La Rotativa Ministerial de Carlos Peña
Hace pocas semanas Carlos Peña, en su columna dominical de «El Mercurio», declaró que el Ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, era «inexistente». El aludido envió una larga carta al diario enumerando las variadas razones por la cuales se le debía considerar existente, pero eso de nada sirvió, porque el Presidente le pidió inmediatamente la renuncia y lo trasladó a Defensa.
En realidad, en cuanto a mantener el orden público, que es la principal misión de un Ministro del Interior, Hinzpeter parecía no existir, porque los desórdenes, las ilegalidades y la violencia contra la policía uniformada y la propiedad pública y privada quedaron en definitiva impunes; y quienes la protagonizaron siempre terminaron obteniendo el todo o parte de lo que exigían mediante la fuerza ilegal, hubieren sido ellos magallánicos, ayseninos, calameños, mapuches o estudiantes secundarios y universitarios.
Bueno, la remoción exigida por Carlos Peña tuvo lugar y asumió un nuevo Ministro del Interior, pero entonces en Atacama se tomaron los caminos, agredieron a la fuerza pública y rodearon una industria, todo en completa impunidad, hasta que la empresa afectada terminó por resolver el cierre de su planta, que era lo que los ilegalmente alzados pedían. ¿Por qué despidieron a Hinzpeter, si era igualmente apto para ceder ante las presiones ilegales? Lo despidieron porque lo exigió Carlos Peña.
Ayer este último ya no sólo se limitó a exigir la salida de un Ministro, el de Justicia, sino que anunció su renuncia antes de que éste la presentara. En efecto, tituló su columna: «La Caída de Ribera», sin que el afectado hubiera caído. Entonces, antes de 24 horas el gobierno había acatado su dictum y caía Ribera, visiblemente contrariado. De nada le sirvió argumentar que no había cometido irregularidad alguna ni contar con el respaldo firme de su partido, RN, y de la colectividad aliada, la UDI. El gobierno anunció vagamente que había razones «políticas» justificativas de la renuncia. Nadie las ha especificado, pero están claras: Carlos Peña la ordenó.
Siempre se ha considerado conveniente para la buena marcha del país que haya estabilidad ministerial. Ahora Carlos Peña está provocando una rotativa de ministros propia del régimen parlamentario, que en su tiempo condujo a una inestabilidad política extrema y provocó grandes cambios, la mayoría traumáticos, en la institucionalidad del país.
Creo llegada la hora de que las «fuerzas vivas» de la nacionalidad demanden del columnista poner término a este continuo defenestramiento de ministros, pues el mismo, por su frecuencia y asiduidad, y a falta de verdaderos gobierno y autoridad, hace temer por el futuro de la estabilidad institucional.