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La insatisfacción de los satisfechos

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Por: Pedro Cuevas, gestor cultural


 

Señor Director:

Todo consumidor  (ciudadano) debe ser permanentemente seducido a seguir consumiendo, jamás debe sentirse satisfecho. Esa es la premisa fundamental del mercado. Así, nuestra vida se transforma en una incontenible voracidad.
El bien y el mal no pasa por el mercado, lo importante es que el dinero circule y los productos se vendan. Da lo mismo si es un fusil o una lavadora. Lo importante es la rentabilidad.

La corrupción es una sinfonía planetaria. En algunos casos una sinfonía sangrienta y apabullante. En la edad media no teníamos ese problema, ahí, había amos y esclavos.
Hoy, cualquiera puede probar suerte siendo ladrón y terminar como un señor. Un atajo para no ser un eterno endeudado

Antaño, conquistar territorios a golpe de sable se retribuía con honores. Las grandes tribus de hoy ya  no pueden pelear entre ellas so pena de aniquilación mutua. La lucha de hoy es una lucha bastarda. La mentira y el disimulo se visten con los mejores ropajes. Por eso, las sombras de la codicia desalientan al ángel y alimentan a la bestia, que degüella en público a sus enemigos.

La pregunta es ¿Qué hacer? Una peligrosa pregunta, porque si te equivocas te mata. Hoy el mercado es un ente impredecible donde se han liberado fuerzas que en cualquier momento cambian de dirección y te mandan voleado al infierno.

El mundo es de los mercaderes y de alguna manera siempre ha sido así, pero nunca como  hoy. El dinero lo ocupamos todos, pero solo unos pocos son dueños del capital – es decir- de esas montañas de dinero que prestan (Venden) a la gente y países a cambio de suculentos intereses. Y los consumidores caen en la trampa, para ir tras los sueños que les promete el mercado. Entre tanto los dueños del capital no paran ganar y ganar. Tanto así, que controlan los medios de comunicación, financian campañas políticas, viajan en sus jet privados y van colocando sus fichas por todo el planeta. Para ellos, los millonarios de verdad, esos que tienen de  mil millones de dólares para arriba que son dueños de corporaciones, ellos, existen como señores feudales.
Aquí también tenemos nuestros reyezuelos que hacen de las suyas. Son lo suficientemente inteligentes como para apostar a todos los colores. Si Andrónico Luksic fuera director de una empresa pública habría sido inmediatamente despedido por avalar negocios irracionales. Pero él es dueño, y como tal es inmune al juicio público y aunque despierta la suspicacia de muchos, finalmente, esa suspicacia se traduce en impotencia.

Nuestros capitalistas criollos heredaron el estilo de los antiguos dueños de fundo. Los patrones,  esos que siempre sintieron que el país era de ellos. El punto es que los patrones, han demostrado ser con suerte buenos fabricantes de salchichas, no mucho más, y han ocupado todo su tiempo en hacer crecer su patrimonio. En general, son intelectualmente atrofiados, porque leen poco o no leen. Con todo el dinero que tienen no han sabido invertir en capital intelectual. La política les queda como poncho, para que decir la eternidad. La poesía les produce urticaria.
Así, las cosas no caminan. Caballeros, este es un problema país. Los caballeros se están extinguiendo, y ese es un mal presagio. Porque el poder, que detentan sin ley ni Dios, los pone en la mira de la historia como los responsables de la decadencia.

Vivimos un lamentable espectáculo, los caballeros de hoy semejan un guion de pésima factura. Una teleserie rasca donde un millonario concursa y gana, por supuesto, un fondart para financiar su teatro en la comuna de Las Condes. No hay respeto por la cultura, todo se ha confundido.
La paradoja de nuestro tiempo es que la humanidad siendo infinitamente más rica y poderosa que nunca, es tanto o mas despiadada que en el pasado. Más de mil millones de personas pasan hambre, mientras los basureros de los ricos están atiborrados de comida.

A pesar de todo lo anterior, siempre es posible pensar en un mundo mejor, puesto que todos los que habitamos este planeta en cien años más estaremos muertos, es decir, todo se renueva, como el resto de la naturaleza. Entonces, la tarea es trabajar para las generaciones venideras. La pregunta sigue ahí, ¿Qué hacer?
Una gran parte del problema lo va a resolver la propia inercia en la que estamos metidos. Hay fuerzas que no son  posible de detener y éstas deben colapsar por sí  mismas. Todo va ocurrir mucho más rápido de lo que pensamos. Me atrevería a pronosticar que el siglo XXI será el siglo mas peligroso y también el mas esperanzador.

En las fronteras del conocimiento debieran nacer nuevos sabios o mejor dicho comunidades de sabios  capaces de iluminar el camino. No solo investigadores al servicio de grandes corporaciones. Necesitamos dar un salto, subir un peldaño en la evolución. Esto se está acabando, el crecimiento por el crecimiento hará chocar esas fuerzas y entonces tendremos que diseñar un mundo nuevo.
Suena terrorífico, como es terrorífico saber que el aumento de la industria militar no ha parado de crecer. Solo EEUU gasta U$585.000 millones  y vende otro tanto a muchísimos países. China gasta U$ 129.000 millones y avanza con rapidez, Arabia Saudita supera a Rusia en el gasto militar y así los musulmanes entran a las ligas mayores ¿con armas nucleares? Eso está por verse. Y la India, otro gigante con tanto potencial como la China.
Este es el puzle más complejo de todos los que hemos jugado. Jamás lo imaginamos, ni la ficción pudo prever la complejidad de lo que ocurre.  Esta multipolaridad nos pone  a prueba, al límite.

Solo la creatividad podrá salvarnos.  Hay muchos caminos posibles, pero la lógica impuesta por el mercado atenta contra la vida,  porque se ha convertido en un monstro  devorador del equilibrio. El mercado y el dinero deben ser repensados porque la vida está amenazada. La paz será  posible cuando internalicemos  la necesidad de ser profundamente solidarios.
Pero seamos realistas, en el mejor de los casos viviremos una guerra nuclear acotada a algunas zonas del planeta, lo suficientemente devastadoras como para entrar en pánico. Entonces, quizá, alcancemos a hacer el ejercicio que la sociedad tecnológica no ha logrado hacer.

Pedro Cuevas

Gestor cultural

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