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Realismo sin renuncia, o la caprichosa danza del capital

por 17 julio, 2015

Realismo sin renuncia, o la caprichosa danza del capital
Carlos Peña dice, básicamente, que hay cosas que, por más que se quiera, no cambian. Y tiene razón, aunque parcialmente. Tiene razón porque para cambiar las bases del modelo hay que pensar desde fuera del modelo, a contrapelo de sus lógicas y su racionalidad, de lo contrario no se podrá pasar nunca del pensar otro modelo a materializar otro modelo. Desde dentro, claro que hay un núcleo insoslayable que se llama Capital y que pone límites a los cambios. Pensar otro modelo no significa hacerlo a pesar de la economía, pero sí dejar de hacerlo desde y para la economía.
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El 22 de junio, en este medio, se publicó una columna mía en donde se analizaba el escenario de la Nueva Mayoría y la Alianza sobre la base de la idea, tomada prestada de Žižek, de que las victorias político-ideológicas pueden constatarse cuando uno de los oponentes comienza a hablar el lenguaje del enemigo ('La Nueva Mayoría y el lenguaje del enemigo').

Pues bien, pareciera que el curso que ha tomado recientemente el gobierno de la Nueva Mayoría no hace sino reforzar la idea planteada en dicha columna y, pareciera también, que no habría mucho más que agregar. Sin embargo, lo que propongo aquí es analizar el por qué de dicho curso, obviamente dentro de los límites de una columna (aunque tienta decir “en la medida de lo posible”).

Si esta columna puede entenderse como una continuación de un análisis basado en las ideas de Žižek, podemos hacerle justicia aludiendo a otra de sus ideas. En gran parte de sus escritos este autor alude a la distinción entre la realidad y lo real en la enseñanza de Jacques Lacan.

En su libro Sobre la violencia, Žižek ejemplifica esta diferencia de una forma que si bien resulta intelectualmente ilegítima, analíticamente nos es de mucha ayuda. En simple: existiría una dimensión actual de nuestra existencia que resulta inexorable, imposible de eludir por más que queramos, que es el Capital y su danza especulativa que hace mover al mundo. Esto es lo que Žižek relaciona con lo Real. Por su parte, en el plano concreto de las interacciones cara a cara de las personas en los procesos productivos, estaríamos en la dimensión de la realidad. Obviamente, lo Real se impone sobre la realidad. Esto se puede apreciar, según el autor, cuando se visita un país donde reina el desorden, la miseria y el deterioro ecológico, pero sus informes económicos señalan que es un país financieramente sano. La realidad no importa, lo que importa es lo Real (el Capital).

¿Habrá que ir muy lejos para apreciar este fenómeno? Durante décadas se nos ha dicho que el modelo político-económico chileno ha sido exitoso al generar tasas de crecimiento por sobre las de nuestros vecinos, por reducir considerablemente la pobreza, por aumentar el PIB per cápita a niveles inimaginables, por alcanzar el pleno empleo, y, en breve, por estar ad portas del desarrollo. Las cifras macroeconómicas de nuestro país han sido ejemplo para la región y, no por nada, Chile llegó a la OECD.

Pero resulta que es este mismo país donde, para no ser pobre, basta tener $80.000, donde el promedio de las jubilaciones es de $197.000 y cerca de 400.000 jubilados reciben $86.000 mensuales (por lo que no son pobres), donde prácticamente todos los servicios sociales son entregados por instituciones privadas (lo que encarece sus costos y segmenta a la población), donde el sueldo de los legisladores y ministros supera en 40 veces el sueldo mínimo, y donde el 1% más rico concentra casi el 35% de la riqueza nacional, siendo la cifra más alta del mundo. Nuevamente, la realidad no es lo que importa, importa el Capital.

Es el eterno retorno del chantaje del crecimiento: se postula que el crecimiento es condición sine qua non de toda política y, por tanto, todas las medidas que se plantean deben supeditarse a este elemento. O sea, la prioridad del crecimiento es parte esencial e incuestionable de nuestro modelo económico-político. El error de la Nueva Mayoría radica en que los cambios al modelo se han pensado desde el modelo, vale decir, se sustentan en la creencia de que se pueden hacer cambios estructurales sin que se generen desajustes dentro del marco del actual modelo neoliberal, sin cuestionar las bases del axiomático “realismo” de nuestro sistema. Pero no se puede hacer tortillas sin romper huevos.

En la cumbre de ministros que se realizó para determinar la nueva hoja de ruta del Gobierno se dijo justamente esto, pero sin decirlo. Básicamente, se dijo que el escenario económico no era favorable, que la desaceleración económica resultó más larga y profunda de lo que se pensó y, por ello, había que sacar las tijeras y empezar a recortar el programa de gobierno. Priorizar, evaluar, jerarquizar, fueron algunos de los términos que más se repetían, como si se tratara de una junta de directorio de una empresa. Lo que subyace es un cuento conocido: la política es una variable dependiente de la economía. Si esta última está acorde a lo esperado, la política puede o no funcionar; pero si no está acorde a lo esperado, no hay posibilidad de que la política funcione.

Lo que puede, y debe, generar cuestionamientos es si esto debe ser así. Es un lugar común decir que el nuestro es un Estado subsidiario debido al sistema político-económico imperante. ¿Qué consecuencias tiene esto? Varias. Entre las principales, para lo que nos atañe, es que los fundamentos ideológicos del modelo responden a la supuesta libertad que otorga, principalmente, mediante la libertad de mercado. Para nuestro modelo, el mercado es por excelencia el lugar donde se expresa y ejerce la libertad de las personas. Así, el mercado nunca es suficiente y siempre es susceptible de expandir: si se expande el mercado se expande la libertad. El Estado, en este contexto, queda restringido a ser el guardia (privado, porque se le paga mediante impuestos) que asegura que nadie se pase de listo en el mercado.

Este Estado no puede ser un elemento que permita cohesionar a la sociedad, no puede otorgar seguridad ante las incertidumbres propias de nuestro período histórico, ni, mucho menos, puede responder a las demandas sociales que en el último tiempo han emergido, simplemente porque no está dentro de sus capacidades.

Y aquí entramos de lleno en el problema: para cambiar el modelo es preciso que el Estado asuma un rol distinto al actual, constituyéndose en garante de derechos sociales que hoy son vendidos por privados. Para hacerlo, la política debe dejar de ser una variable dependiente de la economía y asumir los costos (económicos, políticos y sociales) que este “ajuste estructural” necesariamente significará. Pero cuando la economía se desacelera comienzan los titubeos y no hay mayoría parlamentaria que importe. Vuelve el primado del Capital sobre la realidad.

Si Bachelet hubiese establecido su argumento en forma de silogismo, habría dicho algo así: las transformaciones políticas dependen del crecimiento económico; el ciclo actual de la economía está a la baja; por ende, las transformaciones políticas no son posibles. Es el eterno retorno del chantaje del crecimiento: se postula que el crecimiento es condición sine qua non de toda política y, por tanto, todas las medidas que se plantean deben supeditarse a este elemento. O sea, la prioridad del crecimiento es parte esencial e incuestionable de nuestro modelo económico-político.

El error de la Nueva Mayoría radica en que los cambios al modelo se han pensado desde el modelo, vale decir, se sustentan en la creencia de que se pueden hacer cambios estructurales sin que se generen desajustes dentro del marco del actual modelo neoliberal, sin cuestionar las bases del axiomático “realismo” de nuestro sistema. Pero no se puede hacer tortillas sin romper huevos.

En la última de sus sacrosantas columnas de los domingos en El Mercurio, Carlos Peña viste con ropajes académicos el argumento de la primacía del Capital: existiría un núcleo inalterable de la realidad contra el cual todo intento de cambio político-cultural se verá enfrentado y que no podrá sortear. Esto, para Peña, es el elemento que no tuvo en cuenta el proyecto de la Nueva Mayoría, conglomerado que habría pensado que con entusiasmo bastaría. Peña dice, básicamente, que hay cosas que, por más que se quiera, no cambian. Y tiene razón, aunque parcialmente.

Tiene razón porque para cambiar las bases del modelo hay que pensar desde fuera del modelo, a contrapelo de sus lógicas y su racionalidad, de lo contrario, no se podrá pasar nunca del pensar otro modelo a materializar otro modelo. Desde dentro, claro que hay un núcleo insoslayable que se llama Capital y que pone límites a los cambios. Pensar otro modelo no significa hacerlo a pesar de la economía, pero sí dejar de hacerlo desde y para la economía.

Lamentablemente, el lenguaje del enemigo ganó la pugna dentro de la Nueva Mayoría, ya que “realismo” es renuncia. Difícil no pensar en los últimos versos del poema Nocturno de Neruda: “Se concluye la vela: sus fulgores/ semejan los espasmos de agonía/ de un moribundo. Pálidos colores/ el nuevo día anuncian y con ellos/ terminan mis aladas utopías”.

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