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Caso Penta: ¿por qué nadie habla de clientelismo?

por 17 noviembre, 2014

¿O será muy ingenuo pensar que, si mi empresa financia las campañas de tu partido, no te pediré nada a cambio?
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Uno de los temas más controversiales del año, se ha tomado los diversos titulares de los medios de comunicación durante más de tres semanas, y ahora parece ir desapareciendo. Su carácter: la relación entre empresas privadas y el financiamiento de campañas políticas, las que al parecer –así todo lo indica– pasarían desde Andrés Velasco (las malas prácticas de la política) hasta la UDI (popular). En el marco de este debate, se ha sostenido, por parte de la élite dirigente, que la discusión de fondo es cómo pensar un mecanismo que ayude a los partidos políticos a lograr un financiamiento que sea transparente, a fin de que, democrática y libremente, las personas puedan aportar dineros en la generación de proyectos país (algo que desde hace rato se extraña).

Sin embargo, ¿por qué nadie habla de clientelismo?, ¿es que acaso sería muy ingenuo pensar que si una empresa financia una campaña política, sólo lo hará por una suerte de filantropía o altruismo moderno?, ¿o, por el contrario, no será más racional creer que los actores económicos –y no tan solo ellos– que financian a uno u otro candidato esperarán obtener favores o beneficios para sí mismos?, ¿es muy iluso creer que si te financio tu campaña, espero tener evidentemente retribuciones?

¿O será muy ingenuo pensar que, si mi empresa financia las campañas de tu partido, no te pediré nada a cambio?

Para nosotros, una manera posible de poder aproximarse al problema –además de la lógica representación de intereses– es el fenómeno del clientelismo político. Algo que por lo demás en una de las supuestas democracias más estables de Latinoamérica no gusta de reconocerse; es incómodo y políticamente incorrecto. De dicho concepto se ha dicho bastante en otros países de nuestro continente. Desde quienes sostienen que sería solo “cálculo político” (Wilkinsion, 2007) –es decir, intercambio de favores por votos–, hasta otros que lo ven como un fenómeno que puede tender hacia un proceso de integración de comunidades (Vommaro y Quiros, 2011). También están los que usan una síntesis de ambas posiciones, reconociendo elementos subjetivos, afectivos y simbólicos en las redes clientelares, las que se tejen bajo relaciones asimétricas de intercambio (Auyero, 2001).

Para el caso chileno, uno de los estudios originarios de esta problemática (Valenzuela, 1977) demostró cómo, mientras existían altos grados de polarización política (contexto 60 y 70) se tejían importantes redes clientelares, las que coadyuvaban a sustentar uno de los sistemas políticos que se pensaba más avanzados del Cono Sur.

Actualmente, se han incorporado nuevos estudios sobre esta problemática en Chile, para el caso de la UDI en Santiago (Arriagada, 2013), Renca y Huechuraba (Álvarez, 2014), Lavín y Soria (Barozet, 2003) y emblemas de la Concertación como Hernán Pinto (Pérez, 2013). No obstante nadie gusta de hablar del clientelismo. Al parecer es un concepto incómodo que evidenciaría elementos no tan democráticos en un país que se cree con una de las transiciones ejemplo para el mundo. Nos parece que resignificar y debatir, a propósito del Caso Penta, el concepto del clientelismo, permitiría abrir otros campos de comprensión sobre temáticas tan presentes en las prácticas propias de la sociabilidad política chilena, pero que los discursos gustan de omitir.

¿O será muy ingenuo pensar que, si mi empresa financia las campañas de tu partido, no te pediré nada a cambio?

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