A propósito del aborto
Señor Director:
Sin dogmatismos, en lo posible aireados de cualquier prejuicio, y sin temor, deberíamos todos realizar un esfuerzo y tener la capacidad de colocarnos en el lugar del otro, en este caso específico, en el espacio o ámbito íntimo de la mujer chilena. Enfrentada a tal disyuntiva, debemos saber qué es lo que quiere ella dentro de sus propios pensamientos, valores o creencias.
La Sociedad, representada por el Estado, debe brindarle un marco de protección y elección a la ciudadana, cuando ella, como individuo, se enfrenta a una circunstancia tan difícil y compleja, y que además, por si fuera poco, le afecta en su trascendencia presente y futura.
Se supone que estamos lejos de los tiempos del Totalitarismo, y ninguna Ley debería inmiscuirse en algo tan privado, tan personal como es la propia afectividad de la persona. Sin embargo, ahora, actualmente en Chile, la Ley coacciona y se introduce en el corazón y la mente de la mujer, obligándola de manera unilateral a tomar tal dirección, y no otra, cuando se ve enfrentada – sin libertad y muchas veces sola- a asumir una experiencia tan traumática como los tres estamentos que están en discusión.
No estamos en la Edad Media, sino en pleno siglo XXI, en una sociedad chilena que, se supone, ya no es culturalmente la de La Colonia o la era pre-moderna. Entonces, ¿por qué el Estado, o las Leyes de su Constitución, tratan a las mujeres como si fueran una muchedumbre amorfa o analfabeta? Señalándole, además, qué determinación debe tomar o seguir, en algo tan delicado y profundo como es la creación de un ser humano, en el primer caso, la larga espera y sufrimiento de concebir un bebé nonato. En el segundo caso, ¿por qué la ley le impone poner en riesgo su propia vida, colocándola en un potencial acto de suicidio o eutanasia asistida? Y por último, en el terrible caso de violación, y tal como se contempla actualmente, ¿acaso la Ley no actúa como una segunda violación al impedir el derecho a elegir que debería tener la mujer?
El filósofo chileno Jorge Millas sostuvo alguna vez que “El derecho cumple la función de asegurar mediante un mínimum fluctuante de coacción, una máxima franquicia social para el poder hacer de los individuos” (“La concepción de libertad-poder de Friedrich von Hayek”, en Anuario de Filosofía Jurídica y Social, Sociedad Chilena de Filosofía Jurídica y Social, Valparaíso, 1996.)
Una prudencia civil básica es que el Estado no puede actuar en forma dogmática, o con rasgos de Fundamentalismo en cuestiones que le atañen a la mujer y tan sólo a ella, a su cuerpo, a su integridad física y mental y por ende, también a su propia concepción espiritual o de valores. Y sobre todo cuando se trata de legislar para una situación tan específica y vulnerable para la condición de la mujer.
En algunos lugares del Oriente, como se sabe, la mujer es obligada a andar o no cubriendo su rostro con un velo. Por no hablar aquí de otras atrocidades a la que es sometida la mujer cuando se encuentra bajo una cultura cerrada y de claros tintes fundamentalistas o de una fe religiosa exacerbada.
Refirámonos un poco a la hipocresía nacional que muchas veces nos caracteriza como sociedad. En el siglo XIX y durante gran parte del XX, a los niños nacidos fuera del matrimonio o de padre-macho ausente les llamábamos “huachos”. Tuvo que pasar más de un siglo para que se lograra la legitimación de un hijo de madre soltera. ¿Nos preocupamos alguna vez, durante ese larguísimo tiempo, por la situación de ese niño de madre soltera, y que luego, siendo ya un adolescente no podía ni siquiera postular a alguna rama de las FFAA o la PDI, porque no era hijo de una “familia bien constituida”? La razón que se daba era que siendo hijo ilegítimo, así, tal cual, ilegítimo, no podía acceder a algunas de nuestras instituciones. Y para qué nos vamos a referir a poder ingresar a un Colegio Católico.
Las “niñas de bien”, en la élite, eran enviadas a Europa o a algún convento cuando les caía “la maldición” de un embarazo no deseado, al menos para sus padres y/o la pequeña sociedad que los rodeaba. También estaba el caso de los padres o hermanos con relaciones incestuosas, y no digamos que esto sólo ocurría en la promiscuidad de una pobreza rural, pues también en la urbe, en la ciudad, ocurrían y siguen ocurriendo estos casos de vez en cuando.
¿Debemos seguir ocultando a la niña o mujer que sufre una violación, castigarla además socialmente con la vergüenza de no poder salir a la superficie pública porque su caso va contra-natura pero debe seguir con su embarazo hasta el final, aunque en lo más íntimo, como se presenta en ocasiones, ella no lo desea ni quiere?
Ante las tres causales en discusión, cabe preguntarse ¿por qué en otras naciones (o Sociedades) el Estado, no digamos ya permitir –que suena bastante autoritario- sino que le entrega a sus ciudadanas la opción de elegir lo mejor para ella y su familia? ¿Acaso la ciudadana chilena es más torpe en comparación a la mayoría de los otros países? ¿Somos menos civilizados? Tal vez esto último sea cierto, pues no en vano fuimos uno de los últimos países (ahora nos da vergüenza reconocerlo) en promulgar una Ley de Divorcio, mientras en la realidad cotidiana la gente anulaba sus matrimonios incluso hasta con testigos falsos. De nuevo la hipocresía y el doble estándar. Porque no estamos hablando de ir a la vanguardia dentro del concierto nacional e internacional, sino todo lo contrario, tan solo seguir posibilitando una mínima concordancia con el sentido común, la cultura del día a día, los hechos y las experiencias reales que le atañen al ser humano, en este caso particular, a la intimidad de la mujer chilena.
Es como si la Ley o el Derecho en nuestro país siempre fueran a la retaguardia y a destiempo de lo que realmente ocurre y siente nuestra sociedad. Ya nos reímos bastante de nosotros mismos con la Ley de Divorcio, al considerarnos una isla cultural (y valórica) aparte del continente y del mundo. Casi como si fuéramos unos trogloditas.
La poeta chilena, Gabriela Mistral, gran intelectual y humanista, amiga de Radomiro Tomic y la que dijo alguna vez que si Frei Montalva llegaba un día a ser presidente “yo estaré aplaudiendo desde mi tumba”, siempre se preocupó por la situación en la que vivía la mujer latinoamericana.
Progresista como nadie, en Nueva York, en México o en el Valle del Elqui, Gabriela Mistral en sus crónicas y prosas siempre tuvo palabras para la libertad y la dignidad de la mujer como una cuestión sagrada. Recordemos que ella tuvo que abrirse paso en una sociedad completamente machista y vertical, y que su reconocimiento en Chile no llegó sino muchos años después de convertirse en el primer Premio Nobel Latinoamericano.
No nos referiremos aquí a la difícil situación que a nuestra escritora le tocó vivir siendo joven. Nos acordamos de ella, ahora, en estos precisos momentos, como un referente valórico y de gran peso intelectual, e imaginándonos cual habría sido su postura ante el debate que ahora nos convoca, y donde es casi seguro que no hubiese estado en la línea más conservadora ante un tema tan hondo y sensible para la mujer.
Héctor Figueroa Muñoz, poeta