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La banalidad del marketing político

por 19 octubre, 2012

La banalidad del marketing político
La democracia es el gobierno de la opinión, no de la fuerza; de la voz que se hace voto y no garabato o bala. Más aún, es el gobierno de la opinión del mayor número posible de ciudadanos adultos. Mejor aún, la democracia recta se afirma en el poder persuasivo del mejor argumento, que conquista a la mayoría. Porque la democracia renuncia a hacer uso de la imposición violenta, requiere de líderes sabios y ciudadanos bien informados y mejor formados.
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Muchos se preguntan de qué sirven promotores pagados, apostados en cada esquina, agitando banderas de candidatos o llenarnos de afiches que, a lo sumo, son bellos y contienen lemas ingeniosos. Contesto que son útiles para demostrar una titánica capacidad de empapelar una comuna entera, darse a conocer, animar a los adherentes y asustar a los opositores. No es poco. Es como cuando el chimpancé líder se golpea ostentosamente el pecho, en medio de sus admirados seguidores, protegidos y beneficiados.

Pero seamos sinceros, el método de la mínima reflexión y deliberación programáticas, aparte de ser rústicamente efectivo, es cómodo para ciudadanos con poco tiempo y totalmente privatizados. Los asesores comunicacionales lo saben y, por eso, aconsejan no llenar de palabras apretados folletos que pocos leerán. Entrenados en las frías aguas de la mercadotecnia afirman que “si la demanda electoral es así, la oferta política debe ser asá”. Y a veces sus asesorados logran ganar las elecciones. Lo único malo de este razonamiento, propio de consumidores de barras de jabón y no de ciudadanos encargados de cuidar y mejorar la polis, es que lo empobrece todo; la primera, a la democracia, el gobierno del demos, del pueblo, de nosotros.

Si la democracia se limitara al voto de un grupo que lo emite de manera desinformada, veleidosa o prejuiciada, nuestra democracia no sólo sería de baja calidad sino débil, y nos podría conducir a un desastre como nación. Les ocurrió a griegos y romanos. Por eso es grave que cuando un concejal o alcalde va a la reelección nadie se preocupe de preguntarle si cumplió con sus promesas.

La democracia es el gobierno de la opinión, no de la fuerza; de la voz que se hace voto y no garabato o bala. Más aún, es el gobierno de la opinión del mayor número posible de ciudadanos adultos. Mejor aún, la democracia recta se afirma en el poder persuasivo del mejor argumento, que conquista a la mayoría. Porque la democracia renuncia a hacer uso de la imposición violenta, requiere de líderes sabios y ciudadanos bien informados y mejor formados. Por ello necesita que nuestras opiniones surjan tras una reflexión y deliberación lo más intensa y extensa posible, que genere el mejor y más amplio acuerdo ciudadano.

Si la democracia se limitara al voto de un grupo que lo emite de manera desinformada, veleidosa o prejuiciada, nuestra democracia no sólo sería de baja calidad sino débil, y nos podría conducir a un desastre como nación. Les ocurrió a griegos y romanos. Por eso es grave que cuando un concejal o alcalde va a la reelección nadie se preocupe de preguntarle si cumplió con sus promesas. ¿Pero hizo promesas concretas? ¿alguien las recuerda? Grave es también cuando el candidato que se postula por primera vez no presenta un programa; en circunstancias que quiere ocupar un cargo que administra, entre otras cosas, la educación municipal y la salud primaria. Una democracia representativa se basa en que los que toman las decisiones deben responder a sus electores. Pero, ¿responder de qué, si ni siquiera asumieron compromisos programáticos concretos? ¿de qué serán honestos y diligentes? Eso es lo esencial, pero debiéramos pedirles más. No lo hacemos porque delegamos esa tarea en los partidos. Esta es mi segunda reflexión.

La verdad es que las democracias contemporáneas han resuelto, entre otras cosas el problema del ciudadano desinformado, mediante el gobierno de los representantes del pueblo libremente elegidos por el pueblo; representantes que se agrupan en torno a partidos políticos. Más que por personas, votamos para expresar nuestro apoyo a un determinado partido o coalición. Una razón se debe a lo que estamos hablando. Ante la inmensa cantidad de demandas que deben enfrentar nuestros gobernantes, los partidos las analizan, ordenan y sintetizan en un conjunto de principios e ideas programáticas que simplifican la complejidad de su eventual gobierno.

Por eso los partidos usan etiquetas y símbolos que sirven para orientar el voto, simplificando nuestra decisión. ¿Ejemplos? Si yo voto por la UDI, puedo apostar que no estatizará la industria; si voto por un socialista, seguro que no privatiza Codelco; si voto por un DC, no lo veo acabando con la educación de provisión mixta; etc. Yo voto por tal partido, porque expresa mis ideas y puedo razonablemente esperar una cierta conducta futura por parte de él. Pero, he aquí mi segunda preocupación, los afiches en general no nos dicen qué partidos representan esos sonrientes rostros. Y esa es otra mala noticia para nuestra democracia; mala noticia que viene envuelta en un llamativo envase llamado marketing político de las democracias liberales avanzadas.

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