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El Servicio Electoral o cómo nuestro Estado se cae a pedazos

por 19 julio, 2016

El Servicio Electoral o cómo nuestro Estado se cae a pedazos
Es así como hoy el problema, por si ustedes no lo saben, es que Chile tiene un registro electoral en libros, las mesas son libros de registros empastados en papel. Decía Juan Ignacio García, el ex director del Servicio Electoral, que pasar de ese sistema –que había funcionado tan bien en el pasado– a uno en que no mandara el libro de registro de cada mesa, era muy complejo. En el 2012 no cambiaron nada. Siguieron con el concepto de los libros. Es por los libros que tenemos esta ensalada rusa de votantes en cada mesa. Cambió la tecnología, la globalización, la política, la economía, pero no el sistema de libros físicos del Servicio Electoral, diseñado para el registro de varones de la elección de 1925. ¡En 2012 no se les ocurrió nada mejor que “llenar” los libros!
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Es en la Constitución del 1925 que se origina la estructura del padrón electoral que Chile tiene hoy día. La división entre hombres y mujeres del padrón electoral tiene su origen en el hecho de que los hombres adquirieron el derecho efectivo del voto cerca de diez años antes que las mujeres. El primer padrón fue de solo varones hasta la elección municipal de 1935, donde se incorporan las mujeres por primera vez, adquiriendo parcialmente el derecho efectivo del voto. Esta incorporación desfasada del derecho a voto femenino origina la división de mesas de hombres y mujeres.

Cuando Pinochet, en los años 80, dicta la ley para producir un nuevo padrón electoral, toma la estructura existente, perdiendo una oportunidad histórica de iniciar un padrón moderno con hombres y mujeres en las mismas mesas.

Luego viene la reforma de 2012, cuando se pasa a voto voluntario y registro automático, perdiendo una segunda oportunidad histórica de rearmar el padrón para una sociedad moderna. Los legisladores pensaron solo en los réditos políticos de la nueva ley, sin pensar en el desarrollo del sistema político y los cambios institucionales y estructurales necesarios. Una visión muy miope del desarrollo político.

No solo no se moderniza su estructura sino que producen una ensalada rusa de registros, decidiendo “llenar “las mesas con los registros nuevos del sexo opuesto. Completan las mesas de hombres con mujeres y viceversa en el orden de los Rut de mayor a menor. Poca atención se le ha dado a esta problemática y sus consecuencias.

Nuestro libro Los dos Chile aborda el tema en profundidad, así como las consecuencias del voto voluntario. Si las mesas estuvieran bien estructuradas, las familias que viven en un mismo domicilio deberían votar en el mismo lugar, hombres, mujeres, viejos y jóvenes. Tal como está la cosa, el día de la elección es todo un tema la coordinación de traslados en una familia para llegar a todos los lugares de votación que tocan.

Por otra parte, se desaprovechó también la oportunidad de 1988, cuando el padrón fue en ese momento perfecto, no tenía muertos, y todos los inscritos tenían un domicilio en el lugar donde se habían registrado. La nueva democracia no gastó ningún recurso, ni económico ni político, en el desarrollo de su sistema y no produjo mecanismos de mantención, limpieza y administración del padrón electoral, perfeccionando los mecanismos de la vieja república.

El efecto de esa ausencia de política, de haber continuado con lo establecido parcialmente (esto, pues las leyes de Pinochet de los años 80 no remontan todo el sistema sino solo su estructura central, sin los mecanismos adicionales que tenía el registro al momento del golpe ) en la vieja república como piloto automático (que para la época era avanzado), nos lleva hoy a un padrón viejo, sucio, sin directrices sobre las direcciones que se registran y con incongruencias, además de un estancamiento en la logística de votación inadecuada para los tiempos modernos.

Tenemos la peor información de la historia con un padrón relativamente nuevo, en el momento en que hay, por primera vez desde la existencia de la república, un padrón con el 100% de los chilenos con derecho a voto. En otras palabras, en 2016 se llega al derecho efectivo que consignó la Constitución de 1925, dándoles derecho a voto a todos los chilenos (incluso a los que viven en el extranjero, que son los últimos en incorporarse), 90 años después, sin inversión a la altura de ese histórico hecho.

No sabemos el tamaño del desfase con la realidad de los 14.200.000 chilenos con derecho a voto que declara el Servel. Chile aparece con la mayor caída de la participación electoral de América Latina (35% en los últimos 20 años), a lo mejor debido a la falta de inversión en el padrón electoral. A lo mejor no es así, es solo un problema informático del Estado, que no sabe mucho de sus ciudadanos. Claramente el lobby del TVN es mil veces mejor que el del Servel, que no consigue aquello a pesar de ser central para la democracia.

Entre 1950 y 1973, la democracia chilena gastó recursos políticos y económicos en el desarrollo de su sistema electoral, que la llevaron a tener el orgullo y la admiración no solo de la región sino del mundo entero. Chile fue ejemplo de limpieza y pulcritud en el tema del proceso eleccionario, con un padrón conocido y perfeccionado con múltiples leyes, especialmente después que se instala el voto político de la mujer en los años 50 del siglo pasado. Al momento del Golpe de Estado, Chile tenía un sistema electoral al nivel de país desarrollado.

Hoy tenemos atrasos importantes y dejamos hace rato de ser modelo para alguien: en primer lugar, no hay institucionalmente una simbiosis entre el Servicio Electoral y Registro Civil, siendo que en los países que mejor han resuelto su sistema electoral, estas dos instituciones están alojadas en el mismo lugar y forman una sola base de datos integrada. La cédula de identidad es la cédula electoral que registra la dirección electoral real. Ella es la que manda en el Estado para las pensiones, para la salud, para los impuestos y, por último, también para el control de la identidad. Si el país no sabe dónde viven sus ciudadanos, mal puede encontrar a los delincuentes. De perogrullo. Mejorar la seguridad ciudadana implica también saber dónde vive cada cual.

El actual padrón electoral permite todo tipo de aberraciones. Así una comuna como Santiago tiene cerca de 100 mil inscritos más que los que viven en la comuna. Ergo, el cálculo de la participación electoral puede estar muy distorsionado en una comuna donde los que viven no votan ahí, y los que votan no viven ahí.

En el viejo padrón electoral de la primera república antes de Pinochet, en la mesa Número 1 de Santiago estaban inscritos los presidentes, los personeros más importantes de la política, ese era un Chile distinto, de 7 millones de habitantes y muy pocos adultos, con una población mayoritariamente joven. Hoy, la población alcanza ya cerca de 18 millones, con más adultos que jóvenes, aumentando los viejos a pasos agigantados, con 14 millones de votantes. Claramente, las reglas de entonces son inadecuadas para ahora, y mantenemos la misma estructura.

Pero a quién le interesa este tema árido, que no trae aplauso de nadie, que no se ve, que no tiene brillo. Yo diría a casi nadie. Cuando la política se hace solo para producir brillantes titulares, pasa lo que ha pasado en Chile: los temas institucionales del desarrollo sufren un “notable abandono” del Estado. Eso es lo que nos está pasando en tantas instituciones intermedias. Hemos creído que basta con internet, ignorando el desarrollo de las estructuras institucionales. Al mismo tiempo se inventan sistemas provisorios, como es no agrandar la planta, sino hacer crecer vía contratación por honorarios. Eso es pan para hoy y hambre para mañana.

Es así como hoy el problema, por si ustedes no lo saben, es que Chile tiene un registro electoral en libros, las mesas son libros de registros empastados en papel. Decía Juan Ignacio García, el ex director del Servicio Electoral, que pasar de ese sistema –que había funcionado tan bien en el pasado– a uno en que no mandara el libro de registro de cada mesa, era muy complejo. En el 2012 no cambiaron nada. Siguieron con el concepto de los libros. Es por los libros que tenemos esta ensalada rusa de votantes en cada mesa. Cambió la tecnología, la globalización, la política, la economía, pero no el sistema de libros físicos del Servicio Electoral, diseñado para el registro de varones de la elección de 1925. ¡En 2012 no se les ocurrió nada mejor que “llenar” los libros!

Hoy los votantes nuevos se inscriben por la dirección en el orden del Rut, mezclados hombres con mujeres en el orden de su inscripción del Rut en mesas nuevas. Es decir, en unas dos generaciones tendremos el padrón que nos merecemos, cuando mueran todos los viejos y se elimine la ensalada rusa que inventaron en 2012.

Un poco de tecnología, recursos políticos y económicos, podría poner a disposición de los chilenos un voto voluntario efectivo, no teórico, donde cada cual pueda votar a pocas cuadras de donde vive caminando al lugar de votación, en familia, sin tener que coordinar el transporte familiar y tomar turnos para ir a votar. Tampoco se debería necesitar ningún trámite, eso sería una inscripción automática real y efectiva. Lo que hay hoy es una simple inscripción “electrónica ficticia” que ha hecho el Estado, sin que el ciudadano sepa realmente que hizo el dicho Estado con su inscripción y por qué.

Es automática para el Estado, pero no para el ciudadano. ¿Les mandaron una notificación a todos los chilenos cuando realizaron la fusión de los registros para comunicar lo hecho? Seguro que algún “grupo o consejo” habría considerado eso como un acto innecesario, porque a lo mejor habría beneficiado al lado A o al lado B que le tocaba estar en el poder en ese momento. Comunicar de pronto se hace no necesario para lo más importante de la democracia. Se comunica cuanta cosa existe, menos eso.

Pero los temas no concluyen ahí, la ley dice que los libros, después que el Tribunal Calificador de Elecciones confirma el resultado de la elección, deben ser quemados. Es decir, Chile ha botado al incinerador el registro de sus elecciones, solo tiene (oficialmente) el registro de los resultados por mesa electoral (los que votan en cada libro/mesa). Una información irrecuperable. Por cierto, existe en los secretos conocidos de este país, no sé para cuántas elecciones, pero dicen que alguien ha pasado por encima de la ley (y diría con razón) para crear el registro, no oficial e ilegal, de algunas elecciones. Un botón de muestra de la idiotez política de la transición en esa materia.

¿La nueva ley tiene la derogación de la cláusula de quemar los libros? La última vez que conversé este tema con un ministro, el comentario fue el de siempre: “Muy importante, veré lo que se puede hacer”. Ni tampoco un cambio en la manera de registrar, ni tampoco una modernización del sistema de distribución de la votación el día de la elección. ¿Esos no son temas? No, parece, los temas que tratan las leyes son solo la corrupción, no el desarrollo institucional que se requiere para tener un sistema más abierto, más transparente, más moderno, una actualización más holística, que no apunte solo a las campañas electorales y su financiamiento.

A la política de los semáforos se le opone hoy la política de los lobbistas, que parecen ser las únicas dos que funcionan. Si no hay desarrollo para mejorar el bien común, sin incentivo monetario, sino por el bien común mismo, obvio que tiene que ganar la influencia del dinero, que parece ser la única que logra que se hagan cosas, aunque esas cosas no sean las que quiere la mayoría. Si la política no logra empezar a hacer que todas las cosas que hace el Estado sirvan a la mayoría, no podrá recuperar su legitimidad, empezando por las que no sacan titulares y dejan a su autor sin aplausos.

Últimamente, algún “genio” opinó y dijo que se podía dispersar más los locales de votación. ¡Eureka!, descubrieron América de nuevo. Felicitaciones. ¿Haremos esto a goteras? No, lo único que se menciona reiteradamente es el voto electrónico, como si eso fuera la panacea. El voto electrónico no soluciona ninguno de los problemas de registro y de padrón. Solo afecta el mecanismo del voto, escondiendo la verdadera modernización (de facto, si quisiera saber dónde viven los chilenos, las únicas instituciones que tienen certezas de domicilio son los bancos)

Si tuviera que invertir, invertiría en:

1. Un registro ciudadano donde el Estado exija una dirección válida para SII, Registro Civil, AFP/INP, Servel, Seguro de Cesantía, salud, educación, etc.

2. Reforma institucional que una servicios que dependen de esa información central que es el domicilio, al menos Servel y Registro civil.

3. Auditorías del padrón antes de cada elección presidencial, de tal manera de que cada chileno pueda votar donde vive de facto, con un sistema de posta restante (u otro) para los que quieren cambiar su domicilio electoral a otra comuna, sin que eso ensucie el padrón de los que viven en dicha comuna.

4. Dispersión de locales de votación: toda persona no debería tener que caminar más de algunas cuadras para llegar a votar, con la excepciones correspondientes.

5. Registro del voto individual en una base de datos que permita el conocimiento del comportamiento electoral que esté a disposición del público en general en forma de base de datos de libre acceso. Actualmente solo existe el registro por mesa (oficialmente, es decir, hay algunas elecciones en que es posible “conseguirse” el registro individual, lo que es totalmente ilegal, ya que la ley no permite conocer ese dato y obliga a destruirlo). Los invito a mirar los resultados electorales de decenas de países desarrollados, están todos en la web, al acceso de cada cual. Chile tiene solo por mesa, no por persona.

6. Padrón electoral disponible, como está ahora, a todo público.

Eso sería lo básico para empezar a conversar y subirnos al carro del desarrollo.

En eso vale la pena invertir recursos políticos y económicos. Se podría asegurar que con un sistema de esa naturaleza no solo recuperaríamos nuestro lugar en el mundo, sino también aumentaríamos la participación electoral por diseño y por aumento real (ya que más personas verían menos impedimentos reales para votar) y la imagen de la democracia.

Y, por cierto, para ello no se requiere ningún representante de ningún partido en el Servicio Electoral, sino simplemente profesionales especializados que conozcan lo que hay que hacer para el país, no para sacar más rédito político de una elección u otra. Sospecho que los partidos no confían en los profesionales del tema, justamente porque no pueden “controlar” sus decisiones, que serán con fines de bien público y no defendiendo los intereses A o B. Eso es lo que tiene a la política y su imagen en el lado oscuro de la luna.

Finalmente, cabe terminar diciendo que somos muchos los que llevamos décadas rogando, a los que han ocupado cargos públicos, que hagan algo al respecto. Pero parece que Chile funciona con la lógica con que se ponen los semáforos: cuando hay suficientes muertos en un cruce, entonces ponen un semáforo. En ese sentido, le damos la bienvenida a la crisis del Servel, que obligará a poner varios semáforos.

A la política de los semáforos se le opone hoy la política de los lobbistas, que parecen ser las únicas dos que funcionan. Si no hay desarrollo para mejorar el bien común, sin incentivo monetario, sino por el bien común mismo, obvio que tiene que ganar la influencia del dinero, que parece ser la única que logra que se hagan cosas, aunque esas cosas no sean las que quiere la mayoría. Si la política no logra empezar a hacer que todas las cosas que hace el Estado sirvan a la mayoría, no podrá recuperar su legitimidad, empezando por las que no sacan titulares y dejan a su autor sin aplausos.

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