Democracia universitaria: a propósito de la reforma interna UC
De lo que se trata es de promover la democracia de una universidad, y no una pseudo universidad servil a ideologías que poco tienen que ver con la misión social de una institución llamada a buscar la verdad.
Como ex alumno (y actual estudiante de postgrado) siempre he estado inclinado a seguir la marcha de la Universidad Católica. Pero pienso que cualquier interesado en los asuntos públicos debiera mirar con atención al menos sus hitos más relevantes. No han sido pocas las ocasiones en que lo acontecido en esta casa de estudios refleja, y/o anticipa, procesos que terminan por repercutir a nivel nacional. Por ello resulta interesante analizar el proceso de “reforma interna UC” promovido por la actual FEUC. Publicitado bajo el rótulo “La democracia la haces tú”, los dirigentes estudiantiles de esta universidad ya han comenzado a votar sobre una serie de mociones al respecto, en un proceso que durará hasta agosto.
Es importante analizar las ideas matrices que subyacen a este proceso, porque por obvio que parezca, muchas veces se olvida que no existe sólo un modo de concebir la democracia universitaria. Más aún, la manera de comprenderla dependerá de ciertos conceptos previos, partiendo por qué se entiende por democracia y qué por universidad. Así, mientras para algunos la democracia consiste esencialmente en una ideología, en virtud de la cual la mayoría es garantía de bien y verdad, otros ven que entre lo anterior y los horrores totalitarios que bañaron de sangre el siglo XX la línea es bastante delgada, y por lo mismo señalan que la democracia es algo mucho más humilde, fundamentalmente definido por la elección de autoridades mediante sufragio libre e igualitario.
Sin embargo, también es posible entender la democracia, y la política en general, como auténtica participación. Ésta implica un compromiso voluntario y generoso con el bien de la comunidad, ya sea la familia, una empresa, la misma universidad o el país en general. La participación siempre es valiosa, porque hace corresponsables a los distintos miembros del grupo de los fines que asociadamente se buscan. La democracia así entendida permite rechazar la ideología antes descrita, porque supone el conocimiento de bienes comunes, con cuya consecución se pretende colaborar. Y, al mismo tiempo, da cuenta del tipo de legitimidad que goza la elección mediante el sufragio: ciertamente es valioso, pero su alcance dependerá de cuán funcional resulta para el bien de la comunidad a la cual dice querer contribuir. La finalidad determina al medio, y no al revés.
[cita]De lo que se trata es de promover la democracia de una universidad, y no una pseudo universidad servil a ideologías que poco tienen que ver con la misión social de una institución llamada a buscar la verdad.[/cita]
Siguiendo este razonamiento, una auténtica democracia universitaria exige conocer el bien de la universidad, cuáles son sus fines y cómo se colabora a ellos de mayor y mejor manera. No se puede participar en algo que no se conoce ni se quiere. En consecuencia, una recta política universitaria, al servicio de los estudiantes y del país en la realidad más que en el mero discurso, se esmerará en disponer los medios para conseguir los objetivos propiamente universitarios. Y como a toda visión de democracia universitaria subyace una concepción de universidad, no es lo mismo que a ésta se le entienda como una mera fábrica de profesionales, que como una comunidad de profesores y alumnos llamada a profundizar y difundir el conocimiento de la verdad.
Si se comprende que la finalidad propia de una universidad es la búsqueda de la verdad, es decir, que se estudie lo mejor posible, se entiende sin muchas dificultades que una verdadera democracia universitaria está llamada a disponer los medios prácticos que permitan participar de mejor manera en esa finalidad. Dicho de otro modo, aquellos que posibiliten estudiar del mejor modo posible a los miembros de la comunidad universitaria.
Ello no excluye en ningún caso, la formación profesional, siempre y cuando no se abandone la esencia de la universidad. Pero, a la inversa, cuesta imaginar una formación profesional íntegra si es que ella no está impregnada de la búsqueda de la verdad, porque una formación integral supone conocimientos éticos: la contribución a la sociedad exige el conocimiento de ciertos bienes comunes. Un bioquímico puede trabajar en la fabricación de remedios o bombas (y muchos intermedios más allá del ejemplo), y que se incline por una u otra alternativa no dependerá sólo de sus conocimientos físicos o estadísticos, se requiere algo más.
Lo anterior permite evitar un equívoco importante: concebir a la universidad primordialmente como una comunidad de estudio no implica negar su función social. Por el contrario, la resguarda, cuidando una finalidad irremplazable de una institución necesaria para la sociedad —no existe otra institución que la cumpla—. Quienes estudian en la universidad colaboran a la sociedad principalmente con su actividad intelectual, a diferencia de la mayoría de la población (lo cual no hace a esto menos dignos, ambos son modos complementarios y necesarios de colaborar al bien social).
Por lo mismo, el estudio exige conocer y profundizar en los principales problemas del país, que deben ser abordados, pero desde una perspectiva universitaria. Ni más ni menos, porque el día de mañana gran parte del futuro de la sociedad dependerá del bien (o mal) social, generado por el trabajo intelectual, de quienes hoy son alumnos universitarios. Más allá de las consignas, un estudiante verdaderamente interesado en participar de la universidad y contribuir al país está llamado a estudiar más y mejor, formarse ética y profesionalmente de manera rigurosa y estudiar los asuntos públicos más relevantes de la sociedad.
Otro equívoco frecuente dice relación con la toma de decisiones al interior de una comunidad universitaria. Ciertamente quienes más saben y más permanecen en la universidad —los profesores— tienen prioridad a la hora de establecer los medios que permitan alcanzar de manera más adecuada los fines de la comunidad universitaria. Pero esto, si bien descarta el cogobierno, no excluye necesariamente a los alumnos de cierta toma de decisiones, pues hay muchos aspectos administrativos sumamente discutibles. Para conocer cuáles son los mejores medios para favorecer el estudio en el caso concreto, las consideraciones y experiencias de quienes están aprendiendo son un bien digno de ser tenido en cuenta. Lo importante es recordar que tanto profesores como alumnos están llamados a participar activamente del mismo fin: estudiar, enseñar y aprender mejor. Y, respecto a ese fin, la realidad da cuenta que no están todos en igualdad de condiciones.
¿Están presentes las consideraciones anteriores en las mociones que conforman la propuesta de “reforma interna” en la UC? ¿Favorecen una auténtica democracia universitaria o persiguen objetivos ideológicos que poco tienen que ver con el bien de una universidad? ¿Buscan aumentar el rol social de una comunidad de estudio o sus propuestas perjudican la consecución de los fines propiamente universitarios? Son parte de las preguntas que deben resolver los dirigentes estudiantiles de la UC. Por el bien de la Universidad Católica y de Chile es de esperar que al menos se las planteen, porque el discurso y el papel todo lo aguantan. De lo que se trata es de promover la democracia de una universidad, y no una pseudouniversidad servil a ideologías que poco tienen que ver con la misión social de una institución llamada a buscar la verdad.
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