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El dilema de Bachelet: ni con los mismos ni con la misma agenda

por 27 marzo, 2013

El dilema de Bachelet: ni con los mismos ni con la misma agenda
Un diagnóstico crítico sobre el déficit y las tareas pendientes de los gobiernos de la Concertación, derivados de un exceso de pragmatismo y de una práctica política que no se ha hecho cargo de la dimensión simbólica de las políticas ha instalado la tensión entre convicciones y responsabilidad en la que deberá mediar la ex Presidenta Bachelet. También deberá inclinar la balanza y decidir sobre los elencos con quiénes conformar su eventual gobierno. Aquí la disyuntiva tampoco es menor.
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A pocas horas de que la ex Presidenta Bachelet regrese al país para anunciar que acepta el reto de asumir la candidatura presidencial y que se medirá en primarias con los otros candidatos de la oposición, sigue estando vigente la disyuntiva que la ha hecho dudar más de una vez sobre este camino y que explica el secretismo que ha rodeado la etapa que se cierra con el anuncio sobre su candidatura presidencial.

Dos son las cuestiones básicas del dilema que enfrenta la ex presidenta. Estas son tanto o más importantes que la propia definición del adversario del oficialismo o el fantasma de cierto triunfalismo que se ha instalado en sectores que respaldarán su candidatura. Deberá resolver, en primer término, con quiénes trabajará su campaña con miras a la elección de noviembre y, de resultar electa, quiénes conformarán su equipo de gobierno. Deberá decidir entre opciones: hacerlo con la elite concertacionista —los “mismos de siempre”—, apostar decididamente por la segunda y tercera línea de tecnopols formados al alero de los gobiernos de la Concertación, u optar por un relevo etario y de profesionales sin vinculación partidaria en los elencos que conformarían su eventual gobierno.

Varios de ellos también han dado con éxito el salto al mundo privado, integrando las redes extrainstitucionales del poder. Continúan controlando los partidos y sus maquinarias, primero a través de prácticas clientelares y ahora a través de brokers que los vinculan a formas modernas de corretaje o intermediación de intereses. También, en la defensa de esos intereses, han sido especialmente refractarios con el proceso de circulación de la elite, lo que se expresa en obstáculos para el surgimiento de nuevos liderazgos obstruyendo el “tiraje de la chimenea”.

Como se sabe, la elite concertacionista ha ocupado durante los últimos 40 años la primera línea de las posiciones clave de poder. En la oposición a Pinochet y su régimen, en el proceso de recuperación de la democracia y durante la transición y postransición. Con trayectorias biográficas similares —lo que les ha permitido actuar transversalmente en defensa de sus intereses— han copado los espacios clave de poder en el aparato gubernamental durante los años de gobierno de la Concertación. Varios de ellos también han dado con éxito el salto al mundo privado, integrando las redes extrainstitucionales del poder. Continúan controlando los partidos y sus maquinarias, primero a través de prácticas clientelares y ahora a través de brokers que los vinculan a formas modernas de corretaje o intermediación de intereses. También, en la defensa de esos intereses, han sido especialmente refractarios con el proceso de circulación de la elite, lo que se expresa en obstáculos para el surgimiento de nuevos liderazgos obstruyendo el “tiraje de la chimenea”.

La segunda y tercera línea del estamento tecnopolítico de los gobiernos concertacionistas —quienes se inician en política en la lucha contra la dictadura desde el movimiento estudiantil en los 80 y que se forman en la gestión gubernamental en los 90— han sido sistemáticamente bloqueados —salvo excepciones— o cooptados por la elite concertacionista. Este segmento no ha podido o no ha querido desafiarlos; inhibiendo, de paso, el surgimiento de una contraelite dispuesta a disputarle el poder para emprender y canalizar los cambios de una sociedad más compleja y demandante.

Finalmente, podría apostar por el cambio de grupos etarios o por la incorporación de técnicos independientes. Sin embargo, lo anterior no es garantía de compromiso y éxito con la gestión de gobierno. La experiencia del presidente Piñera en relación con un “gobierno de los mejores” no muestra hasta ahora un balance positivo. Basta con mirar la alta rotación de funcionarios gubernamentales que han definido su experiencia en la actual gestión como una pasantía en el Estado.

El segundo dilema que enfrenta la ex Presidenta tiene que ver con la conformación de la agenda. No cabe duda que su programa tendrá que recoger sí o sí un conjunto de demandas de nuevo tipo, más propia de sociedades posmateriales, las que se caracterizan entre otros aspectos por el paso de enfoques centrados en la oferta —o provisión— a de demanda y que dan cuenta del tránsito de lógicas de beneficios a las de derechos.

Detrás de esta discusión acerca de los problemas y soluciones de políticas se observa una pugna de posiciones. La disputa vuelve a enfrentar a flagelantes y complacientes ahora en la distinción entre necesidad de convicciones versus responsabilidad en la agenda programática de quien asuma la candidatura opositora. Desde el retorno a la democracia lo que hemos tenido es un mayor peso de la llamada “ética de la responsabilidad” por sobre la “ética de la convicción” en la conducción de los asuntos públicos. Por estos días, Enrique Correa ha vuelto a reivindicar con fuerza la lógica de la responsabilidad y de la acción racional con arreglo a fines, generando una respuesta de quienes creen que es tiempo de apostar también por una acción racional con arreglo a valores haciéndose de paso cargo de la subjetividad social.

Un diagnóstico crítico sobre el déficit y las tareas pendientes de los gobiernos de la Concertación, derivados de un exceso de pragmatismo y de una práctica política que no se ha hecho cargo de la dimensión simbólica de las políticas ha instalado la tensión entre convicciones y responsabilidad en la que deberá mediar la ex presidenta Bachelet. También deberá inclinar la balanza y decidir sobre los elencos con quienes conformar su eventual gobierno. Aquí la disyuntiva tampoco es menor: convocar a la segunda y tercera línea de tecnopols concertacionistas más sectores independientes comprometidos con una agenda de cambios y dar un funeral de primera a los miembros de la elite concertacionista o correr el riesgo de que buena parte de la base y electorado concertacionista termine nuevamente desencantada como el 2009, restándose de participar, lo que en un escenario de voto voluntario importa una seria amenaza para el triunfo de la candidatura de la coalición opositora. Por ahora, todos esperan la decisión de Michelle.

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