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miércoles, 26 de junio de 2019 Actualizado a las 16:58

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El burócrata, el profeta y el proceso creativo en la investigación social

por 29 marzo, 2016

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Alberto Mayol respondió las críticas sobre el estudio que él presentó junto a Javiera Araya la semana pasada. Para resumir, en su defensa emplea tres estrategias:

  • Apelar a los elogios que ha recibido “en privado”.

  • Desprestigiar a sus críticos con apodos como “cobarde” y “burócrata”.

  • Aceptar con aparente humildad buena parte de las críticas, refiriéndose a su aporte dentro del ciclo de la investigación.

No puedo hacerme cargo de las felicitaciones privadas que recibió, ya que no fui parte de ello. Sí corresponde hacerme cargo de mi columna pública, de la que respondo completamente y a la que me remito. Tampoco quiero volver extensamente sobre algunas tergiversaciones o los calificativos agresivos, para evitar caer en la bufonería. Si algo puede quedar de este intercambio, son algunas reflexiones sobre el proceso de la investigación social, es decir la forma en la cual se articulan los esfuerzos de los cientistas sociales para producir conocimiento acumulativo. Mayol alega que, en vez de apoyarlo constructivamente, intento trancar la pelota y bloquear toda investigación sobre este problema. En nada era mi intención, y para que ello quede claro me permito algunas sugerencias para el trabajo que nos promete.

Primero, volvamos sobre las hipótesis formuladas por Mayol y Araya. Yo las señalé como incorrectas y falaces, Mayol opta por llamarlas “absurdas”, es decir, contrarias a la lógica. Resulta vano el ejercicio de trabajar sobre la base de hipótesis que uno mismo reconoce como ilógicas. Es en buena parte por ello que del “estudio” no aprendimos nada. Durante nuestro intercambio sí aprendimos algo, que podría ser valioso para una futura investigación sobre el tema.

En efecto, a pesar de que Mayol diga que no le interesa la “microfísica” de la “institucionalidad”, es en este registro que entrega lo que podría ser una hipótesis más precisa que valdría la pena explorar. Señala que podría haber “una especie de ley de cuotas en la operación” de Fondecyt. Es una pista interesante, ya que podría ser una hipótesis razonable (el contrario de absurdo), que incorpore un mecanismo verosímil, que habría que documentar. No obstante, al haber iniciado el proceso de investigación con hipótesis muy frágiles, Mayol nos embaucó en una discusión que, a diferencia de lo que pretende, NO es el primer paso de un ciclo de investigación virtuoso. El aparato conceptual que armó en nada ayuda para responder la pregunta (como lo señala Guzmán-Concha sobre este mismo tema, “el uso de tipologías demasiado amplias a veces esconde más que ilumina ciertas tendencias”). Estamos todavía a fojas cero, pero ahora, por fin, podemos esperar algunos resultados.

Lo que personalmente recomendaría no es “un despliegue de técnicas más espectacular” (lo que Mayol me atribuye como un “fetichismo” que no profeso), sino simplemente un trabajo serio, riguroso, comprometido con el avance de la ciencia en el espacio público, como lo esperan también Casals, Placencia, Salgado, y muchos más. Con la imparcialidad del burócrata weberiano, estaré esperando el estudio que nos promete el profeta Mayol.

¿Cómo avanzamos en el proceso? En términos científicos, ¿qué alternativas de diseño de investigación tenemos a mano? En este punto es donde la (im)postura científica de Mayol me deja perplejo.

Nos señala que con los datos que tenía, no podía hacer más. Llama la atención la falta de creatividad, tan necesaria para cualquier buena investigación como la rigurosidad. ¿Acaso el trabajo con base de datos es la única herramienta metodológica disponible? Para responder la pregunta sobre los determinantes de la adjudicación de los Fondecyt, incluyendo la hipótesis de la politización, es posible avanzar en serio sin disponer de datos exhaustivos (es decir, de todas las disciplinas, y por muchos años).

Existen distintas posibilidades para realizar un estudio exploratorio, sobre la base de un seguimiento mucho más detallado que lo que los datos agregados permiten. Una es trabajar a partir de técnicas cualitativas sobre algunos comités específicos, con estudios de caso o comparados, constituidos sobre la base de preguntas como ¿quiénes conforman los comités de la disciplina?; ¿tienen injerencia las autoridades políticas en estos nombramientos?; cuando cambian los gobiernos, ¿se modifican estos comités? Todas estas preguntas “cobardes”, debidamente operacionalizadas para el análisis de documentos y entrevistas, sí podrían poner a prueba la hipótesis de las cuotas, junto con otras hipótesis alternativas.

Así, como se observa, lo que personalmente recomendaría no es “un despliegue de técnicas más espectacular” (lo que Mayol me atribuye como un “fetichismo” que no profeso), sino simplemente un trabajo serio, riguroso, comprometido con el avance de la ciencia en el espacio público, como lo esperan también Casals, Placencia, Salgado, y muchos más. Con la imparcialidad del burócrata weberiano, estaré esperando el estudio que nos promete el profeta Mayol, aunque, si el trabajo sigue en la misma línea, esta vez lo dejaré autocelebrarse “en privado”.

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