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A propósito de la cumbre mapuche

por 15 enero, 2013

Si no se desea que la cumbre pase a ser otro de esos show mediáticos (un reality mapuche), en que algunos aprovechan las crisis para catapultarse ellos mismos a la política, sin compromiso en realidad con el futuro del “pueblo” mapuche, los participantes del evento deberían dar pasos sustantivos en dirección a fomentar la unidad sin exclusiones ni mesianismos.
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El miércoles 16 de enero tendrá lugar la convocada cumbre mapuche “por la autodeterminación del pueblo mapuche”, en el cerro Ñielol (Temuco), para tratar temas como el “cumplimiento de acuerdos” entre mapuche y wingkas, y la desmilitarización de la Araucanía. Evento convocado por una decena de dirigentes mapuche, entre los cuales destacan algunos próceres de las luchas de los 1980s (José Santos Millao), 1990s (Aucán Huilcamán) y 2000s (Jorge Huenchullán). El gobierno declinó la invitación, tal como indicó la Ministra Secretaria General de Gobierno, Cecilia Pérez, pasando el mensaje a Aucán de que no lo consideran interlocutor válido, por representar a muy pocos. Se olvida el gobierno que ellos mismo tampoco son tan representativos de los chilenos, si nos atenemos a los resultados de la última votación municipal (octubre 2012).

Pero más allá de estos datos anecdóticos interesa opinar aquí sobre algunas cosas a tener presente, si se es serio en el intento. Y es que hay voces dentro del mundo wignka (y el propio mapuche), que ven con cierto recelo la iniciativa. Por ejemplo, el diputado UDI, Gonzalo Arenas, decía en un programa de radio: “existe mucha dirigencia mapuche, que incluso choca mucho entre ellos… [los convocantes] son un grupo bien determinado…, son el grupo que lidera Aucán Huilcamán…” (Radio Zero 97.7, Programa Desde Zero, Ene/10/2013). Al parecer a la derecha no le interesaría mucho resucitar cadáveres políticos (aunque es dudoso que en política muera alguien). En lo que a mí respecta, en mi condición de intelectual mapuche, y pensando que en política sumar es mejor que restar, sugeriría-propondría la siguiente agenda.

Primero, al paso por las piedras. No hay apuro en decidir nada en política en estos momentos, más allá de manifestar una profunda preocupación de todos los mapuche por parar el “pogrom” que se ha desatado en la Araucanía, a manos de un Estado y una policía represora, que se han transformado descaradamente en el brazo armado y castigador de los latifundistas (no parecen estar al servicios de todos los ciudadanos). Ese es el único elemento que puede y debe unir a todos los mapuche en este momento.

Segundo, parece ser medianamente consensual en sectores menos conservadores chilenos (potenciales gobernantes para el 2014 en adelante), la idea de que debe operar un diálogo entre el Estado, representando a los chilenos (ojalá con expresión de todas fuerzas políticas), y los mapuche (representados por… ¡hummmm! cuestión a resolver). El contenido de ese diálogo no puede ser, como hasta ahora, decidido unilateralmente por una de las partes: el Estado. Una de las razones del gobierno para declinar la invitación al Ñielol, aunque no la digan, es que la agenda no la ponen ellos (se dio la situación inversa a lo que se acostumbra) y contempla hablar de “autogobierno”. Y el presente gobierno, conservador, no va a legitimar un discurso y una acción mapuche que rechazan de plano (ellos se han opuesto en el congreso, más que otras fuerzas, al reconocimiento constitucional de los pueblos indígenas, a ratificar el Convenio 169, a pasar la Ley Indígena 19.253, etc.).

Tercero, mientras se decide realizar ese diálogo para un nuevo contrato social con los pueblos indígenas (y puede tomar su tiempo aún), y se deciden los políticos a hacerlo, los mapuche deben prepararse desde ya. En mi opinión, esa preparación debe comprender un primer nivel de diálogo político, entre organizaciones autónomas de los partidos estatonacionales y políticamente autonomistas, con pretensiones de representación política nacional de los mapuche. Me refiero a un cónclave o foro permanente entre Wallmapuwen, la CAM, el CTT y las Identidades (particularmente la Identidad Lafkenche). De ese cónclave debería salir un diseño de política autonomista a corto, mediano y largo plazo.

Cuarto, las organizaciones anteriores deberían incluir en un segundo nivel de conversación, a todas aquellas organizaciones que no manifiestan pretensiones de representación más allá de lo local, y a aquellas que representan el mundo de los mapuche cooptados políticamente por los partidos estatonacionales (que están trabajando desde el 2011 la plataforma programática de un nuevo gobierno concertacionista). Sin buscar imponerles sus macro ideas, deberían potenciar acuerdos con ellas en función de problemáticas comunes y específicas (sean estas oponerse a construcciones de aeropuertos, centrales hidroeléctricas, o carreteras por sus tierras, etc.), ofreciendo ayuda mutua en causas comunes y dando esa ayuda en la práctica concreta.

Por último, debería actuarse en un tercer nivel de política de alianzas, al incluir a organizaciones ciudadanas chilenas gremiales, estudiantiles y de todo tipo, en una política pluriétnica y multicultural, de acción en favor de la región y la solución de sus problemas, contra el centro del país y el centralismo estatal, que tiene convertida a la región en una de las más pobres del país (recordar Magallanes y Aysén). Mapuches y chilenos unidos en la Araucanía discutiendo un nuevo contrato social entre ellos, y buscando nuevas formas de convivencia política, que incluyan la elección de sus autoridades políticas, es lo que se impone. Actuar contra el centralismo estatonacional es la mayor conquista política a que pueden aspirar los habitantes de la Araucanía, en términos de abrir espacios para una convivencia mejor para todos los pueblos que la habitan.

Al cerrar, si no se desea que la cumbre pase a ser otro de esos show mediáticos (un reality mapuche), en que algunos aprovechan las crisis para catapultarse ellos mismos a la política, sin compromiso en realidad con el futuro del “pueblo” mapuche, los participantes del evento deberían dar pasos sustantivos en dirección a fomentar la unidad sin exclusiones ni mesianismos. Y en ese predicamento los mapuche urbanos, sus profesionales, artistas e intelectuales deben tener un espacio. Caso contrario, se los brinda en bandeja a las fuerzas políticas estatonacionales, que ya congregan a numerosos de ellos; mientras las organizaciones mapuche vegetan en la producción de ideas políticas.

(*) Texto publicado en El Quinto Poder.cl

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