Perdidos en la polvareda
La gente se da cuenta de que la consigna contra el lucro ha destruido una enormidad de valor en la educación superior chilena, que atrajo importantes inversiones nacionales y extranjeras a buenas universidades privadas, cosa que ni siquiera podría soñarse ahora que se ha desatado una caza de brujas de los políticos contra los privados que ejercitan la garantía constitucional de la libertad de enseñanza.
La mayoría de los chilenos está mucho menos perdida que el “establishment” nacional, entendiendo por tal a la gente que, sin ser de la farándula ni el deporte, hace noticia, opina en la televisión y en los diarios y pretende representar el “sentir nacional”. Esa “élite” está formada primordialmente por los políticos. Bueno, la última encuesta CEP revela que las tres personas que provocan más rechazo en la opinión pública abarcan a todo el espectro y están, a la vez, entre los más frecuentes protagonistas en los medios: personificando a la izquierda, Camilo Escalona, presidente del Senado; a la derecha, Carlos Larraín, presidente de RN; y al centro o centroizquierda, a elección, Sebastián Piñera, presidente de la República.
Lo que ellos dicen ocupa las primeras planas. Hablan a nombre del sentir nacional. Pero ¿interpretan ellos a la gente? Para nada. Están “perdidos en la polvareda”. La misma encuesta CEP nos indica que las instituciones más admirables y dignas de confianza del país no tienen nada que ver con esos personajes: el Cuerpo de Carabineros, las Fuerzas Armadas y las radios. Estas últimas porque, como hay muchas y deben competir, la gente sabe que no son manejables ni censurables, a la inversa de otras entidades fáciles de monitorear.
¿Y cuáles son, de otro lado, las instituciones más desprestigiadas, a los ojos de la opinión pública? Ni más ni menos que los “pilares de la República”: los partidos políticos, los más desprestigiados entre todos, pese a que ellos controlan el Gobierno, el Congreso y (pienso yo) también los tribunales de justicia. Sólo un poco menos desprestigiado que los partidos está el Congreso que ellos controlan. Y sólo un poco menos que éste, los tribunales de justicia. Es decir, según la opinión mayoritaria, lo peor del país son sus instituciones fundamentales, cuyos representantes son los que “hacen noticia” en primera plana todos los días y se supone que fijan la pauta de lo que pensamos, hablamos y opinamos todos los demás, pero están completamente perdidos.
¿Y por qué la gente tiene tan mala opinión de esas élites? Porque la gente tiene sentido común.
Porque se da cuenta de que el país se va a quedar sin luz y, mientras tanto, las élites han ideado la manera de que no se pueda generar suficiente electricidad, mediante una legislación estrambótica, que entrega a los burócratas el poder de detener la producción. Y cuando no la detienen del todo, como ha sucedido recién con una central eléctrica, demoran una infinidad en otorgar los permisos.
Porque también la gente se da cuenta de que el país se está quedando sin educación, debido a una revolución en marcha, una revolución comunista que no tiene nada que ver con los estudios. Pues ¿qué dice un jefe de los estudiantes “tomadores” de establecimientos, Gabriel Boric, de la CONFECH?: “Yo quiero que superemos el capitalismo. Creo que tenemos que avanzar hacia un cambio en la propiedad de los medios de producción, una redistribución social del trabajo” (“Qué Pasa”, 24.08.12). ¿Tiene algo que ver eso con la enseñanza? Nada. Pero Boric es sólo un “compañero de ruta” en el proceso encabezado por el Partido Comunista.
¿Y qué piensa de ese partido la mayoría de los chilenos? Entre los personajes con más rechazo en la CEP, a continuación de Escalona, Larraín y Piñera, justamente vienen los jefes comunistas, Guillermo Teillier y Camila Vallejo. Y si consultamos en la misma encuesta lo que opinan los independientes, estos dos últimos son los más repudiados de todos los personajes públicos. Y, sin embargo, ¡el país está empeñado en el camino que ellos señalan! Además, la misma revolución comunista ha dado otro gran paso, al apoderarse ahora de la CUT, un gran tinglado artificial, porque no representa a la mayoría de los trabajadores, pero tiene la capacidad de convocar a paralizaciones en que el “brazo armado” comunista, los “encapuchados”, amedrentan a la gente y la obligan a ocultarse en sus casas y no ir a trabajar.
La gente repudia al “establishment” porque éste habla de cosas que a ella no le interesan. Del binominal, que no es un tema al que el pueblo dé importancia. Pues el problema electoral real no es el uni, bi o trinominalismo, sino el duopolio partidista que controla el poder electoral en Chile. Denles a los independientes las mismas atribuciones que a los partidos para presentarse como candidatos y participar en las elecciones (que es, por lo demás, lo que la Constitución garantiza, pero no se cumple) y tendremos una mucho mejor democracia.
El “establishment” es también repudiado porque se preocupa de que un carabinero le dio un puntapié al pasar a un revoltoso, y por eso logra separarlo del Cuerpo, pero no se preocupa y nada les sucede a los “encapuchados” que lanzan bombas incendiarias y piedras a los carabineros o los golpean con intención homicida con un skateboard cuando caen al suelo durante las algaradas.
El “establishment” habla de “asamblea constituyente”, órgano inexistente y que es una entelequia que la opinión pública ni siquiera menciona; y habla del “lucro”, siendo que la gente, en la encuesta, se muestra partidaria del lucro, pues aprueba que los colegios de la educación particular subvencionada puedan recibir aportes de los padres, y se muestra mayoritariamente partidaria de que en la sociedad haya diferencias de ingreso, si eso hace más posible el crecimiento y la disminución de la pobreza. Y, peor todavía, la gente se da cuenta de que la consigna contra el lucro ha destruido una enormidad de valor en la educación superior chilena, que atrajo importantes inversiones nacionales y extranjeras a buenas universidades privadas, cosa que ni siquiera podría soñarse ahora que se ha desatado una caza de brujas de los políticos contra los privados que ejercitan la garantía constitucional de la libertad de enseñanza.
Una encuesta no manipulable ha mostrado, pues, que la mayoría de los chilenos piensa muy distinto, y frecuentemente todo lo contrario, de lo que dicen quienes monopolizan las pantallas y las portadas pretendiendo representarla.