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Contra la fondartdependencia

por 22 abril, 2013

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He leído un puñado de opiniones sobre el eventual cierre de dos emblemáticas salas de teatro y la mayoría de los juicios parten y terminan en el mismo lugar: el Estado y su política cultural. A la noticia del cierre del Teatro del Puente, el miércoles pasado, se sumó la entrevista de Alfredo Castro ayer en El Mercurio donde anunció también el cierre del Teatro de la Memoria y no tardó demasiado en repartir las culpas: «Los teatros independientes vivimos un momento de crisis que pone en evidencia el fracaso de las políticas culturales del Estado».

Y como para que no hubiese dudas sobre las causas, Alfredo Castro dijo que tomó la decisión de bajar el telón de su teatro porque no obtuvo recursos «en los fondos concursables durante dos años consecutivos», y que eso «hace inviable la continuidad». Dicho de otro modo: si el Fondart hubiese inyectado recursos suficientes y regulares, el Teatro de la Memoria no estaría pasando por esta crisis (y probablemente él no estaría hablando del «fracaso de la políticas culturales del Estado»). ¿Se trata entonces de una pura cuestión de financiamiento público? ¿Lo que falta es plata para aumentar la torta que cada año reparte la ventanilla estatal del Fondart? «Estamos hablando de proyectos que necesitan poco dinero. Cinco o seis millones al mes», terminó apuntando el mismo Alfredo Castro, poniendo cifras sobre la mesa.

Mirado de cerca, lo que demuestra el caso del Teatro de la Memoria es que veintiún años de Fondart han calado hasta la médula entre los creadores y que es difícil pensar la gestión cultural sin ese estrecho vínculo con los fondos públicos y separada del rito que significa la postulación permanente. La fondartdependencia es en Chile un modo de vida, una condición que sólo cuestionan los que pierden, pero que aun así no deja de activar, año tras año, el músculo burocrático de moros y cristianos. Supongo que para algunos puede ser un verdadero desafío levantar la cabeza más allá del horizonte de un programa de financiamiento público que ha condicionado tan sustancial y definitivamente el modo cómo hemos hecho cultura en Chile. La fondartdependencia ha sido modelo y manual de lo que tenemos y conocemos como política cultural. Y como ha quedado demostrado en esta discusión a propósito del cierre de estas salas, el vicio es que en el mundo dibujado por la fondartdependencia parece siempre haber un último y único culpable: el Estado. Pero pasa colado un error de fondo: creemos que tenemos una política cultural y apenas tenemos un fondo concursable.

Creo que el modelo clientelista del Fondart está agotado. Hoy es necesario pensar una política cultural que vaya más allá de la repartija de platas una vez al año. Por supuesto, esto no significa congelar la asignación de recursos a través de concursos públicos, pero sí comenzar a pensar un techo más amplio, una política pública en materia cultural mucho más ambiciosa, de largo plazo, transversal a otras áreas y sobre todo sacudida de los réditos cortoplacistas que siempre exigirá el ministro de turno. Significa pensar una política cultural que se mida de verdad por los efectos que produce y no por la cantidad de plata que se gasta.

Uno de los primeros desafíos del próximo gobierno en materia cultural debiera ser éste: diseñar políticas que comiencen a superar la fondartdependencia. El camino más recomendable es apostar fuertemente por la formación de públicos. Nadie mínimamente enterado duda hoy sobre la importancia de formar audiencias para asegurar y fortalecer una oferta cultural diversa, pero las acciones desde el Estado en este sentido han sido hasta ahora tímidas.

Los modos de fortalecer y crear públicos son diversos y la discusión está abierta, pero yo quiero apuntar aquí al menos uno que me parece tal vez el más importante y tiene que ver con el vínculo abandonado entre cultura y educación. Si alguien quiere formar audiencias no hay ninguna duda de que la prioridad debiera ponerse en los niños y jóvenes. Es importante que exista una conexión más estrecha entre la oferta cultural y la formación de audiencias en escuelas y liceos. Y para que esa conexión funcione es básico contar con una institucionalidad que sirva de bisagra entre dos mundos, el de la educación y el del arte, que nunca debieron haberse distanciado tanto.

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