Anda un Tipo Decente Suelto
El país político se ha ido acostumbrando a transar con la sinvergüenzura. Casi todos prefieren mirar para otro lado cuando el inverecundo trepa hacia las alturas. Lo importante es ganar.
Pero de repente llega un tipo que planta en el campo de juego un estándar moral. Denuncia el clientelismo político y da el nombre de su principal gestor. Nadie estaba preparado para eso.
El país enfermo se retuerce y se estremece. Le han aplicado el termocauterio.
El senador denunciado responde con un ataque devastador. Le dice al denunciante una cosa atroz: «Como ministro no quiso ser populista y se opuso al posnatal de seis meses y a suprimir el 7% de salud de los jubilados y ahora resulta que sus adversarios han hecho ambas cosas desde el gobierno y se las han acreditado para sí». Una imputación supuestamente demoledora para un político: pasarse de serio. ¡Serlo más que su oponente! ¡Qué barbaridad!
Es que el senador acusado ha salido de sus casillas porque no ha estado acostumbrado a que le recuerden cosas. Él fue elevado el año pasado a la máxima dignidad legislativa, la Presidencia del Senado, en brazos de una mayoría de sus pares que a la hora de votar por él olvidaron por completo cómo se gastó fondos de la Cámara para enviar 27 mil cartas a adherentes del PPD y así conseguir la presidencia de la colectividad; cómo cobró fondos para el financiamiento electoral con una factura falsa de Publicam; cómo ofreció al menor menor L. Z. un par de zapatillas nuevas, con tal de que acusara falsamente de pedofilia a un senador adversario.
Esa mayoría senatorial prefirió perder la memoria y elevar al autor de las fechorías a la segunda dignidad nacional. Porque en materias políticas estamos acostumbrados a que no haya la menor exigencia moral. Los prontuarios más oscuros se blanquean con sorprendente celeridad, a la hora de alcanzar el poder. Los cerebros son lavados de toda recordación inconveniente con extraordinaria facilidad. La amnistía (para los políticos) siempre es total.
Por eso ahora suenan todas las alarmas: «¡anda un tipo decente suelto en la arena política! ¡Cuidado!»
Es hora de que los sedicentes «prohombres republicanos» —término este último con el que les gusta hacer gárgaras— se pongan a temblar.