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"Quiero pasar a verla mañana"

por 16 diciembre, 2013

Sean largos o cortos los cuchillos de la noche que comenzó, Piñera enfrenta la caída de la derecha, como es su tradición, con una opción de compra en el bolsillo. Fiel a su oficio, es probable que no ejerza esa opción del todo sino hasta que las acciones estén cerca de su piso. Mientras tanto, seguirá especulando.
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En un llamado de pocos minutos, el Presidente Piñera puso en escena lo más representativo de su personalidad y mucho de lo que es su evidente diseño para salir del Gobierno como el más seguro candidato de su sector para las elecciones de 2017.

Sonriente, entusiasta y redundante, Piñera llamó a la Presidenta electa; le dio instrucciones; le ofreció garantías de comportamiento de todos los suyos y se invitó a pasar a verla al día siguiente. En un rasgo que habla de lo que es y de cómo ve la vida y la política, Piñera insistió siempre en quedarse con la última palabra; no acusó recibo de sus errores, aun cuando le fueron representados y salió jugando, como quien tapa todo lo que no tiene con aquello que le sobra: decisión y tozudez.

El de ayer no es un hecho aislado. La era Piñera es, para bien y para mal, la era de un solo hombre, de una sola voluntad y de los caminos de ésta para someter y, cuando no, adaptar la realidad a este designio. Así fundió a sus ministros, así indiferenció a sus parlamentarios, así terminó con parte de la UDI y de Libertad y Desarrollo armando su fundación y cuidando su legado.

La de ayer fue una escena más de la teleserie de las últimas semanas. Se suma a las comidas con parlamentarios de RN; los intentos de timbrar a las generaciones de recambio; las filtraciones sobre sus planes y los encargados de llevarlos a cabo; las asonadas de sus leales; los gestos para jubilar a la guardia pretoriana de la dictadura; los destacados sobre errores de Matthei, entre otros.

Piñera apuesta fuerte, y apuesta siempre. Pero nunca la vida le sonríe más que cuando todo a su paso parece devastado. Es el rey de la oportunidad en la crisis y sigue siendo el más temido de los accionistas minoritarios en los negocios y en la política. En su fuero interno, el Primer Mandatario debe estar juntando peras y manzanas para establecer que, mientras él pesa 40, todo el resto de la derecha pesa 36.

Piñera apuesta fuerte, y apuesta siempre. Pero nunca la vida le sonríe más que cuando todo a su paso parece devastado. Es el rey de la oportunidad en la crisis y sigue siendo el más temido de los accionistas minoritarios en los negocios y en la política.

En su fuero interno, el Primer Mandatario debe estar juntando peras y manzanas para establecer que, mientras él pesa 40, todo el resto de la derecha pesa 36. Y lo que sigue no es nada muy distinto a lo que fueron sus afanes durante su mandato: copiar a la pata los movimientos de Bachelet que le permitieron sortear su propia caída en picada, la destrucción de su coalición, la pérdida del Gobierno y convertir todo ello en una oportunidad para volver sea por fatalidad o por aclamación.

Sebastián Piñera ha luchado mucho para estar donde está y no se encuentra disponible para salir de la escena. Y como lo suyo no son los matices, el no salir significa justo eso: no sólo llegar a todas las fiestas, sino que esforzarse al máximo por ser el homenajeado.

Sean largos o cortos los cuchillos de la noche que comenzó, Piñera enfrenta la caída de la derecha, como es su tradición, con una opción de compra en el bolsillo. Fiel a su oficio, es probable que no ejerza esa opción del todo sino hasta que las acciones estén cerca de su piso. Mientras tanto, seguirá especulando.

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