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Herrera y “La derecha en la Crisis del Bicentenario”

por 11 marzo, 2015

En el excluyente y homogéneo grupo social al que estas personas pertenecen y se deben, reina el consumismo, a tal punto que la autoestima y posición al interior del grupo pasan en buena medida por lo que se ha comprado, no por lo que se sabe o conoce. La filosofía y la teoría política, así como la sociología y la psicología, aparecen aquí como inútiles frutos de un ocio mal aprovechado.  
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Las ideas sobre qué hace que las instituciones sociales básicas sean justas son el aire que respira todo actor político en democracia. El libro de Hugo Herrera nos viene a decir que a la derecha se le acabó el aire. Sienten un malestar profundo, pero no saben que es asfixia. El libro de Herrera, sin embargo, no es un tanque de oxígeno. Más bien, el propósito es hacer explícito el problema y dar algunas luces sobre cómo empezar a solucionarlo.

En las primeras páginas ocurre algo sorprendente. No vemos que Herrera se limite simplemente a constatar la falta de discurso político en la derecha, una articulación de razones y consideraciones a favor de una cierta idea de justicia de las instituciones, sino que se siente en la necesidad de justificar la generación de tal discurso (la gente de derecha a la que le habla parece ser tan ilustrada como esos niños a los que hay que explicarles las bondades de ir al colegio). Herrera intenta convencerlos con dos razones: primero, sin discurso no hay legitimidad del uso del poder ante la ciudadanía, ni tampoco guías claras de acción frente a las tumultuosas circunstancias actuales, en las que las instituciones han demostrado ser insuficientemente justas: permiten el oligopolio, la permanencia de una oligarquía, el centralismo excesivo y el empobrecimiento espiritual de las personas, entre otras cosas. La segunda razón es que la falta de discurso sería un factor muy relevante en la reciente pérdida de votación del sector. Con todo, Herrera no justifica esto último mediante un estudio empírico, como creo debe hacerse –lo cual, dada la mentalidad pedestre de los políticos del sector, podría servir como excusa para desechar el libro–.

En el excluyente y homogéneo grupo social al que estas personas pertenecen y se deben, reina el consumismo, a tal punto que la autoestima y posición al interior del grupo pasan en buena medida por lo que se ha comprado, no por lo que se sabe o conoce. La filosofía y la teoría política, así como la sociología y la psicología, aparecen aquí como inútiles frutos de un ocio mal aprovechado.

En concreto, Herrera propone dos cosas para que los intelectuales de derecha emprendan la tarea: por un lado, el nuevo discurso político debe ser una articulación de razones y consideraciones que constituyan una noción de justicia que recoja los diversos aspectos de la situación actual, sin caer en parcialidades (defensa de intereses particulares; indiferencia hacia lo que para otros es importante; etc.). Además, este discurso debe articularse a partir del contacto con la realidad, esto es, del encuentro con las organizaciones ciudadanas, con el variado territorio y recursos del país, etc. De esta manera, Herrera cree que el discurso político dotará a la derecha de principios y normas de acción para decidir los casos particulares que se le presenten, sin que tales principios y normas se erijan como meros prejuicios o precomprensiones inadecuadas.

Por otro lado, y para que no lo acusen de intentar construir castillos en el aire, Herrera presenta algunos ejemplos de discursos políticos adecuados a su tiempo, todos ellos nacidos de la derecha chilena en el siglo XX. Esta vuelta a la historia es importante por dos razones: primero, porque hay paralelos importantes entre la situación política del centenario y la del bicentenario; y segundo, porque ciertamente la derecha no puede reinventarse de la nada: debe volver a su tradición, lo cual es mucho más fácil si esta última ya ha sido explicitada y articulada en un discurso político a la altura de su propia época. Las corrientes derechistas que Herrera tiene principalmente a la vista son la socialcristiana (expresada por Góngora); la nacional-popular (representada por Encina y Edwards); y la neoliberal conservadora (fervientemente defendida por Guzmán). Pero aunque les dedica varias páginas a estos autores, nunca deja de insistir en la inadecuación de estos discursos para los tiempos presentes. Así, no basta con leer a los intelectuales pasados y la historia de sus circunstancias, sino que es preciso crear ideas –esa actividad cuyo término es desconocido de antemano y que resulta, por tanto, sospechosa para quienes están satisfechos con lo que piensan y tienen (justamente la mayoría de los políticos, patrones y columnistas de la derecha)–.

No obstante el excelente estilo literario, la elocuencia y conocimiento de la filosofía política, así como de la historia intelectual de la derecha chilena, creo que el proyecto que propone Herrera, si no está destinado al fracaso, se enfrenta al menos a serias dificultades. ¿Por qué? Es importante observar que los más destacados intelectuales, columnistas, empresarios y políticos de derecha –esas personas en quienes recae la tarea de articular el nuevo discurso político– pertenecen todos o casi todos a un grupo social ultraacomodado, “parapetado en el sector oriente” de Santiago, como reconoce el mismo Herrera. De acuerdo con esto, hay en mi opinión varios factores que al menos hacen difícil, si no imposible, la articulación de uno o más discursos políticos a la altura de las actuales circunstancias y que presten legitimidad a la derecha. Son al menos cuatro:

En primer lugar, es notable la incapacidad que tienen muchos de los políticos y columnistas de derecha para dejar de atender exclusivamente a los intereses económicos propios o del grupo social al que pertenecen. Esto se ha vuelto notorio cuando se ha buscado introducir ciertas regulaciones contra los abusos en el mercado del retail, y más aún cuando no se pronuncian con vehemencia contra lo que una parte importante de la ciudadanía ve como delitos o abusos por parte de algunos de los empresarios más grandes en distintos sectores. En algunos casos hay ilegalidades evidentes (La Polar), y en otros un uso del poder que es visto como injusto, más allá de lo que diga la ley (multirut, regímenes de contratación, etc.). El caso Penta nos ha revelado que esta incapacidad no sólo puede deberse a lazos afectivos o a lealtad de grupo, sino también, más descorazonada y deshonestamente, a la dependencia financiera y al control directo por parte de algunos empresarios.

Segundo, y quizás una de las causas de lo anterior, no deja de sorprender la incomunicación de las personas de este grupo social con aquellos que no pertenecen a él. Ya sea por clasismo, por creerse el rebaño de 99 ovejas no perdidas, o incluso por pensar que son mucho más inteligentes que los demás, esta incomunicación les impide entender y abordar los problemas, consideraciones e intereses del resto de la población, aquellas cosas que hacen que esas personas militen, voten o simpaticen con las posiciones de otros partidos políticos (o de ninguno). A quien dude de esto, lo invito a leer las opiniones y columnas de nuestros hombres y mujeres de derecha: ellos argumentan, a veces con buenas razones, pero (casi) nunca se hacen cargo de los problemas, consideraciones e intereses de los que no comparten su posición, de modo que no los interpretan ni convencen.

Tercero, en el excluyente y homogéneo grupo social al que estas personas pertenecen y se deben, reina el consumismo, a tal punto que la autoestima y posición al interior del grupo pasan en buena medida por lo que se ha comprado, no por lo que se sabe o conoce. La filosofía y la teoría política, así como la sociología y la psicología, aparecen aquí como inútiles frutos de un ocio mal aprovechado.

Por último, el libro invita a la derecha a volver a su tradición, la cual está claramente marcada por el catolicismo, como Herrera mismo reconoce. El problema es que el catolicismo de gran parte de la clase alta santiaguina de hoy no es más que una máscara. Ir a misa es un evento social como ir a un parque. El catolicismo es algo de buena crianza, un conjunto de buenas costumbres y modales (algunos católicos lo llaman ‘catolicismo aburguesado’). Cuando la oligarquía santiaguina de derecha comience a volver a las fuentes del catolicismo, se develará el profundo espíritu anticatólico que alimenta su vida y muchas de las prácticas de sus representantes políticos: reencontrarse con el catolicismo equivale, en este caso, a la muerte de la derecha tal como la conocemos. (Dicho sea de paso, si lograran cristianizarse, existiría el enorme riesgo de que muchos de sus votantes se volcaran a otros grupos políticos).

Nada de esto implica que el libro de Herrera sea un sinsentido o un gesto insustancial. Por el contrario, veo en esta obra el clamor de pensamientos que deben decirse y ser escuchados por los líderes de nuestra derecha. Es lo que corresponde a un académico comprometido políticamente. Con todo, creo que es una acción que será anulada por las mismas circunstancias que la han hecho necesaria.

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