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Personalistas en el olvido y sociedades sin resguardo

por 28 diciembre, 2015

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El personalismo comunitario se reconoce porque inserta las ciencias morales en el estudio de los actos humanos tanto a nivel personal como grupal, es decir, considera a la política a través de los caminos trazados por Aristóteles y secundados por el cristianismo (Cultura greco-cristiana). Nombres tales como Buber, Péguy, Mounier, Maritain, Lacroix, Scheler, Marías, Millán Puelles, entre otros iusnaturalistas ontológicos, tienen un común denominador en el entendimiento y defensa de la persona humana, sustentada en su propia dignidad, la cual debiera moldear la legitimidad de la política.

La modernidad, sobre todo en los tiempos post-Guerra Fría, ha confundido lo humano, ya que radica su definición sobre normas mayoritariamente surgidas desde el consenso iuspositivista, lo cual va derivando en una instrumentalización en la temática de los derechos humanos que el pacto social va consolidando. A juicio de Antonio Truyol, “la conciencia clara y universal de los derechos humanos es moderna; es en la modernidad cuando a la conciencia universalista de dignidad… se añade la reivindicación de la protección jurídica-política de los derechos que a dicha dignidad corresponde”. Con este tipo de afirmaciones nada resulta de la esencia de la propia persona.

Qué pasa cuando el consenso no da respuestas jurídicas a la situación de las limpiezas étnicas; pueblos que siguen bajo ocupación (ejemplo, Palestina); migrantes a razón del cambio climático; desplazamiento forzado por causa de la pobreza; relativización del derecho a la vida; entre muchas otras situaciones. En ese contexto, podríamos esperar un sinsentido tal como la no existencia de un derecho entre quienes se encuentran en la pobreza, puesto que están ahí (según muchos de los que opinaron en la encuesta CEP) por ser “flojos”, lo cual podría incidir que las mayorías en algún tiempo cristalicen una normativa que señale que el responsable de la pobreza no es la sociedad, ni las políticas públicas que se aplican, sino que serán únicamente los mismos pobres.

Situaciones como el cambio climático nos manifiestan la urgencia en la implementación de las normas de protección medioambiental y, especialmente, reformas en nuestro estilo de vida, en vistas a evitar que se acrecienten los desastres provocados por ello y que están afectando a millones de personas.

La lógica tras dicha racionalidad es que la legitimidad de la ley radica en el consenso de las mayorías y que este se aplique a todos por igual, lo que denota una falacia en el planteamiento jurídico, ya que se sitúa por sobre la categoría ética, cultural e histórica que resulta consustancial a la legitimidad de la norma. Cabe indicar que todas las categorías, desde la perspectiva personalista, no pueden colisionar con los derechos que emanan desde la propia dignidad de las personas.

En consecuencia, los cambios sociales o reformas no tienen que ver primeramente con la eficacia o eficiencia, ni tampoco con los consensos, sino con la protección y respeto de la dignidad de las personas. Cuando hemos perdido aquello y todo axioma puede ser legitimado por lo procesal, aunque atente contra el bien de las personas, estamos en un sinsentido social y sus políticas públicas.

En ese aspecto, situaciones como el cambio climático nos manifiestan la urgencia en la implementación de las normas de protección medioambiental y, especialmente, reformas en nuestro estilo de vida, en vistas a evitar que se acrecienten los desastres provocados por ello y que están afectando a millones de personas; sin embargo, en paralelo están quienes defienden su derecho a mantener sus sistemas (estilos) de vida amparados en el consumo de bienes y servicios sin regulación o intervención de terceros. La máxima (hedonista) es que teniendo recursos puedo adquirir, según las leyes del mercado, todo lo que deseo y/o merezco.

En dicho escenario no existe una colisión de principios jurídicos, sino que, a juicio de los personalistas, no se respeta la protección de las personas que por razón del cambio climático actualmente deben abandonar sus tierras en búsqueda de alimento.

“La escala ampliada, la magnitud creciente, la aceleración y la profundización del impacto de los flujos y patrones transcontinentales de interacción social”, como nos señala David Held, no es suficiente para describir y reconocer los costes que significa la globalización en términos de deshumanización del sistema, inviabilidad del derecho al desarrollo y protección medioambiental. Por tal motivo, debemos urgentemente volver a leer a los personalistas, esto como una manera de dar sentido y orientación a los Derechos Humanos, y desde ahí a nuestras políticas públicas.

En efecto, requerimos de un renacimiento del pensamiento comunitarista y un distanciamiento del escepticismo, recipiente del ethos cultural que interpreta los derechos humanos contemporáneos. La comunidad, a juicio de Maritain, es ante todo obra de la naturaleza y se encuentra más estrechamente ligada al orden biológico; en cambio, una sociedad es sobre todo obra de la razón y se encuentra estrechamente vinculada a aptitudes intelectuales y espirituales del hombre.

Seguir en los planteamientos de la modernidad, que nos ha presentado como axioma “que no existe principio en la naturaleza”, por tanto, todo se limita a la especulación, lo que podría significar que la irresponsabilidad nos autodestruya.

Si no aprehendemos la naturaleza o esencia de los sujetos, todo se reduce al campo de lo opinable, en consecuencia el sujeto se sitúa desde una comprensión de la realidad de sus únicos intereses. Por su parte, desde la lógica aristotélica debemos prestar atención a las causas últimas de los fenómenos constitutivos del sustento de legitimidad y legalidad del orden político y social, sin rehuir aspectos medulares como la VERDAD y la DIGNIDAD humana, conceptos que entregan la sustancia de los derechos y responsabilidad de la persona a nivel individual, societario e internacional.

Desde la perspectiva antropológica y las consecuencias de nuestra modernidad sin ideas personalistas, cabe preguntarse por ciertos resultados como, por ejemplo, ¿qué papel tienen las personas en el sistema productivo y financiero?, ¿será posible implementar el derecho al desarrollo de los pueblos y protecciones medioambientales en las actuales estructuras del sistema económico?

Filosofar y dar sentido a la política tras un proceso reflexivo parece doblemente complejo, inserto en una cultura contemporánea que está impregnada de una desconfianza respecto a las posibilidades del intelecto de descubrir la verdad. De ese modo, la supremacía actual es el relativismo escéptico. Lo contrario atenta contra la libertad individual, que no es otra cosa que opiniones, con gran sustento en los intereses propios. Ello prescinde de lo comunitario y opta por no inmiscuirse en las causas del dolor ajeno, llevando implícita la siguiente máxima: la defensa de mis derechos (confundidos con intereses) a cambio de no tener responsabilidad ante el colectivo o el OTRO. En ese escenario tarde o temprano nuevamente nos veremos obligados a leer a los personalistas, ajustando nuestra acción política más bien a las responsabilidades y deberes, que a los derechos individuales carentes de sustento en la comunidad.

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