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Bitácora III: la lección que el océano guarda en Juan Fernández Juego Limpio El Mostrador

Bitácora III: la lección que el océano guarda en Juan Fernández

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Héctor Cossio López
Por : Héctor Cossio López Editor General de El Mostrador
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La tercera entrega de la bitácora en Juan Fernández muestra cómo los pescadores han construido una cultura de conservación basada en su propia supervivencia. Un relato que conecta memoria, tradición y la defensa de uno de los ecosistemas más valiosos del país.


Resumen
Síntesis generada con OpenAI
La tercera parte de la bitácora de viaje a Juan Fernández explora la relación entre los pescadores y el mar, marcada por una tradición centenaria de conservación. A través de testimonios de habitantes de la isla, el relato aborda la memoria del tsunami de 2010, la recuperación de especies tras las áreas marinas protegidas y la convicción de que proteger el ecosistema es también asegurar el futuro de quienes dependen de él.
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La intención inicial era concentrar el trabajo de campo en lo que dura una estadía exprés de cuatro días. Es el tiempo que normalmente el buque que abastece de provisiones al archipiélago Juan Fernández permanece en la isla Robinson Crusoe. Luego regresa a Valparaíso, donde el ciclo se reinicia, una y otra vez. Digo normalmente, porque en una isla oceánica el tiempo no lo marca el reloj, sino las condiciones climáticas.

Mientras miles de chilenos, especialmente del centro y norte del país, experimentaban la fuerza imbatible de la naturaleza, en mi caso los temporales jugaron a mi favor. Las intensas lluvias y las fuertes marejadas impidieron que el buque Antonio zarpara de regreso al continente. Mi viaje de cuatro días terminó convirtiéndose en una estadía de dieciséis.

El resultado de la investigación, por la que vine a Juan Fernández, dará sus frutos en algunas semanas, cuando haya logrado sistematizar toda la información. Antes, sin embargo, volveré en el relato a Alberto, el pescador artesanal que, como más tarde descubriré, es uno de los tantos trabajadores del mar que mantienen viva una tradición de más de cien años: el cuidado consciente de su entorno, mucho antes de que conceptos como sostenibilidad, sustentabilidad, economía circular o huella de carbono inundaran el discurso ambiental.

 Alberto Vergara es un sobreviviente.

Cuando recién entrábamos a la bahía de Cumberland, el primer día, señaló con la mano un punto del mar, a unos doscientos metros de la costa.

—Ahí aparecí yo. Estuve no sé cuánto tiempo aturdido. El cielo estaba negro y el olor a petróleo era insoportable. Me aferré a una madera y traté de llegar a la orilla, pero ya no tenía fuerzas. “Ya está”, me dije, “esto ha sido todo”. Y me dejé llevar. Fue ahí cuando escuché algo. Era la voz del Chito (Chamorro), que me encontró. Ellos me rescataron.

Los habitantes de la isla están llenos de historias. Esta, la del tsunami de 2010, es una de las más tristes. Juan Fernández fue una de las comunas más golpeadas por la catástrofe y, tratándose de una comunidad pequeña, cada una de las vidas que se perdieron dejó una huella imborrable. A dieciséis años de aquella madrugada del 27 de febrero, apenas la mitad de la isla ha sido reconstruida.

Alberto vive hoy en el sector de Lord Anson, cerro arriba. Por esa calle —que lleva el nombre del almirante de la Marina Real británica que, como tantos otros navegantes, salvó su vida y la de buena parte de su tripulación gracias a la isla en 1741— se llega a un pequeño conjunto de viviendas construidas por el Estado. Allí, rodeados de bosque, comenzamos a hablar del mar.

Me habló de las clásicas trampas para langostas, construidas con listones de eucalipto de la misma manera desde hace varias generaciones; de don Wilson, el más veterano de los pescadores activos de la isla, con quien, a sus 83 años, sale cada mañana a pescar; de las especies que comenzaron a recuperarse tras la creación de la primera área marina protegida, en 2015; del desastre que dejó la pesca industrial con redes de arrastre sobre los montes submarinos. Pero, por encima de todas esas historias, lo que más me impactó fue su convicción.

Hoy los pescadores de Robinson Crusoe, Alejandro Selkirk e Islas Desventuradas cuentan con mucha más información. Están conectados con el mundo mediante Starlink y WOM, e integran organizaciones sociales que participan activamente en el modelo de gestión de las áreas marinas protegidas.

La convicción a la que me refiero, sin embargo, no proviene de la seguridad que le brindan los datos ambientales a los que hoy acceden, de las charlas sobre biodiversidad impartidas por organizaciones con buenas intenciones, de los acuerdos alcanzados en los comités de administración, ni siquiera de la tradición centenaria de no sobreexplotar los recursos pesqueros. Proviene de algo mucho más profundo, mucho más elemental: de saberse parte de la naturaleza, de comprender que su propia existencia depende del equilibrio de ese ecosistema.

Podría pensarse en una relación semejante a la de los pueblos originarios. Sin embargo, los habitantes de Juan Fernández no son indígenas. La comunidad que hoy vive en Robinson Crusoe está conformada, en su mayoría, por descendientes de los hombres y mujeres que llegaron como trabajadores del aristócrata suizo Alfredo von Rodt, quien arrendó el archipiélago al Estado chileno para impulsar su colonización a fines del siglo XIX. Con el tiempo hicieron del mar y del bosque su hogar. Chilenos comunes que se hicieron isleños. Visto así, se trata de conciencia y de voluntad.

En el cuidado que los pescadores tienen por los recursos del mar y por los bosques endémicos de esta Reserva Mundial de la Biósfera opera también una conciencia colectiva que trasciende los límites naturales de la isla.

En Julio Chamorro, presidente del Consejo Local de Gestión de la Red de Áreas Marinas Protegidas del Archipiélago Juan Fernández e Islas Desventuradas, esa cultura de conservación adquiere una dimensión estratégica.

—Sabemos que la flota albacorera y la pesca industrial están presionando al Gobierno de Kast para que no se concrete la última área protegida y así puedan volver a venir a pescar acá. Pero la biomasa que hoy escasea en el litoral viene hasta aquí a reproducirse, y las especies juveniles crecen porque estas aguas están protegidas. Si eso se altera, ya no habrá nada más que pescar. Ni aquí ni allá.

Don Wilson, el más veterano de los pescadores, quien siendo apenas un niño tomó por primera vez el mando de una chalupa —la clásica embarcación fernandeciana—, lo resume en seco, pero con la misma claridad de las aguas en las que ha pescado durante setenta años.

—Para cuidar lo que te da de comer no hay que ser ecologista ni político. Hay que pensar con la cabeza.

En esos dieciséis días, en pleno invierno y sin turistas, comprendí que el verdadero paisaje de Juan Fernández no era el mar ni sus bosques, sino la forma en que sus habitantes habían aprendido a vivir con ellos.

Lea la parte 1 y la parte 2 de la bitácora de viaje a Juan Fernández en los siguientes links: PARTE 1PARTE 2

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