Primarias: un caro ejercicio de ridículo
¿No sería también inconducente y ridícula una primaria en la oposición, cuando Bachelet aparece con el 50% de las preferencias, mientras sus competidores no sobrepasan el 5%?
Las instituciones más desprestigiadas del país, según la reciente encuesta CEP, son los partidos políticos. Y estas instituciones quieren ahora darse un gusto muy caro a costa de los contribuyentes, por supuesto: un ejercicio publicitario que permita a sus líderes ocupar las pantallas y las primeras planas durante largas semanas, ganando cada uno para sí “presencia publicitaria” y “nivel de conocimiento” (lo que siempre creen bueno para sus futuras aspiraciones.)
En efecto, quieren instituir –como si el país no tuviera ya suficientes elecciones—más elecciones pagadas por el erario, las “primarias”.
Éstas, en la práctica, no sirven para nada que no sea el exhibicionismo de los políticos. Porque si usted gana una primaria no accede a ningún cargo para desempeñar ninguna función necesaria, sino que sólo queda habilitado para ser candidato. Pero en una verdadera democracia, casi cualquiera debería poder ser candidato a cargos públicos, con sólo presentarse y competir. Claro, la chilena no es una democracia, sino una partitocracia duopólica, en que la legislación (no la Constitución) impide que cualquiera pueda ser candidato, porque los nombres de los postulantes los resuelven casi exclusivamente los partidos. La única reforma electoral que se requiere acá debería consistir en que cualquiera pudiera levantar una candidatura y ser electo, si obtuviere más votos que su más próximo contendor (y si quieren segunda vuelta, está bien).
Las primarias sólo se justifican en grandes países federales, como los Estados Unidos, en que cada uno de medio centenar de estados deben ponerse de acuerdo internamente acerca de qué candidato de los dos grandes partidos va a apoyar. Pero en las elecciones presidenciales norteamericanas hay libre competencia y suelen presentarse casi veinte otros candidatos. Las primarias sólo sirven sólo a los dos grandes partidos.
En Chile, país unitario y de características muy diferentes, las primarias obligatorias consagradas por ley sólo constituirían un ejercicio de ridículo tan grande como el que ya tuvo lugar en elecciones anteriores, cuando las hubo voluntarias. ¿No fue ridículo el esfuerzo de Ricardo Lagos por ganarle a Eduardo Frei, en 1993, cuando todas las encuestas le concedían a este último una enorme ventaja? Por cierto que lo fue. Igualmente resultó ridícula la primaria entre Ricardo Lagos y Andrés Zaldívar en 1999, cuando todas las encuestas señalaban que el primero multiplicaba al segundo. Tan ridícula estaba siendo la que libraron Michelle Bachelet y Soledad Alvear, que la segunda, en un gesto de dignidad (y de razonable cálculo económico, porque las primarias sin ley deben pagarlas quienes las convocan, que es como debe ser) se retiró a medio camino. Y la última incursión en el ridículo fue la que protagonizó José Antonio Gómez en 2009, que estiró al extremo los límites del absurdo cuando la primaria que provocó resultó sólo favorable para el candidato adversario, Piñera (“estás destruyendo la Concertación, #&*#j!”), le dijo con toda razón Escalona a Gómez entonces.
Y ahora ¿no sería también inconducente y ridícula una primaria en la oposición, cuando Bachelet aparece con el 50% de las preferencias, mientras sus competidores no sobrepasan el 5%?
No tanto, pero sí suficientemente ridícula sería una primaria en el oficialismo, donde Golborne tiene un 62% de aprobación, contra 44% de Allamand y 27% de Longueira; donde el rechazo a Golborne es 12%, a Allamand 21% y a Longueira 38%.
Y cuando la CEP le consultó al electorado de derecha quién le gustaría que fuera Presidente, un 26% votó por Golborne, un 7% por Allamand y un 2% por Longueira ¡en empate con Bachelet! (La derecha siempre esconde sorpresas…)
¿Para qué dictar una “ley de primarias” entonces? ¿Para poder fundar el Ministerio de las Primarias y su Subsecretaría, con cuatro mil funcionarios de planta, oficina de partes, sección reclamos, casino, sala-cuna, estadio y FETRAPRIMCH (Federación de Trabajadores de Primarias de Chile), todo un legado perenne del gobierno de Sebastián Piñera a las futuras generaciones?
Si a alguien le cabe duda de que los partidos políticos merezcan estar en el último lugar del escalafón del aprecio ciudadano, no debería quedarle ninguna si ellos salen adelante con su ridículo proyecto de hacernos pagar a los contribuyentes un prolongado período de exhibicionismo político inútil y caro, conocido como “elecciones primarias obligatorias”.