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Chávez, la Concertación y el bonapartismo del siglo XXI

por 19 octubre, 2012

La historia de las naciones funcionan bajo ese principio de alternancia. Garantizarla debe ser un principio constitucional irrenunciable. Hubo un tiempo en que en Chile se habló mucho sobre las dictaduras constitucionales. Lo que ocurre en esos casos, es que cuando el tiempo pasa, el gobierno ejerce un poder sin contrapesos. Nula libertad de los medios de comunicación, burocracia asimilada desde el territorio político y “las mismas caras” en el poder. No es que la mayoría se equivoque al elegir. Ocurre más bien, que el peso del orden establecido pesa más que la necesidad de cambios.
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En una entrevista otorgada casi al final de su vida, el influyente filósofo francés Philippe Lacoue-Labarthe observa con aguda inteligencia el despertar de un nuevo “bonapartismo” en Latinoamérica. Napoleón Bonaparte, otrora el militar asignado a llevar el espíritu de la Revolución Francesa más allá de las fronteras, y que el mismo Hegel alabara en su juventud intelectual, termina siendo, finalmente, el emperador de la Restauración.

El ascenso, auge y caída del emperador es comentado detalladamente por Marx en el célebre 18 Brumario de Napoleón Bonaparte. Todas estas pesquisas nos llevan a pensar el bonapartismo como fenómeno que se repite a lo largo de la historia y cuyas características son similares, incluso, en la actualidad.

La historia de las naciones funcionan bajo ese principio de alternancia. Garantizarla debe ser un principio constitucional irrenunciable. Hubo un tiempo en que en Chile se habló mucho sobre las dictaduras constitucionales. Lo que ocurre en esos casos, es que cuando el tiempo pasa, el gobierno ejerce un poder sin contrapesos. Nula libertad de los medios de comunicación, burocracia asimilada desde el territorio político y “las mismas caras” en el poder. No es que la mayoría se equivoque al elegir. Ocurre más bien, que el peso del orden establecido pesa más que la necesidad de cambios.

Pero, ¿qué es el bonapartismo? Básicamente es un tipo de fenómeno social que vincula a un líder a un movimiento liberal y que por consecuencias insospechadas termina siendo su antítesis: el líder totalitario. El modo en cómo se puede pasar desde la arenga más liberal a un totalitarismo tiene que ver con el desarrollo de un esquema social donde prima el caos, el desorden y la algarabía en primera instancia, para luego pasar a una política en estado de permanente ebullición.

Es algo así más o menos lo que ocurre en Venezuela durante los 20 años de presidencia de Hugo Chávez. Se trata de un bonapartismo al pie de la letra. Se arranca desde una premisa liberal para luego criticar el modelo social de mercado. Defender de la democracia no es solo defender los principios de representación. Es defender la construcción de un proceso político de largo aliento, defender la dialéctica de las diferencias, en suma, defender la alternancia del poder como un principio de historicidad.

La historia de las naciones funcionan bajo ese principio de alternancia. Garantizarla debe ser un principio constitucional irrenunciable. Hubo un tiempo en que en Chile se habló mucho sobre las dictaduras constitucionales. Lo que ocurre en esos casos, es que cuando el tiempo pasa, el gobierno ejerce un poder sin contrapesos. Nula libertad de los medios de comunicación, burocracia asimilada desde el territorio político y “las mismas caras” en el poder. No es que la mayoría se equivoque al elegir. Ocurre más bien, que el peso del orden establecido pesa más que la necesidad de cambios.

Es como ocurre en Chile, en otra escala, con las instituciones instauradas durante los cuatro gobiernos de la Concertación. Llegado un punto, el gobierno de turno no puede hacer otra cosa que administrarlas. El ejercicio sistemático de políticas públicas, con toda su carga social (me refiero a conferencias de prensa, inauguraciones, cortes de huincha y lo demás) son un peso importante, incluso un lastre, cuando sucede una alternancia en el poder.

Por eso mismo, esa alternancia debe ser garantizada. De otro modo, se constituye un bonapartismo como fenómeno. Hacia donde se dirige, nadie lo sabe. Sólo el “tiempo” lo dirá.

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