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París, te quiero más que nunca

por 17 noviembre, 2015

París, te quiero más que nunca
Esa guerra remota, con sus atrocidades implacables, esa guerra lejana escapó el viernes pasado desde el televisor y estalló en nuestra vida cotidiana. No solo en París.
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Desde el viernes a media tarde no puedo dejar de pensar en París. En el horror vivido por los franceses, en el impacto mundial del terrorismo yihadista, en los valores aprendidos durante mis 12 años en la Alianza Francesa de Santiago, en el futuro que nos espera a todos, europeos, americanos, orientales, creyentes, ateos, inmigrantes, pobre o ricos.

“No entiendo el mundo que estamos viviendo”, señaló entre sollozos el hermano de Patricia San Martín, una de las chilenas muertas en la sala de conciertos Bataclan, una de las 127 víctimas fatales. Y es que resulta repulsivo entender lo ocurrido, porque tratar de comprender conlleva de alguna manera una cierta justificación de la barbarie.

Nada puede justificar lo ocurrido, ni los pecados del capitalismo, ni la incapacidad para integrar a quienes son distintos de las clases dominantes, ni la ceguera del mundo occidental frente a la tragedia que viven hace demasiados años los habitantes de Siria, Afganistán o Nigeria, entre otros.

Esa guerra remota, con sus atrocidades implacables, esa guerra lejana escapó el viernes pasado desde el televisor y estalló en nuestra vida cotidiana. No solo en París.

Pienso en las conquistas que parecían inmutables, las que están plasmadas en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la convicción de que los niños no deben trabajar ni menos ir a la guerra, la integración de las mujeres a todas las actividades de la sociedad…

Los autores de esta tragedia fueron claros: atacaron “la capital de la abominación y la perversión”. Esa capital que como ninguna simboliza los valores humanistas, esos valores que representan el tránsito más profundo desde la barbarie hacia la civilización.

Pienso en las conquistas que parecían inmutables, las que están plasmadas en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la convicción de que los niños no deben trabajar ni menos ir a la guerra, la integración de las mujeres a todas las actividades de la sociedad…

París, te quiero más que nunca. Sin buscar entender, me aferro a los principios de libertad, igualdad y fraternidad, repitiéndolos cual mantra, como si esto ayudara a que el mundo no pierda la cordura.

Si los creyentes están en lo cierto y existe un Dios, la humanidad debe honrarlo usando esa capacidad de razonar que nos es propia. Ninguna guerra santa puede combatirse con otra similar. Porque no hay guerra que esté bendita, por más que se clame a los dioses. No lo fueron Las Cruzadas, no lo es hoy la Yihad. Las guerras son un vicio inhumano, en el que se juegan intereses políticos y económicos, que se fraguan a través de la cultura.

París, imposible saber cómo seguiremos construyendo este siglo XXI que llegó lleno de esperanzas y se volvió sangre y angustia. Pero confío en que no haya bomba ni metralla capaz de destruir las enseñanzas que nos dejaron pensadores como Descartes, Rousseau y Voltaire, que recorrieron tus calles y animaron tus cafés. Esas calles y cafés que –unas horas después de la tragedia– reabrieron sus puertas para acoger sin exclusión. Confío en que no habrá venganza sino justicia, que cuidaremos al prójimo sin hacerle pagar cuentas ajenas, que no habrá cruz, media luna o estrella de David, ni oro o petróleo, que nos haga perder totalmente la razón. París, te quiero más que nunca.

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