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La educación desde la educación

por 29 julio, 2015

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Hace un año y medio, poco después de que Nicolás Eyzaguirre fuese anunciado como nuevo ministro de Educación, escribí en este mismo medio una columna en la que levanté algunas dudas respecto de esa decisión. No debido a las capacidades del ahora ministro secretario general de la Presidencia –de las cuales jamás he dudado– sino debido al significado que revestía el hecho de que, de nuevo, un ingeniero-economista se hiciera cargo del destino de la educación de nuestro país.

Hoy la crítica al sesgo economicista que inunda las discusiones sobre la carrera docente y la reforma educacional en general se ha hecho aún más fuerte. No creo que la salida del ministro haya tenido que ver con esto, pero está claro que su baja performance en lo que respecta al diálogo con los profesores favoreció la sensación que estos siguen teniendo de no ser comprendidos o, peor, ni siquiera escuchados. Vamos a ver si la nueva ministra logra revertir esta situación.

Como sea, la necesidad de revisar  los criterios economicistas con que se piensa nuestra sociedad toda, y su proceso formativo en particular, se ha venido expresando en una crítica social que hace rato dejó de ser “alternativa”. En realidad, es posible que a estas alturas no sea ni siquiera minoritaria. Pero más allá de cuánta gente esté dispuesta en la actualidad a retomar una reflexión pedagógica de lo pedagógico, valga por mucho la redundancia, el hecho es que eso es lo lógico y lo correcto; y si alguien cree que hay quienes pueden pensar nuestra educación de mejor manera que nuestros educadores, entonces debiese ofrecer una historia un poco más sofisticada que los lugares comunes habituales de los políticos (que hacen demasiado evidente su falta de preparación en materia educativa) y esas contradicciones impresionantes como, por ejemplo, un discurso esencialmente cuantitativo a la hora de discutir sobre la calidad de la educación y la docencia.

 Si bien toda discusión educativa va a tener siempre implicaciones económicas –y políticas– es imperativo recuperar y revalorar la mirada que los educadores pueden darles a estos asuntos desde su experticia particular. No nos olvidemos que nuestros dos premios Nobel no salieron ni de la economía ni de las así llamadas (bien o mal) “ciencias duras”, sino de nuestras escuelas de pedagogía.

Algunos piensan que hablar de calidad es en sí misma una especie de concesión a un paradigma economicista. Personalmente, entiendo calidad como sinónimo de excelencia. El diccionario me apoya. Aplicada a la educación, en todo caso, la palabra “calidad” no apunta ni a más ni a menos que a la buena educación. Qué es eso, la buena educación, la educación de calidad, es una pregunta crucial cuya relevancia no debe seguir ocultándose debajo de cifras o pragmatismos ciegos, tales como puntajes de pruebas estandarizadas cuya validez está más que cuestionada o declaraciones del tipo “lo más importante es que se acabe la huelga y se vuelva a clases”. Lo más importante, en estas materias, no es ni lo que pueda interpretarse de cifras dudosas ni lo que pase con esta u otras huelgas, sino que nuestra ciudadanía tenga, de una vez por todas, acceso a un sistema escolar de calidad o de excelencia o como sea que quiera usted caracterizar la buena enseñanza y la buena educación.

Ese es el único “estándar” incuestionable, el fin que nadie va a poner en duda y que, después de alrededor de tres décadas de orientación economicista, nuestro país no logró alcanzar. Se dirá que este fracaso se debió a que se trató de medidas “neoliberales”. Es posible. Más allá del “modelo”, sin embargo, creo que hay un daño tremendo que le hemos hecho a la educación al reducir las discusiones educativas y pedagógicas a discusiones económicas o, peor, ingenieriles. Si bien toda discusión educativa va a tener siempre implicaciones económicas –y políticas– es imperativo recuperar y revalorar la mirada que los educadores pueden darles a estos asuntos desde su experticia particular. No nos olvidemos que nuestros dos premios Nobel no salieron ni de la economía ni de las así llamadas (bien o mal) “ciencias duras”, sino de nuestras escuelas de pedagogía.

Por ello, que los profesores, o muchos de ellos, no se sientan “identificados” con el proyecto de carrera docente es un hecho gravísimo. Porque no solo deberían estar identificados con cualquier reforma educativa: deberían participar en su concepción. La experiencia internacional, y en realidad la nacional también, apuntan cada vez con más fuerza a que no habrá reformas exitosas a menos que los profesores tomen parte en su génesis. Después de todo, son ellos los que se llevan la parte más pesada (en todos los sentidos) a la hora de implementarlas.

La falta de diálogo entre el Ministerio y los docentes, la sensación de estos de no ser escuchados o el hecho de que sean tratados como “intransigentes”, el hábito de que las reformas sean pensadas por economistas, sociólogos y psicólogos y solo entonces “consultadas” o “socializadas” con los educadores: todo eso nos lleva en la dirección equivocada. La ministra actual no es ni economista ni ingeniera, y tiene un máster en estudios de la educación. Ojalá se note en algo.

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