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Peligro: Nicolás Eyzaguirre afina su guitarra en La Araucanía

por 11 julio, 2016

Peligro: Nicolás Eyzaguirre afina su guitarra en La Araucanía
En Canadá, vanguardia en el reconocimiento de la identidad soberana de los pueblos originarios, los ministros de asuntos indígenas se alojan en las comunidades que visitan y cantan y bailan con sus habitantes. En Chile, no. Aquí, a instancias de Burgos, la Presidenta sacó al intendente Huenchumilla, que remecía al país con su atronadora voz de barítono proponiendo una solución integral para un problema histórico que se arrastra desde hace varios siglos.
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A Nicolás Eyzaguirre solo lo he visto de lejos, pero me cuentan que su presencia de ministro estrella se debe a que tuvo una banda musical y toca la guitarra, sabe cantar, baila cumbia y es íntimo de la Presidenta. Ella lo nombró director de orquesta de la reforma educacional, la más “emblemática” de su programa. Eyzaguirre, ex alumno del Verbo Divino, oído de hojalata en materias de educación, fue a bailar el paso doble a un par de escuelas públicas vestido de Armani, oculto tras sus gafas Ray-Ban. Hasta que la sonajera desafinada que fue armando lo obligó a tirar la guitarra cuando tenía a todos los actores de la educación tocando el bombo en las calles, tomándose los establecimientos y lanzando peñascazos.

En vez de mandarlo a repasar el solfeo a su casa, la Presidenta lo llamó a un nuevo casting, lo premió con una silla en el comité político y le pasó la batuta de la Segpres, ministerio encargado de poner armonía musical a las relaciones con el Parlamento y de orquestar otra reforma “emblemática”: la de la Constitución.

Eyzaguirre inició su nueva tocata sacándole la firma a la primera mujer Presidenta de Chile para un llamado Consejo Ciudadano de Observadores de la Reforma Constitucional, compuesto mayoritariamente por compadres suyos del barrio alto de Santiago, en una proporción de género digna de Irán o Arabia Saudita: 14 hombres y 3 mujeres. Para que no dijeran, incluyó en la flamante banda a tres intérpretes morenitos.

No se necesita conocer a la Presidenta para saber que el tema mapuche no es su ritmo preferido. Es cierto que su residencia del lago Caburga está en La Araucanía, pero se trata de un refugio blindado para escapar de los timbales ensordecedores de Santiago, oír buena música y tomarse un mojito.

Si vibrara con la desgarrada música ancestral de los pueblos originarios que habitaron en los alrededores, si le dolieran su aplastamiento y sangriento exterminio por parte de los colonizadores y, luego, en concierto de obuses y cañonazos bajo la República, en su primer Gobierno no habría puesto tan complejo asunto en manos del ministro Viera-Gallo, cuya labor consistió en algunos ejercicios de afinación sin presentar jamás un concierto coherente.

En su segundo Gobierno, la presencia de Bachelet casi se ha limitado a su viaje de ida y vuelta a un encuentro que se realizó en algún camarín detrás del escenario y a la celebración del We Tripantu mapuche, al son sincopado de las trutrucas, en el Patio de los Canelos de La Moneda hace pocos días.

Pero cuidado: en la mesa se vio junto a Fernández ‒¿cuándo no?‒ al cantante, guitarrista y bailarín Nicolás Eyzaguirre, aunque sentado, con la boca cerrada y sin su instrumento… por ahora. Peligro. Confiemos en que a la Presidenta no se le ocurra una vez más pasarle la guitarra a su músico regalón, el desafinador de las reformas de su Gobierno.

La anunciada mesa de diálogo sobre La Araucanía surge entre crecientes clarinadas de radicalización y estrépitos percutantes en la zona. El anterior ministro del Interior, Jorge Burgos, privilegió al respecto la melodía policial, tanto que el último Año Nuevo lo pasó cantando en una comisaría de La Araucanía. En Canadá, vanguardia en el reconocimiento de la identidad soberana de los pueblos originarios, los ministros de asuntos indígenas se alojan en las comunidades que visitan y cantan y bailan con sus habitantes. En Chile, no.

Aquí, a instancias de Burgos, la Presidenta sacó al intendente Huenchumilla, que remecía al país con su atronadora voz de barítono proponiendo una solución integral para un problema histórico que se arrastra desde hace varios siglos. Dispuesta a complacer a Burgos, la Presidenta puso de intendente a un señor que bailotea al son de las trompetas represivas que estigmatizan al pueblo-nación mapuche.

La llegada del ministro Mario Fernández ha traído un cambio de música. El nuevo ministro del Interior ha cantado varias arias dialogantes, al plantear, por ejemplo, la necesidad de comprender la realidad de los jóvenes encapuchados que, aunque minoritarios, terminan imponiendo su sonsonete destemplado en las manifestaciones.

Al instalar la mesa de diálogo sobre La Araucanía, Fernández, a diferencia de su antecesor, intenta remplazar los conciertos de cámara a puertas cerradas por una sinfonía polifónica, en la que participen a plena orquesta todos los intérpretes e instrumentos.

Eso significa que, tarde o temprano, han de sumarse con su melopea los duros de la CAM –la Coordinadora Arauco Malleco–, virtuosos de los arpegios molotov y el fraseo de perdigones e, incluso, los que bailan la zarabanda del incendio de iglesias.

Demasiadas frustraciones y rasgueos desafinados hubo en el pasado, por lo que es de esperar que gracias a la batuta de Fernández y bajo la cúpula de la Iglesia católica y, a pesar de las inmensas dificultades, este concierto llegue armónicamente a su término, sin tomatazos ni pataleo del público. Guardando las proporciones, en Colombia se ha demostrado que no puede existir una paz abarcadora y duradera si la partitura final no lleva la firma de todos los involucrados, especialmente los intérpretes de más altos decibeles.

Algún día ojalá ha de tocarse el último movimiento de esta sinfonía al ritmo del kultrún. Pero cuidado: en la mesa se vio junto a Fernández ‒¿cuándo no?‒ al cantante, guitarrista y bailarín Nicolás Eyzaguirre, aunque sentado, con la boca cerrada y sin su instrumento… por ahora. Peligro. Confiemos en que a la Presidenta no se le ocurra una vez más pasarle la guitarra a su músico regalón, el desafinador de las reformas de su Gobierno.

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