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Lecciones irrefutables del feminismo

por 18 junio, 2016

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Todo parece indicar que el 2016 será recordado como el año en que una nueva oleada feminista se tomó los espacios de discusión pública. Aun cuando la forma en que aquello se deja entrever es, por lo general, gracias a funestos episodios de manifestación de violencia contra las mujeres, es algo justo y necesario.

Antes de entrar de lleno a esta reflexión, quiero dejar en claro que si bien el término “feminismo” asusta y pone a muchos a la defensiva, esto se debe a que parte de las causas que engloba la cuestión feminista suelen ser polémicas, como sucede con ciertos aspectos relativos a lo que se conoce como la ideología de género y la discusión sobre el derecho al aborto. Específicamente sobre este último punto, es útil tener presente que las pioneras feministas del siglo XIX y principios del siglo XX en Gran Bretaña y Estados Unidos, como Mary Wollstonecraft y Alice Paul, entre otras, no tenían entre sus banderas de lucha el acceso al aborto, incluso se declaraban contrarias a este procedimiento por considerarlo una más de las tantas injusticias y agresiones hacia las mujeres con las que había que batallar.

Pero el meollo de este análisis del feminismo se escapa de los reparos anteriormente nombrados -temas en los cuales, por lo demás, se reconoce que no hay una postura única- y se centrará en lo que ha sido, sin lugar a dudas, el mayor aporte de esta tendencia: el hacer visible la gran problemática de aceptación cultural que todavía subsiste de la violencia hacia la mujer, especialmente en lo referido a las agresiones sexuales. Entre los tristes sucesos ocurridos en lo que va de este año, tomando como ejemplos más potentes el de la violación y homicidio de dos jóvenes argentinas en la playa ecuatoriana de Montañita, y la violación colectiva sufrida por una adolescente en una favela de Rio de Janeiro, observamos con estupor que al respecto surgen no pocos juicios que depositan la responsabilidad del hecho en la víctima y no en los agresores. “Le pasó por aceptar una invitación de desconocidos” “Le pasó por estar ebria y/o drogada” “Si no hubiese estado sola en ese lugar no le habría sucedido” “Quizás cómo estaba vestida” “¿Por qué no se defendió con más fuerza?” entre otras reacciones de similar índole.

Aún existe en gran parte de la sociedad el constructo de que es la mujer quien debe cuidarse para no ser violentada, y que si eso llega a suceder, fue porque simplemente quien la atacó no pudo dominar sus impulsos debido a un “descuido” en el que ella habría incurrido. Y es imperativo cambiar esta visión. Porque mientras más vista gorda hacemos y aceptamos tácita o expresamente que la mujer agredida “algo” de culpa tuvo en su desgracia, más seguiremos pensando que es natural que se abuse de las mujeres y que nada se puede hacer al respecto.

Lamentablemente, aún existe en gran parte de la sociedad el constructo de que es la mujer quien debe cuidarse para no ser violentada, y que si eso llega a suceder, fue porque simplemente quien la atacó no pudo dominar sus impulsos debido a un “descuido” en el que ella habría incurrido. Y es imperativo cambiar esta visión. Porque mientras más vista gorda hacemos y aceptamos tácita o expresamente que la mujer agredida “algo” de culpa tuvo en su desgracia, más seguiremos pensando que es natural que se abuse de las mujeres y que nada se puede hacer al respecto. Y el trato a las víctimas de ataques sexuales violentos es sólo la punta del iceberg: porque en añadidura, a los episodios de abusos sexuales en los que no ha mediado fuerza física se les suele frecuentemente bajar el perfil, aludiendo a que la víctima “sabía en lo que se metía” o “nadie la obligó a relacionarse con él (agresor)”, y quienes son víctimas de acoso sexual en sus lugares de trabajo, estudio o incluso en la vía pública son muchas veces estigmatizadas como mujeres problemáticas, exageradas (“si lo que le hicieron no fue nada”) y hasta mentirosas (“lo dice porque quiere llamar la atención”). Todo lo cual, cumple con contribuir a un ambiente en el que se normaliza la violencia y se dificulta el castigo de ésta, puesto que el trato vejatorio a quienes la han padecido conlleva el que muchas mujeres prefieran no hablar de lo que les sucedió por miedo a una mala acogida de sus testimonios.

Y para luchar contra todo lo descrito anteriormente, dejando en claro que se trata de una situación a todas luces repudiable, ni siquiera debería ser requisito el ser feminista. Basta con defender íntegramente el derecho de todos los seres humanos, cualquiera sea su género, raza, edad o condición social, a vivir en paz, sin ser agredidos por otro de ninguna manera y sin ninguna justificación que no sea la de legítima defensa.



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