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Carta abierta a la alcaldesa de Santiago

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Por: Cristina Moyano Barahona, académica Universidad de Santiago de Chile


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Señor director 

Le escribo como vecina del barrio Yungay, barrio que se ha caracterizado por su dinamismo en actividades sociales, barrio denominado patrimonial y en el que la participación ciudadana es bastante visible y conocida.

Cerca del período en el que se iniciaba el retorno a clases, por ahí por febrero del 2013, se llenó la comuna de unos carteles que tenían como slogan “Santiago: capital de la educación pública”.  Bueno, estando en julio, y después de convivir cotidianamente con la toma de los estudiantes del Liceo Cervantes, quisiera hacerle unas preguntas, sobre cuál es el concepto de educación pública que tiene usted, alcaldesa.

El liceo Cervantes lleva varias semanas en toma y a diferencia de los emblemáticos liceos que se muestran por la TV y a los cuales usted tiene la deferencia de asistir a dialogar, en este colegio no se fueron de vacaciones de invierno y la toma continua.

Afuera del Cervantes no se reúnen los apoderados a pedir el retorno a clases, no se ve ni una autoridad preocupada de dialogar con los estudiantes. Están abandonados, arrojados al mundo, en una marginalidad preocupante. Y es que en Chile, la marginalidad no sólo se expresa en las comunas de la periferia, como le gusta expresar a los sociólogos, sino que también a cuatro cuadras de la Alameda, cuando determinados espacios dejan de ser importantes para la sociedad de la que forman parte.

Estos jóvenes han rutinizado su práctica política y una o dos veces por semana hacen barricadas en la calle Agustinas, que  a la altura del 2500 todavía no es muy transitada, a la que pocas veces llegan los carabineros a controlar. Si las fuerzas de orden y seguridad llegan, comienzan los enfrentamientos con carros lanza aguas, gas lacrimógeno y un despliegue digno de ser filmado y que ganaría varios puntos de rating en la tv, pero que después de un rato, no sé si por agotamiento de los propios carabineros, queda solamente el rastrojo de material quemado, vidrios quebrados y piedras por doquier.

Durante el día los jóvenes viven la toma en las afuera del colegio. Se toman también el parque y conectan parlantes con música que llena todo el ambiente y que impide realizar cualquier otra actividad que requiera concentración a 100 m2 a la redonda. El reaggeton, la bachata y la cumbia villera, son los favoritos de estos estudiantes, a quienes poco les importa si con esos ruidos molestan a los vecinos con quienes deben convivir. La música se enciende a las 9 de la mañana y no termina hasta pasada las 10 de la noche, a veces, se puede extender incluso hasta la madrugada.  Quejarnos por ruidos molestos es una quimera para quienes vivimos en el barrio, puesto que acercarse al colegio puede terminar en una batalla campal.

Frente a esta situación uno se pregunta ¿Por qué no llegan los canales de TV, si frente al parque Portales, podrían deleitarse todos los días con imágenes de enfrentamientos, barricadas e incendios de vehículos? ¿Por qué no asiste la municipalidad a hacerse cargo de esta situación? ¿Por qué no hay padres protestando por el retorno a clases?

La respuesta es simple: en este colegio está el sujeto popular discriminado, el marginal, el que ha nadie le importa. Estos chicos viven el abandono en sus casas, en sus barrios y en el colegio. Nadie les da una mano, por eso destruyen lo que está a su paso. Ayer en la noche fuimos testigos de enfrentamientos con una pandilla, que terminaron con toda la luminaria quebrada, las tejas del techo quebradas, vidrios rotos y restos de botellas esparcidas por el suelo de la calle.  ¿Las fuerzas de orden público? Brillaban por su ausencia. ¿El director del establecimiento? Ídem. ¿Quién dialoga con estos estudiantes? Absolutamente nadie. Sólo el agotamiento físico y el peso de la noche los hace ir a dormir, para despertarse nuevamente con su rutina de protesta, que a nadie le importa y a la que nadie escucha.

Alcaldesa de Santiago: ¿esta es la capital de la educación pública? ¿Quién se preocupa de estos colegios? ¿Qué tipo de educación pública estamos fomentando como sociedad? ¿La excluyente, pero exitosamente elitista, del Instituto Nacional o el Carmela Carvajal? ¿o una integradora y diversa que permita que la educación efectivamente sea herramienta de movilidad social? ¿Por qué se abandona estos establecimientos educacionales, convertidos en verdaderos ghettos de pobreza y marginalidad? ¿Qué expectativas pueden tener esos jóvenes respecto de la educación pública prometida?

La arremetida de la violencia, el bandidaje, la irrupción y escalada de rebeldía expresada en un rutinizado enfrentamiento contra el orden social, sólo lleva a la anomia y a la crisis. Si efectivamente existen tantos ciudadanos que queremos que la educación cumpla la promesa originaria y que permita la sociedad de derechos a la que aspiramos ¿por qué no hacer prioritario y mediático el trabajo en estos establecimientos educacionales?

Como vecina del barrio Yungay le digo que no quiero aquí otro Instituto Nacional que eduque líderes que aspiren a ser Presidentes de Chile, quiero colegios integrados, diversos y de calidad, que permita a las personas que asistan a él diseñar sus caminos y realizarse en la felicidad de su propia elección de vida.

Los jóvenes del Cervantes no tienen expectativas y la deprimente fotografía del frontis de su colegio demuestra que Santiago, como capital de la Educación Pública, es igual que nuestra capital conjunta: segregada, excluyente y discriminadora.

Alcaldesa no deje que estos colegios se mueran, por que con ello sólo se consolida más el perverso sistema educacional basado en el lucro, que ha sido visibilizado y deslegitimado por una gran cantidad de ciudadanos en las calles.

 

Cristina Moyano Barahona

Académica Universidad de Santiago de Chile y

Vecina del Barrio Yungay

 

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