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No es un problema de popularidad sino de capacidad

por 10 septiembre, 2015

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Creo que a estas alturas no debe sorprendernos el fenómeno de la caída en las encuestas por parte de la Presidenta Bachelet. Hoy y al igual que en su primer mandato, la duda y capacidad de gestión dejan al descubierto que, más allá de un bonito eslogan, el ejercicio del poder no está para improvisaciones.

Cuando revisábamos el proceso de campaña del segundo mandato no había que ser experto en gran parte de las materias para darse cuenta de que los números contrastados con las posibilidades de logro no calzaban, y que el fenómeno que estamos apreciando en este momento era, como suele decirse de manera coloquial, “cosa de tiempo”.

Pero este no es un fenómeno aislado en la política chilena, ni menos en el orbe, ya que las señales de relación y articulación quedan en evidencia a la hora de los análisis, y son algunos de ellos los que deseo pasar a describir.

 Cuando además vemos los actos de tus familiares, directos y de afecto, partidarios y amigos, frente al financiamiento de las campañas y el proceso previo a asumir el poder, ese efecto en sí, es el más demoledor de todos. Para gran parte de la ciudadanía, los que eran los atributos previos de la Presidenta o el elemento diferenciador, a partir de estos hechos quedan en el olvido, ya que más que hablar de virtudes de su parte, es mejor señalar que no la conocíamos de verdad y por eso hoy estamos donde estamos.

Cuando en un gobierno no está clara la carta de navegación, la popularidad es casi el primer problema que surge en la percepción con la ciudadanía, ya que todo lo que se expresó desde la vereda de la campaña, hoy debe plasmarse, y esto no siempre va de la mano de los programas y del variopinto ramillete de opciones y pareceres dentro del conglomerado de la Nueva Mayoría. Tenemos en este escenario, más que un plan de ideas, un plan de dejar a todos contentos, pero eso se transforma muy pronto en problemas de acción y relación dentro del proceso de toma de decisiones.

Otro factor a considerar es la capacidad y validez de los voceros. Esta sola percepción y constatación de las personas por las caras nuevas y poco diferenciadoras, muestra una dispersión en el relato, echando por tierra cualquier buena posibilidad de gestión y entendimiento, porque cada día que pasa la percepción que queda en el imaginario colectivo es una comedia de errores e improvisaciones, que no permite tomar las cosas con la seriedad que merece.

Y el tercer, y último punto, de referencia, y el peor de todos, es el origen o la génesis de tu campaña cuando ya queda claro cómo te financias y quién te financia. Cuando además vemos los actos de tus familiares, directos y de afecto, partidarios y amigos, frente al financiamiento de las campañas y el proceso previo a asumir el poder, ese efecto en sí, es el más demoledor de todos. Para gran parte de la ciudadanía, los que eran los atributos previos de la Presidenta o el elemento diferenciador, a partir de estos hechos quedan en el olvido, ya que más que hablar de virtudes de su parte, es mejor señalar que no la conocíamos de verdad y por eso hoy estamos donde estamos.

Por esto mismo, podría afirmar que, más que hablar de popularidad, es un problema de capacidad, y responder con la consecuencia de tus actos frente a las demandas de la ciudadanía, y que al parecer, en este caso, es tarea perdida.

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