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De derechos, contratos y el matrimonio homosexual

por 13 octubre, 2012

Me explico. Por una cuestión de orden y de rigurosidad argumental, antes de hablar de matrimonio homosexual y de si procede o no procede, me parece lógico intentar definir, en primer lugar, el matrimonio a secas, para lo cual es necesario desentrañar los misterios e historia oculta de esta antigua institución.
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“Nada tan fácil en un matrimonio, como conseguir un fin distinto al que nos habíamos propuesto”

Grafiti callejero, autor anónimo.

Cuando las personas dicen que están de acuerdo o  en contra del “matrimonio” homosexual, lo que en definitiva están diciendo es que están a favor o en contra de que las parejas del mismo sexo puedan “unir legalmente” (aunque este concepto es contradictorio en sí mismo) sus vidas, con los mismos deberes y derechos que lo hacen un hombre y una mujer. Hasta ahí podríamos decir que vamos bien; sin embargo, cuando hablamos de “matrimonio homosexual”, ahí la cosa ya se me complica porque en lo que a mí respecta no estoy de acuerdo con el matrimonio homosexual, pero tampoco con el heterosexual. Creo que lo que se requiere es una herramienta contractual que pueda terminar libremente cuando los contrayentes así lo estimen, pero que cautele la distribución, armónica, justa y equitativa de los bienes adquiridos o sumados a esta sociedad.  Dicho acto no atenta en lo más mínimo contra el actual “orden establecido”, muy por el contrario, lo fortalece y dada su característica dinámica y dialéctica, se adecua a los permanentes “nuevos tiempos”.

Me explico. Por una cuestión de orden y de rigurosidad argumental, antes de hablar de matrimonio homosexual y de si procede o no procede, me parece lógico intentar definir, en primer lugar, el matrimonio a secas, para lo cual es necesario desentrañar los misterios e historia oculta de esta antigua institución.

Al contrario de lo que muchos creen, el origen del matrimonio no tiene nada que ver con el amor, ni con la biología, ni, ni con la religión y tampoco tiene que ver con Dios. Por decirlo en simple y –para variar– tiene que ver con la “economía”, con una cuestión patrimonial (patri-monium), ya que se creó con el propósito de entregar al hombre, (pater), la "propiedad de la mujer" para asegurarle, de esa forma, la propiedad sobre su descendencia.

Me explico. Por una cuestión de orden y de rigurosidad argumental, antes de hablar de matrimonio homosexual y de si procede o no procede, me parece lógico intentar definir, en primer lugar, el matrimonio a secas, para lo cual es necesario desentrañar los misterios e historia oculta de esta antigua institución.

El origen de esta institución, devino de la necesidad de una ya consolidada Sociedad Agraria, de ir adecuando lo que hoy podríamos llamar su infraestructura jurídica, a los “nuevos tiempos”. Efectivamente, si en la "época del hombre cazador", fue común ver grupos de más menos 30 personas viviendo y movilizándose juntos tras la comida, y en los cuales un hombre podía convivir con varias mujeres sin exclusividad de ninguna índole, esto no era posible replicarlo en esta nueva estructura societaria, en la cual el principio de sacrificar la individualidad por el bienestar de la cultura tribal, ya no tenía cabida. La primera evidencia del "matrimonio” propiamente tal entre un hombre y una mujer, data del 2350 antes de Cristo y se dio en Mesopotamia. Miles de años después, los hebreos y los griegos “copiaron” esta fórmula y ciertamente se incorporó dentro del paradigmático Derecho Romano (iustae nuptieae). Curiosamente entonces, el  matrimonio como institución no tiene nada que ver con el Levítico ni con el Deuteronomio, ni mucho menos con el pecado original o los preceptos de Dios.

Toda esta poesía y retórica se consolidó a través de los años por el papel jugado por la Iglesia Católica; y por favor, antes de argumentar en contra mirando las cosas desde una perspectiva religiosa, me parece prudente recordar el rol político jugado en la historia de la humanidad por nuestra nunca bien ponderada “Santa” madre Iglesia, teniendo en cuenta que durante siglos, la Iglesia en tanto institución, estuvo por sobre el Estado o los Estados. No obstante lo anterior, estoy dispuesto a conceder a don Carlos Larraín o Escrivá de Balaguer y hasta al propio Marcial Maciel, que en sus orígenes, el matrimonio tiene que ver con la familia, pero si y sólo si, concordamos en lo siguiente: la familia tampoco es una entidad de origen divino y no existe argumento bíblico o teológico que pruebe lo contrario.

Los romanos, que jurídicamente sí llevan velas en este entierro, entendían que familia es simplemente el conjunto de personas que se alimentaban en una misma casa; pero aun antes que ellos, miles de años antes de Cristo, ya existían núcleos familiares que a pesar de las relaciones filiales existentes entre ellos, no se unían por el afecto, sino por razones, nuevamente, económicas. La familia, casi desde siempre y sólo con cosméticos cambios políticos y culturales introducidos a partir del siglo Xlll, es un núcleo económico que se consolida con eso que hasta hoy llamamos “matrimonio”.

Además, y para sorpresa de todos aquellos que levantan la voz con convicción cuando se abre esta recurrente y a estas alturas tediosa discusión, en sus orígenes, en su génesis, matrimonio ni siquiera tiene que ver con un hombre y una mujer. Sólo tiene que ver con la mujer. Matrimonio viene de la palabra latina “matrimonium”, que es una palabra compuesta del prefijo “matri”, derivada a su vez del genitivo “matris”, que significa “de madre”, con la forma sufija: “monium”, derivada de “munus”, que es una palabra asociada a “condición legal” u “oficio”. En consecuencia, matrimonio quiere decir en estricto rigor “condición legal de madre” u “oficio de madre”. Y si me permito citar esta “pedante” y engorrosa definición, es simplemente para explicar por qué, a mi juicio, la discusión acerca del derecho o no de las parejas de un mismo sexo a contraer “matrimonio”, es una discusión bizantina, inoficiosa y.., extemporánea.

Ahora bien, en Chile, nuestro moderno y siempre bien actualizado y contextualizado código civil, establece en su artículo 102 que el matrimonio "es un contrato solemne por el cual un hombre y una mujer se unen actual e indisolublemente por toda la vida, con el fin de vivir juntos, de procrear y de auxiliarse mutuamente". De acuerdo a esto entonces, en Chile, el matrimonio es el único medio legal para fundar una familia. ¿Sigo? Se nota la mano de la Iglesia Católica en esa definición o todavía no está clara?

Así las cosas, si lo que las comunidades homosexuales reclaman es el derecho a contraer “matrimonio”, guste o no, lo que están pidiendo, es que el Estado les permita suscribir un contrato con las características del descrito. En otras palabras, reclaman su derecho constitucional a ser parte de la mentira, de la hipocresía y ciertamente del conservadurismo clerical que llevan implícitas estas anacrónicas y antinaturales declaraciones. Seamos honestos: primero, la voluntad de dos o más seres, de “unirse indisolublemente para toda la vida o hasta que la muerte les separe”, no es una cuestión que dependa de un contrato. Ahora bien, si alguien quiere jugar a las muñecas y mirarse a los ojos delante de un funcionario fiscal para dar solemnidad a  ese acto, allá él o ella, pero no pretenda que otros –que por convicción y doctrina somos absolutamente contrarios a la discriminación por la opción sexual de las personas, nos tengamos que sumar a ese coro. Segundo, procrear (en el caso de las parejas hombres por lo menos) no van poder porque lo que natura non da, Salamanca “non presta”; y tercero, tampoco requiere parafernalia jurídica la disposición de auxiliarse mutuamente. En otras palabras, mi reflexión apunta a no caer en la tentación de mezclar peras con manzanas y de insistir en legitimar un acto cuyo origen y  naturaleza, ya no dan cuenta del complejo orden de las sociedades actuales. Pisar este palito significa atrasar una discusión relevante para nuestra sociedad –a lo menos– por un cuarto de siglo.

Nuestro código civil, entre otras instituciones medievales de Chile (decir coloniales es dotarlas de una modernidad que adolecen), requiere una transformación profunda, que recogiendo con criterio (ni siquiera con amplitud porque con criterio basta) y con visión de futuro la creciente complejidad de los procesos sociales, sea una herramienta eficaz para el desarrollo de la nación. Y ex profeso no digo, “país”.

He aquí las razones por las cuales manifiesto que no estoy de acuerdo con el matrimonio homosexual civil ni tampoco con la actual concepción (jurídica) del matrimonio heterosexual.

En lo religioso, bueno ahí la cuestión es más simple todavía: independiente de la celebración de este contrato que resguarda los intereses “mundanos” de las partes, las hijas o hijos de don Carlos podrán allegarse a la Iglesia del Bosque y pedir, gran fiesta mediante, que un santo hombre dedicado por oficio a mediar entre Dios y los Hombres,  bendiga esa unión y por decreto religioso –sin validez legal– los proclame marido y mujer para toda la vida o hasta que las muerte les separe. Y si mis amigos homos se sienten discriminados por eso, más fácil todavía, formen su propia Iglesia o reclámenles a los que deben reclamarles. Pero en Chile, guste o no, la Iglesia debe estar separada del Estado.

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