¿Ser católico y estar a favor de la despenalización del aborto?
Señor Director:
En relación a la columna escrita por el señor Mena Letelier y publicada en El Mostrador, creo que merece algunas observaciones. Él sostiene que es posible ser católico y estar a favor del aborto por diversos motivos.
Su argumento para sostener la legitimidad bajo la primera causal (peligro de muerte de la mujer embarazada) se sostiene en una falaz analogía e incomprensión filosófica, pues alude a que si bien se ha transmitido a lo largo de la historia de la Iglesia el valor absoluto de la persona humana y la preservación de su vida como derecho fundamental, hay circunstancias que lo relativizarían, como la misma aceptación por parte de la Iglesia de la autodefensa con consecuencias de muerte para el agresor o en caso de invasión extranjera, la cual permitiría matar al invasor.
En efecto, la persona humana tiene valor por sí misma y, por lo mismo, no varía bajo circunstancia alguna, constituyéndose así como un derecho fundamental su preservación y cuidado. Lo que hace el autor es confundir los conceptos homicidio con autodefensa, por no entender el alcance de estos conceptos así como también el de persona, tratados notablemente por santo Tomás de Aquino y san Agustín, quizás los más grandes doctores de la Iglesia, como lo más digno y perfectísimo en toda la naturaleza. Si la autodefensa, que sigue a la inclinación natural de supervivencia, es legítima, lo es precisamente porque es conforme a la razón y realizada con medios justos (para defenderse, no para asesinar). Así, el acto no solo es legítimo sino incluso bueno, aún si termina esta con causa de muerte, pues ocurrió a partir de una defensa natural a un arbitrario y deliberado ataque, es decir, a un acto contra natura. Por eso, la analogía del autor es falsa. El niño en gestación no es un agresor, ni un soldado enemigo, ni un potencial asesino, sino otra víctima de la misma situación.
Para la segunda causal (embrión que padezca una alteración estructural congénita o genética incompatible con la vida extrauterina), el autor sostiene que un católico podría estar a favor del proyecto de ley de aborto porque el Estado no está en condiciones de otorgar las soluciones de orden psicológico y físico que esta situación ameritaría para la víctima (que para el autor es solo la madre). En otras palabras el argumento se sostiene en que, primero, es el Estado el que debe velar por la integridad física y síquica de la mujer (cuestionable al menos). Segundo, aunque no lo dice explícitamente, que la integridad física y síquica de la mujer tiene mayor valor que la vida del niño en gestación. Es decir, tiene más valor el modo de vida que la vida humana en sí misma considerada. Conceptos que sólo los han utilizados los regímenes totalitarios, a los cuales la Iglesia ha denunciado con tanto afán.
Para la última causal (interrupción del embarazo en casos de violación), el autor argumenta que es posible estar a favor del mismo desde el catolicismo debido a que, bajo la virtud de la tolerancia, entendida simplemente como aceptar el despliegue del libre albedrío de las personas en sociedad, el católico no debe imponer su postura. Y que ciertos patrones básicos de conducta deben ser tolerados para una buena convivencia. Aquí el autor nuevamente se equivoca debido a que, si la finalidad de la sociedad política es el bien común, entonces no puede alcanzarse con la elaboración de leyes que, aun siguiendo la voluntad general, atenten contra los derechos fundamentales de las personas y, por tanto, sean injustas, como el aborto.
En definitiva, lo que Mena no comprende es que, no sólo es deber del católico estar en desacuerdo el proyecto de ley del aborto, sino también del hombre de buena voluntad que busca el bien común. Y el católico, no sólo no puede apoyar o estar a favor de un proyecto de ley injusto, sino que también es su deber proteger a los más débiles de nuestra sociedad.
Dr. Sebastián Buzeta
Profesor de Metafísica
Universidad Gabriela Mistral