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El gran problema de la Inicia

por 1 diciembre, 2013

Que la Inicia no mide bien las competencias pedagógicas es prácticamente incuestionable, dado que se trata de una prueba de alternativas. En efecto, no hay manera –y esto lo saben los expertos en evaluación– de que un conjunto de competencias prácticas altamente complejas, como son las competencias pedagógicas, pueda verse reflejado en una prueba de selección múltiple.
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Desde la creación de la prueba Inicia se ha levantado, en el mundo académico, una serie de críticas respecto de su validez y utilidad. Hay, en efecto, no uno sino varios problemas asociados a esta prueba, problemas serios que sin duda el Ministerio y todos quienes están a cargo de las políticas educacionales de nuestro país deben resolver con bastante urgencia –en vez de lamentarse por no tener una alternativa mejor, como han hecho hasta ahora–. En esta columna me quiero referir sólo a uno de esos problemas, pero uno que podría llegar a ser el más grave de todos.

El problema tiene que ver con el efecto de la prueba sobre la formación de profesores, especialmente si rendirla se convierte en requisito para ejercer la profesión. Eso acabará desvirtuando la formación, de modo similar a como el SIMCE ha desvirtuado la educación básica. Las instituciones formadoras se ocuparán más de "preparar para la prueba" que de formar buenos profesores. Se dirá que ambas cosas no son incompatibles. Se dirá incluso que van de la mano: que preparar para la Inicia es formar buenos profesores –y que, en consecuencia, no se trata de desvirtuar la formación sino de mejorarla–. Supongo que quienes piensan así tienden a pensar también que el SIMCE no desvirtúa la educación básica. Como sea, para que esta línea de pensamiento fuese correcta en el caso de la Inicia, esta tendría que medir bien las competencias pedagógicas de los examinados, cosa que definitivamente no es el caso.

Que la Inicia no mide bien las competencias pedagógicas es prácticamente incuestionable, dado que se trata de una prueba de alternativas. En efecto, no hay manera –y esto lo saben los expertos en evaluación– de que un conjunto de competencias prácticas altamente complejas, como son las competencias pedagógicas, pueda verse reflejado en una prueba de selección múltiple.

En seguida explicaré por qué no lo es. Pero antes quiero dejar en claro que no hay, a mi juicio, nada pernicioso en la aspiración a contar con algún modo de evaluar la calidad profesional de los egresados de pedagogía. Esto es tan obviamente deseable que todas las escuelas de pedagogía tienen algún sistema de evaluación final de sus egresados y, además, en muchos países el Estado agrega una segunda instancia evaluativa (que es precisamente lo que se intenta hacer en Chile con la Inicia). Mi cuestionamiento está dirigido a la Inicia en particular, no a otras formas posibles de evaluar la preparación de los profesores, que por cierto son necesarias (tal como es necesario evaluar la preparación de los médicos o de los abogados o de otros profesionales).

Que la Inicia no mide bien las competencias pedagógicas es prácticamente incuestionable, dado que se trata de una prueba de alternativas. En efecto, no hay manera –y esto lo saben los expertos en evaluación– de que un conjunto de competencias prácticas altamente complejas, como son las competencias pedagógicas, pueda verse reflejado en una prueba de selección múltiple. Es perfectamente posible que un profesor dé una Inicia impecable y, aún así, su performance en el aula deje mucho que desear (de hecho, la investigación internacional muestra que algo como esto tiende a ocurrir con muchos profesores noveles). A la inversa, es también perfectamente posible que un maestro altamente competente en el arte de enseñar dé la Inicia y obtenga resultados mediocres (como podría ocurrir con muchos de nuestros profesores más experimentados). Saber enseñar está demasiado lejos de saber marcar la alternativa correcta en un test de lápiz y papel, como para que lo primero pueda establecerse con lo segundo.

Espero que la gravedad de este problema de la Inicia no sea subestimada. Una prueba que no mide lo que pretende medir es una prueba radicalmente defectuosa –a tal punto que sería doblemente erróneo dejar que sus resultados informaran nuestras políticas educativas–. En este sentido, me parece importante tener en cuenta la experiencia de otros países y enriquecer el proceso de certificación docente, agregando a las evaluaciones teóricas evaluaciones de desempeño. Lo que necesitamos, creo, es un proceso de evaluación integral que considere de manera especial lo que el docente hace efectivamente en el aula. No niego que la preparación teórica de los profesores sea importante, pero nada puede ser más importante que la capacidad de enseñar –y la mejor manera de decidir si alguien tiene o no una determinada capacidad, es verlo en acción en aquellas circunstancias en las que dicha capacidad se ejercita–. En este terreno, una acción puede valer más que mil palabras y, por cierto, más que un conjunto de marcas en una prueba de selección múltiple.

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