiter y tarda unos 24 años en completar su órbita.
Publicado el 28 de septiembre de 2026.  Conoce MÁS.

  •  Luna helada de Saturno da nuevas pistas en la búsqueda de vida

Dos estudios refuerzan a Encélado, luna de Saturno, como uno de los lugares más prometedores para buscar vida. En laboratorio, un microorganismo terrestre logró crecer bajo condiciones químicas similares a las de su océano subterráneo. Además, los investigadores descubrieron que sus géiseres separan y concentran sustancias del océano en distintos granos de hielo, facilitando que futuras sondas puedan buscar posibles rastros biológicos.
Dato curioso: para estudiar ese océano no sería necesario perforar kilómetros de hielo: Encélado expulsa muestras directamente al espacio.
Publicado el 29 de septiembre de 2026.  Conoce MÁS.

  •  Reloj atómico tardaría 260 mil millones de años en atrasarse

Científicos de Singapur construyeron el reloj atómico más preciso hasta ahora. Funciona siguiendo las oscilaciones asociadas a un solo ion de lutecio y alcanza una exactitud extraordinaria: dos relojes independientes coincidieron hasta el decimonoveno decimal. Además de mejorar la medición del tiempo, esta precisión permitirá detectar diminutas diferencias gravitacionales y podría contribuir a una futura redefinición mundial del segundo.
Dato curioso: es cuatro veces más preciso que el anterior poseedor del récord, basado en iones de calcio.
Publicado el 28 de septiembre de 2026.  Conoce MÁS.

ÓRBITAS PARALELAS

Una ameba rompe el límite de calor de la vida compleja
Una ameba descubierta en aguas termales de California sorprendió al reproducirse a 63 °C, una temperatura récord para organismos eucariotas, aquellos cuyas células tienen núcleo. Bautizada Incendiamoeba cascadensis, puede incluso sobrevivir brevemente a 70 °C formando quistes, aunque a esa temperatura ya no se reproduce. El hallazgo amplía los límites conocidos de la vida compleja y abre nuevas preguntas sobre dónde podría sobrevivir, dentro y fuera de la Tierra.
Más información.

 Los murciélagos podrían haberse originado en Europa
El mayor estudio realizado hasta ahora sobre la evolución de los murciélagos apunta a que surgieron en Europa hace unos 65 millones de años y desde allí comenzaron a expandirse por el planeta. Los científicos combinaron 103 genomas y 44 fósiles para reconstruir su historia. El trabajo también revela que el vuelo y la ecolocalización aparecieron muy temprano en la evolución de estos extraordinarios mamíferos.
Más información.

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LA IMAGEN DE LA SEMANA

Crédito: World Press Photo.

Por Madelaine Mejías
Doctora en Ecología Integrativa

Cuando el hielo desaparece, cambia quién come, dónde y cuándo

¿Qué hace un oso polar sobre el cuerpo de una ballena en medio del hielo del Ártico? La escena parece imposible, casi inventada, pero ocurrió: una hembra de oso polar se alimenta de un cachalote de más de 40 toneladas, rodeada por placas de hielo marino al norte de Svalbard, un archipiélago en el mar Aártico entre Noruega y el Polo Norte. La fotografía, tomada por Roie Galitz en julio de 2025, fue reconocida en el World Press Photo 2026.

  • La imagen de la semana en Universo Paralelo llama la atención por su rareza, pero también por la forma en que fue construida. Galitz utilizó un dron para mostrar una escala difícil de percibir desde el nivel del mar: un oso de unos 350 kilos se vuelve diminuto sobre el cuerpo de una ballena gigantesca. El jurado destacó precisamente esa perspectiva y la capacidad de la fotografía para obligarnos a mirar dos veces.

La escena es además poco habitual. Los cachalotes suelen preferir aguas abiertas y profundas, por lo que se piensa que este ejemplar murió más al sur y que su cuerpo fue transportado hacia el norte por vientos y corrientes. Para la osa, encontrarlo significó acceder a una extraordinaria fuente de energía, ya que, aunque los osos polares dependen principalmente de las focas, también aprovechan carroña cuando está disponible.

  • Pero la imagen habla de mucho más que de dos animales. El Ártico funciona como una enorme red trófica. En su base se encuentran organismos microscópicos, como las algas asociadas al hielo y el fitoplancton. Ellos sostienen pequeños invertebrados y peces, que a su vez alimentan aves y mamíferos marinos. Focas, ballenas y osos son solo algunos de los eslabones más visibles.
  • En esa red, el hielo marino no es un simple escenario. Es hábitat, refugio, zona de reproducción y plataforma de alimentación. También ayuda a regular el clima porque refleja gran parte de la radiación solar. Cuando disminuye, el océano oscuro absorbe más energía y favorece todavía más el calentamiento.

Cerca de Svalbard, la temporada de verano sin hielo se ha alargado considerablemente durante las últimas décadas. Eso puede modificar cuándo aparece el alimento, cómo se desplazan los animales y cuándo coinciden depredadores y presas.

Tal vez por eso esta fotografía resulta tan poderosa. El oso y la ballena capturan nuestra atención, pero el verdadero relato está alrededor de ellos: una red de vida sostenida por relaciones que dependen del hielo y, cuando cambia el hielo, también cambia silenciosamente todo lo que depende de él.

5

BREVES PARALELAS

Crédito: Foto de Willemijn Doelman.

Por Sofía Vargas
Doctora en Ciencias

Aprender mirando al de al lado: también cosa de abejorros

Un buen amigo me dijo una vez: “Recuerda que no solo aprendemos de los errores, aprendemos también de los modelos. Por eso búscate personas que sean tus modelos e imítalos”. Esto, que puede parecer evidente para humanos, no lo es tanto para el mundo invertebrado.

  • Llevar la discusión sobre lo “cultural” a los invertebrados es la invitación reciente que hizo un equipo liderado por Alice Bridges, que publicó en Nature un experimento con abejorros comunes (Bombus terrestres). Para obtener agua con azúcar debían abrir una caja siguiendo dos pasos. Ninguno logró descubrir por sí solo cómo hacerlo, incluso después de 24 días. Sin embargo, la historia cambió cuando pudieron observar a un abejorro previamente haciéndolo. Fue así como un tercio aprendió a través del ejemplo.

Un abejorro, con un cerebro del tamaño de una semilla de sésamo, aprende de otros aquello que no consigue resolver solo. Una lección evidente es que el tamaño no siempre importa y, por cierto, que aprender de otros es una herramienta valiosa para vertebrados e invertebrados. Entonces vale la pena preguntarse: ¿qué están aprendiendo de ti quienes te observan?


¿Quién te puso tu nombre?

No es fácil elegir el nombre de los hijos. Muchas veces hay que consensuarlo en familia y es una decisión que, en la mayoría de los casos, determina cómo llamarán a esa persona toda su vida. Aunque, ojo, no en todas las sociedades es así. Hay comunidades indígenas, por ejemplo, en British Columbia, Canadá, donde una persona puede recibir distintos nombres a medida que atraviesa diferentes etapas de su vida. Yo siento que ya he vivido unas tres vidas en esta vida; quizás me corresponden tres nombres. No estaría mal.

  • En el mundo animal no humano, la pregunta por los nombres existe. Sabemos, por ejemplo, que los delfines pueden dirigirse a otro individuo imitando su silbido característico. En 2024, un estudio publicado en Nature Ecology & Evolution encontró algo distinto en elefantes africanos: mediante aprendizaje automático, los investigadores detectaron características en sus llamadas asociadas específicamente al destinatario. Luego reprodujeron las grabaciones en terreno y los elefantes respondieron con mayor intensidad a aquellas originalmente dirigidas a ellos.

Lo novedoso, y lo que diferencia este caso del de los delfines, es que los elefantes no parecían estar imitando el sonido del destinatario, sino usando una llamada para referirse a un individuo en particular. En otras palabras, cuando alguien dice “Sofía” no está imitando mi voz, sino usando un sonido que permite identificar que se está refiriendo a mí. En simple, la evidencia sugiere que los elefantes no estarían diciendo solamente “¡hey!”, sino algo mucho más específico: “¡Hey, tú, sí, tú!”.

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RECOMENDACIÓN: GOODALL, DOS HALLAZGOS

Crédito: National Geographic | Documentary Films.

Por Ignacio Retamal
Dentista y doctor en Ciencias

Jane Goodall visitó Chile tres veces. En 2013 inauguró el programa educativo Roots & Shoots. En 2015 oficializó la oficina chilena de su instituto. En 2024, con casi 90 años, volvió con la charla “Razones para la esperanza”; en el mismo viaje, fue entrevistada por Daniel Matamala. Murió en octubre de 2025, en plena gira de conferencias. En Gombe, entre 1960 y 1978, realizó dos hallazgos casi opuestos. Los dos volvieron una y otra vez a la pantalla.

El segundo hallazgo lo registró ella misma, pocos años después. Entre 1974 y 1978, en Gombe, los machos de un grupo exterminaron, uno a uno, a los machos de la comunidad vecina. Fue la primera fisión letal en una comunidad de chimpancés jamás documentada.

  • Este hallazgo no fue una anomalía de su campamento: la investigación primatológica posterior encontró el mismo patrón en comunidades sin intervención humana. Chimp Empire (Netflix, 2023) filmó una de ellas, en Ngogo, Uganda, medio siglo después. Esa comunidad también se dividió en dos facciones. También se atacaron entre sí.

Su figura cruzó, además, la cultura pop por su propio peso. La nombraron en la primera temporada de Los Simpson. La mención le gustó tanto que escribió una carta al programa. Años después, la parodiaron con menos gracia en “Simpson Safari”: ahí dirige un santuario que, en realidad, explota a los chimpancés. En 2019 se interpretó a sí misma en Gorillas on the Mast. Con el dibujante Gary Larson pasó algo parecido. En 1987 la usó de chiste en una tira de The Far Side. Su instituto reclamó por carta. Ella no se ofendió: después escribió el prólogo de una de sus recopilaciones.


 Y esto es todo en esta edición de Universo Paralelo. Ya sabes, si tienes comentarios, recomendaciones, fotos, temas que aportar, puedes escribirme a universoparalelo@elmostrador.cl. Gracias por ser parte de este Universo Paralelo.

  • Mis agradecimientos al equipo editorial que me apoya en este proyecto: Fabiola Arévalo, Francisco Crespo, Francisca Munita, Ignacio Retamal, Camilo Sánchez y Sofía Vargas, y a todo el equipo de El Mostrador.

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