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El miedo como problema político: hay gente que muere de miedo

por 26 septiembre, 2014

Uno de los casos más paradigmáticos en todo este proceso, lo constituye el discurso de la delincuencia y el delito. Al respecto, el investigador británico e impulsor de la “criminología cultural”, Keith Hayward, señalaba que el “delito vende” y los medios de comunicación se encargan de “crear miedo y luego sacar provecho de aquello”.
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Norbert Lechner señalaba la importancia de la dimensión subjetiva de la política, es decir, acoger los deseos, malestares, ansiedades y dudas de las personas, lo cual conlleva volcar la mirada a las emociones, creencias e imágenes con las cuales nos orientamos en la vida cotidiana. Por lo tanto, la política debe dar cabida a la subjetividad, para que el ciudadano tenga la oportunidad de reconocer su experiencia cotidiana como parte de una vida en comunidad. De ahí el peligro cuando una sociedad no se interroga, no conversa el sentido que pueda tener la convivencia actual y futura, quita a la política su razón de ser, “mejor dicho, renuncia a la política como el esfuerzo colectivo de construir una comunidad de ciudadanos y se contenta con la gestión de los negocios de cada día”.

Ese vaciamiento de la sociedad (despolitización), conlleva a que el miedo o los miedos sean instrumentalizados por las elites, grupos de poder, la clase política, instituciones y medios de comunicación, los cuales controlan y difunden un determinado modelo de sociedad, jugando un papel fundamental a la hora de crear “inseguridad”. Son mecanismos de poder, de control y disciplinamiento social, que van demarcando el campo de lo legítimo e ilegítimo, lo permitido y prohibido en los ámbitos económico, social, político, incluso en el tema de la fe.

Uno de los casos más paradigmáticos en todo este proceso, lo constituye el discurso de la delincuencia y el delito. Al respecto, el investigador británico e impulsor de la “criminología cultural”, Keith Hayward, señalaba que el “delito vende” y los medios de comunicación se encargan de “crear miedo y luego sacar provecho de aquello”.

Uno de los casos más paradigmáticos en todo este proceso, lo constituye el discurso de la delincuencia y el delito. Al respecto, el investigador británico e impulsor de la “criminología cultural”, Keith Hayward, señalaba que el “delito vende” y los medios de comunicación se encargan de “crear miedo y luego sacar provecho de aquello”.

En aquella perspectiva de análisis, el sociólogo Manuel Baeza se pregunta: “¿Cómo ‘administran’ entonces ciertos actores económicos tantos miedos y tantos padecimientos contemporáneos, objetivos y subjetivos?, pues bien, fomentando cínicamente –vía publicidad, imágenes televisivas u otros– subjetividades sociales (e imaginarios) aprehensivos, al mismo tiempo que colocando oportunamente en el mercado antídotos humanos (léase servicios de seguridad) o, sobre todo, tecnológicos (léase sistemas sofisticados de televigilancia), dirigidos contra aquellos factores que nos atemorizan o inquietan (léase delincuencia), que nos precipitamos a adquirir cuando transformamos nuestras casas urbanas en fortalezas colmadas de dispositivos electrónicos de seguridad… la fórmula parece bastante simple y lógica desde un punto de vista económico: para vender seguridad hay que difundir primero inseguridad”.

Siguiendo a Zigmunt Bauman, “el problema contemporáneo más siniestro y penoso” se expresa en el término “Unsicherheit”, palabra alemana que fusiona tres en español: “incertidumbre”, “inseguridad” y “desprotección”. Este problema, se convierte en un poderoso dispositivo que impide a las personas actuar colectivamente, ya que al sentirse inseguras centran sus preocupaciones en lo que pueda depararles el futuro, ya que temen por su seguridad. Y en esa dinámica, las instituciones políticas y sus medidas tendientes a mitigar la inseguridad, terminan por “sembrar la suspicacia mutua, separar a la gente, la inducen a suponer conspiradores y enemigos ante cualquier disenso o argumento, y acaban por volver más solitarios a los solos”.

Así nos encontramos (convivimos) con nuestros miedos, con ese miedo al otro, por ejemplo, al “extraño”, “diferente”, a los “anormales”, como diría Foucualt. Miedo y desconfianza al otro que representa(ría) o simboliza(ría) el conflicto, una alteración y amenaza del orden instituido. También está el miedo a la exclusión, a la dificultad para acceder a servicios básicos de salud, educación y previsión. En un sistema económico como el neoliberalismo que tiene como motor la competitividad, productividad y el individualismo egoísta, y aquellos que no cuentan con los recursos financieros, se sienten vulnerados, sin protección, excluidos y violentados, no son partícipes de una comunidad. Todo aquello se traduce en desvalidez, rabia, impotencia y anomia. Y por último, ese miedo al sinsentido, provocada por nuevas experiencias vinculadas al estrés, el auge de las drogas, tráfico, contaminación, agresión. “La vida cotidiana, acelerada a un ritmo vertiginoso por miles de afanes, una sucesión interminable de sobresaltos y una transformación permanente del entorno laboral y del paisaje urbano, deja a la gente sin aliento para procesar los cambios”.

El miedo constituye una poderosa actividad humana de la acción política y está vinculada con la cuestión del orden (variable política por excelencia), aspecto que va mucho más allá de lo institucional, tiene que ver con las emociones, creencias, imágenes; por ende, con sentimientos de incertidumbre y desamparo. Por eso los gobiernos se esmeran tanto en “poner orden”, de “imponer el orden” (su orden); es decir, asegurar aquella “unidad” (jerárquica) que otorgue a los ciudadanos un lugar “natural”; en el fondo, una sociedad vigilada y disciplinada.

En esa dinámica histórica, se va produciendo una apropiación de los miedos por parte de los gobiernos, determinadas instituciones y sus elites. Se trabajan e instrumentalizan los miedos como mecanismos de disciplinamiento social, no necesariamente a través de medidas represivas o coerción física, salvo para ejemplificar la ausencia de alternativas (por ejemplo, militares en las calles). Por lo tanto, la apuesta pasa por desvalorizar la capacidad personal y colectiva, influir sobre el entorno público, apostando a la mentada seguridad en sus diversas facetas: no haga esto, no diga eso, no piense, no se meta en aquello, ¡cuidado!, etc.



Como contrapartida, necesitamos que la sociedad se haga cargo de los miedos, los asuma y comparta, no para eliminarlos, aquello es imposible, pero sí para disminuir los niveles de susceptibilidad a determinadas situaciones.

En consecuencia, si como sociedad no logramos asimilar y construir una imagen fuerte de nosotros, como actor colectivo a través de prácticas exitosas de acción colectiva, estaremos renunciando a la política y a su carácter constructivista, a aquella dimensión subjetiva de la política, específicamente a la práctica de construir una comunidad de ciudadanos. De lo contrario, seguiremos viviendo –como apunta Lechner– a merced de discursos demagógicos, apocalípticos, fatalistas o mediáticos que acogen y movilizan a su antojo la subjetividad vulnerada de los ciudadanos.

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