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De la necesidad de entender nuestros lamentos

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Por: Ricardo Toloza Rifo


Señor Director:

Según se puede leer, en los últimos días, los acontecimientos de París han despertado, básicamente, dos tipos de reacción. Una primera, llamémosla, emocional, que dice largo sobre nuestro eurocentrismo, u occidocentrismo, es decir, sobre nuestra capacidad de empatizar con el sufrimiento de aquellos que creemos, hipocrite lecteur, nuestros semejantes, nuestros hermanos. La segunda, crítica de la primera, haciéndose el deber de instalar en el análisis a aquellas victimas que olvidamos, ya sea en razón de su simple lejanía, o de su total desconocimiento. Se trata, en este segundo caso, de esos “otros” que también mueren: libaneses, libios, iraquíes, afganos, sirios, por citar sólo algunos. Considerado lo anterior, nuestra lectura, que no pretende de ningún modo invalidar estas reacciones o lecturas de actualidad, quisiera echar ciertas luces sobre nuestros entendibles lamentos.

Lo ocurrido el día trece de noviembre es, sin ningún atisbo de duda, terrible. Sin embargo, lo terrible, e incluso lo bárbaro, porque son un juicio reactivo inmediato frente al acontecimiento, no lo dicen, es decir, no dicen lo que éste, en su esencia, es: mensaje y posibilidad de expresión. Ahora bien, entendemos el mensaje como todo elemento que el emisor moviliza con el fin de significar, de dar sentido. La posibilidad viene a ser, por su parte, aquello que inclina al sujeto a componer, de tal o cual forma, lo que desea significar; lo que empuja al sujeto al deseo de dar sentido. Si alguien quiere, por ejemplo, significar el amor, supongamos, a su amada (o), le escribirá una carta en donde las palabras, o cualquier otro tipo de signo, signifiquen, y por lo mismo, den sentido a la idea del amor (idea compartida por ambos, es de esperar). En cuanto a posibilidad de esta escritura, se puede decir que ella es ordenada por el imperativo de expresión del amor. Si no estoy enamorado, ¿por qué razón sentiría el deseo de significar a alguien la idea del amor?

Regresemos a los acontecimientos de Paris.

¿Qué aconteció exactamente aquella noche del trece de noviembre? Aconteció que siete u ocho individuos, que se reivindicaron como súbditos del Estado Islámico, hirieron y dieron muerte a cientos de inocentes. Si llevamos este acontecimiento al esquema anterior (mensaje, posibilidad de expresión), es posible decir que siete u ocho individuos significan algo (componen un mensaje), por medio de un ataque cuyo objetivo es dar la muerte. ¿Qué desean significar? Aunque no lo sabemos, no exactamente, sospechamos que tratan de significar su desacuerdo, fundamental, con nuestra forma de vida. En este punto, podemos formular la pregunta que refiere la posibilidad de expresión: ¿por qué razón, el imperativo de significar este desacuerdo (mensaje) con una condena a muerte? La respuesta a esta pregunta sólo puede ser formulada a manera de hipótesis. Quizás porque occidente nunca ha dejado de afirmar, frente a esos otros, su propia diferencia (no ya su desacuerdo) condenándolos a muerte. ¿O es acaso otra cosa lo que occidente ha venido haciendo en Afganistán, en Irak, en Libia, o en Siria? Aunque, por supuesto, la condena ha sido ataviada (medias mediante) con el lenguaje universalista del que suele ataviarse la épica occidental: derrocar tiranías que oprimen (Siria, Libia), destruir armas que de no ser destruidas acabarán por destruirnos (Irak). Así pues, como el objetivo de occidente es un objetivo “noble”, la condena a muerte de miles de inocentes, que el cumplimiento de dicho objetivo implica, es leída (por nosotros) como un asunto inevitable; no se trata, en ningún caso, de muertes bárbaras, como aquellas de Paris. Me pregunto si hasta ese punto de inflexión es la causa de occidente una causa justa. Quiero decir con esto: si hemos dado la muerte, si hemos presentado la condena a muerte como la única posibilidad para una “estabilización” geopolítica, ¿por qué razón los otros no tendrían recurso a la misma posibilidad? ¿Qué diferencia real entre nuestros ataques, nuestras invasiones, y sus propios ataques? ¿Qué diferencia entre las torturas a las que nosotros los hemos sometido y las torturas a las que ellos nos someten? Ninguna. Nuestro error sería, en este sentido, creer que seguimos teniendo la razón, y que lo que hacemos, no lo hacemos por nuestro propio bien, para defender nuestros intereses, sino por el bien de la humanidad. Pues si se trata, verdaderamente, de nuestro apego a los valores universales, ¿por qué razón el gobierno francés, punta de lanza del discurso universalista, acepta negociar con las monarquías petroleras (Arabia Saudita, Qatar)? La respuesta es quizás sencilla: porque la lógica de occidente no es una lógica de los valores, sino una lógica económica. Y quienes dominan esta lógica, no son otros que los explotadores de materias primas (gas, petróleo), los vendedores de servicios y, por supuesto, los fabricantes de armas. En este sentido, Occidente no defiende valores, sino intereses económicos que atavía con el discurso de los valores universales. Escribo este artículo desde un apartamento parisino debidamente calefaccionado, y equipado con teléfono y fibra óptica. Desde este mismo ordenador, puedo, dinero mediante, reservar los billetes de avión para mis próximas vacaciones. Billetes de avión que puedo adquirir en compañías europeas de tipo low coast. ¿Debo preguntarme a qué debo este confort? ¿Debemos preguntarnos de donde proviene nuestro mediocre bienestar? Sí, proviene esencialmente de la explotación del tercer mundo. Explotación que se realiza de dos formas: diplomáticamente, es decir con el beneplácito del país explotado, o por la fuerza, es decir con la invasión. Lo que los atentados de Paris, y cualquier otro atentado en occidente, evidencian y evidenciarán, no es sólo la afirmación de la diferencia, que diría únicamente el desacuerdo con lo que somos (o creemos ser: buenos, razonables, civilizados), sino, además, que nuestro sistema de producción, fundamento de nuestro sistema de vida, basado en una lógica expansiva y, por tanto, en el envilecimiento total del tercer mundo, ha llegado a su fin. En tiempos en que Chile se pregunta por las injusticias cometidas a lo largo y ancho del territorio, bien haríamos en preguntarnos, además, por aquellas que tienen lugar en el mundo.

Lo que ningún medio de comunicación puede confesar, es que lo que está, hace ya tiempo en entredicho, es nuestro sistema de vida; que no sólo es un sistema económico, sino, ante todo, un complejo ideológico a parte entera. Darle el tratamiento que se le da a cualquier ideología, es quizás el desafío que tenemos por delante. El resto no es sino fascismo soft.

 

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