jueves, 1 de diciembre de 2022 Actualizado a las 20:01

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¡No abandonemos a los particulares pagados!

No hay camino corto, no hay atajos, para que la nuestra sea una sociedad encontrada, una sociedad donde los distintos grupos étnicos, religiosos y económicos se encuentren en ánimo colaborativo. Si creemos que la integración social es lo que caracteriza la sociedad a la que aspiramos, y reconocemos que eso es imposible en tierras donde las distancias económicas son tan grandes, que impiden el vínculo humano de igual a igual.
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Julia tiene 26 años, egresó el año pasado de una universidad privada, tiene un hijo que se llama Manuel que el próximo año entrará al colegio. Su pareja Roberto tiene un par de años más que ella, es profesional de la misma universidad, trabaja media jornada en un proyecto con un profesor. Ambos comparten dos sueños: independizarse de la casa de los papás de Julia y que Manuel pueda estudiar en un colegio particular. Ellos quieren entregarle a su hijo una educación de calidad. Roberto está pensando trabajar como taxista para que ambos sueños puedan cumplirse. Su papá arrienda taxis.

Julia, gracias a su esfuerzo y a una beca del Estado, pudo egresar de su carrera. Este año lo dedicará a terminar su tesis y a cuidar a Manuel. La familia de Julia está muy feliz de que ella haya egresado. En un tiempo más será la primera profesional de su familia.

Sin embargo, Julia está asustada porque se acerca su ingreso al mundo laboral.

El año 2011 ella participó de varias movilizaciones estudiantiles y de varios grupos de reflexión. En éstos se discutió constantemente acerca de la dificultad de encontrar un trabajo, como los que aparecen en las publicidades de las universidades. La promesa de la educación superior, para la gran mayoría de los estudiantes de nuestro país, no siempre se cumple.

No hay camino corto, no hay atajos, para que la nuestra sea una sociedad encontrada, una sociedad donde los distintos grupos étnicos, religiosos y económicos se encuentren en ánimo colaborativo. Si creemos que la integración social es lo que caracteriza la sociedad a la que aspiramos, y reconocemos que eso es imposible en tierras donde las distancias económicas son tan grandes, que impiden el vínculo humano de igual a igual.

Por otro lado, Julia está profundamente agradecida del movimiento estudiantil. Según ella a este movimiento hay que darle las gracias. Ha sido el principal responsable de denunciar la desigualdad y la segregación que se vive en nuestro país, y de mostrar que el sistema educacional tanto escolar como superior no están promoviendo el orden social. Gracias a este movimiento podemos hoy decir, por primera vez desde la ciudadanía y no sólo desde los expertos, que la desigualdad y la segregación es un hecho y un problema social y político.

Para Julia la meritocracia es un valor clave al momento de pensar la sociedad deseada. Es decir, que lo que cada uno consiga en este mundo no dependa tan dramáticamente del hogar de donde cada uno proviene, como sucede hoy, le parece un gran logro. En algún modo ella y su pareja, cuando comenzaron sus estudios de educación superior, experimentaron que ese gran logro estaba sucediendo.

Sin embargo, cuando Julia piensa en los años venideros siente angustia y no esperanza como debiera ser. Esta angustia se debe a que esa deseada meritocracia no ha desembarcado aun en Chile, pese a que hemos tenido un aumento en los años de escolaridad gracias a una mayor cobertura educacional en sus distintos niveles, sin lugar a dudas este es un avance importante que ha superado una de las peores segregaciones que nuestro país cargaba: los que estudian y los que no. Su angustia se manifiesta cuando piensa que posiblemente su carrera universitaria, más la de Roberto y el colegio particular de su hijo no sean suficientes para obtener las oportunidades que sueñan.

En cambio, Julia sí ve con buenos ojos que el movimiento estudiantil haya hecho, de su desesperanza personal, un asunto público, nacional, un tema país. Un diagnóstico real del deficiente estado de la meritocracia en Chile, piensa ella, es un primer paso para transformar en parte la realidad chilena. Sin conciencia del problema no hay avance.

Pero también en Julia ha aparecido, últimamente, la idea de que la tan ansiada meritocracia no es suficiente. Se ha comenzado a preguntar si simplemente una repartija más equitativa de los recursos educacionales y pitutos laborales, nada de simple por lo demás, nos llevarán a la sociedad deseada, a una sociedad fraterna, a una sociedad que se declare disponible a escuchar y abrazar a otros diferentes.

La angustia de Julia se manifiesta cuando observa la violencia de los gestos de las personas y de los discursos públicos, cuando mira la capacidad de convertir en enemigo al otro que no piensa y no vive como yo pienso y vivo, cuando auto-observa lo difícil que es para todos soltar los privilegios ya obtenidos, cuando olfatea el miedo a soltar nuestras certezas y cuando se abruma por la exigencia de tener que ascender socialmente, ya que mientras más arriba estés más digno y más te respetará tu sociedad. Es, a partir de ese miedo al otro y del juego del estatus, que Julia siente angustia, que entiende, más o menos, el fenómeno cultural de querer diferenciarse del otro, especialmente del otro que se encuentra “más abajo”.

Debido a su angustia, y a la reflexión a la que ésta le ha empujado, Julia ha podido ver con claridad que el principal problema de nuestra sociedad es la falta de Encuentro. Encuentro real, encuentro abierto al otro como un legítimo otro, encuentro con el otro y no contra un otro, encuentro con respeto y no mera tolerancia. Encuentro que desarme al gran enemigo, que desarme el miedo al otro como el distinto y enemigo, aunque tome su tiempo, aunque al comienzo el miedo aflore en toda su podredumbre. Ese encuentro no es a costa de la identidad de uno ni de otro. El tejido social se juega tanto en la identidad del grupo como en la apertura del grupo a otros grupos. No es posible una identidad de grupo sana y madura, no sectaria, sin que, como grupo, estemos abiertos al otro.

A Julia le sucedeahora que su expectativa de educación particular para Manuel puede que sea privada, privada del encuentro con otros diferentes. Lo más seguro es que sea de mejor calidad en relación con los otros tipos de establecimiento educacional, pero cuando Manuel estudié estará privado del encuentro con otros diferentes.

No se trata de desestimar con esto el rol de las reformas que apuntan a reducir la desigualdad. Pero si a lo que aspiramos es a una sociedad con tejido social, y no solo a una sociedad con un determinado número en los cálculos de un tal Gini, debemos poder dimensionar las distancias económicas, pero también las distancias sociales y afectivas. En el Chile de hoy parecieran ser ambas lo suficientemente grandes como para desesperanzarse. Aquí Julia y nosotros vemos un rol clave para la política, conduciendo estos y otros anhelos, forzando el encuentro de grupos que no se encuentran, diseñando los espacios donde hoy se educa la sociedad como espacios de integración, para lograr la integración. No sólo con la mirada puesta en la equidad, también en el encuentro.

Creemos que el fenómeno de la desigualdad y de la obsesión por diferenciarnos peyorativamente los unos de los otros son dos grandes problemas chilenos. Chilenos que nos cuesta renunciar a nuestros privilegios, chilenos que tememos que nuestros hijos sean compañeros del hijo de un vecino de otro barrio, por el miedo que ha construido una sociedad de miedosos que rehúye el encuentro.

No hay camino corto, no hay atajos, para que la nuestra sea una sociedad encontrada, una sociedad donde los distintos grupos étnicos, religiosos y económicos se encuentren en ánimo colaborativo. Si creemos que la integración social es lo que caracteriza la sociedad a la que aspiramos, y reconocemos que eso es imposible en tierras donde las distancias económicas son tan grandes, que impiden el vínculo humano de igual a igual, estaremos preparados para ver en la obligatoriedad del encuentro de los distintos grupos un camino para la integración mediante la integración. Nadie pensará que será fácil ese encuentro obligatorio. El hecho de que estemos consciente de la dificultad del encuentro es una de las señales importantes de la falta de encuentro. Lo que nos hace creer que es un buen medio no es la facilidad con que se darán las cosas, sino que no hay camino para la integración, ya que la integración, por medio del proceso de integración, es el camino.

Finalmente, la angustia y el diagnóstico de Julia nos ilumina y nos incita a preguntarnos acerca de por qué la discusión pública sobre la segregación del sistema escolar está centrada principalmente en la eliminación del financiamiento compartido, aspirando con eso a la integración del sistema escolar. Si nuestro verdadero objetivo es la integración del sistema escolar chileno y no solamente el sistema financiado por el gobierno, no hace sentido dejar fuera el rol social que están cumpliendo los colegios particulares pagados en cuanto a la des-integración.

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Envíada por Carlos Fernández Villablanca | 1 diciembre, 2022

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