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Aborto: la voz de Dios en tres actos

por 26 septiembre, 2016

Aborto: la voz de Dios en tres actos
El debate se ha configurado para la intimidación y como cobertura ante el pánico a la propia desnudez. Se acusa de ‘asesina’ no solo a la mujer que aborta sino a quien la apoye. En la criminalización se busca inhibir las opiniones contrarias, pero, sobre todo, esconder la naturaleza opresiva del paternalismo. Es en nombre de una religión del sacrificio ritual que se nos criminaliza; una que define a Dios como padre y al padre como aquel que detenta la exclusividad del derecho de muerte sobre el hijo.
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1.- El aborto de la razón

El debate sobre el aborto, el más apasionado de todos, está basado en falsificaciones y distorsiones que marcan el rostro de los antagonistas y llenan el espacio de un fuego irrespirable. Se discute sobre una vida que no alcanza a ser una vida humana, en nombre de un dudoso mandato divino y de una obediencia inexcusable.

La razón colapsa cuando hay madres, entre nosotros, que actúan como el brazo del padre y se hacen cargo, abnegadamente, de vendar los pies de sus hijas, de practicarles la infibulación, de esconderlas en la oscuridad de la burka y, en general, en nombre de la moral de mantenerlas sometidas al orden del padre. Esas madres incendiarias que criminalizan todo lo que tocan son las que participan del poder de representación usurpando doblemente a la ciudadanía y a la mujer. Hay que cuidarse de las mujeres en el poder porque suelen ser hombres de mano disfrazados para mantener la subordinación machista de la mujer.

El debate se ha configurado para la intimidación y como cobertura ante el pánico a la propia desnudez. Se acusa de ‘asesina’ no solo a la mujer que aborta sino a quien la apoye. En la criminalización se busca inhibir las opiniones contrarias, pero, sobre todo, esconder la naturaleza opresiva del paternalismo. Es en nombre de una religión del sacrificio ritual que se nos criminaliza; una que define a Dios como padre y al padre como aquel que detenta la exclusividad del derecho de muerte sobre el hijo.

Se discute como si el ejemplo de Jesús no debiera ser considerado en serio, ni el de los Abraham de todas las épocas. ¡Cuidado con entrometerse en los terrenos de la exclusividad interpretativa de los obispos! Se nos conmina a no hablar de las vidas de los hijos sacrificados a las glorias paternales del Estado. Se discute como si lo que aún no está vivo tuviera la facultad de borrar el derecho de lo que vive. El ‘como si’ y los derechos de la simulación están en el centro huidizo de este debate.

El aborto no es un arbitraje entre dos vidas de dignidad equivalente; es una opción entre lo que todavía no vive y lo vive de manera autónoma, tanto biológica como espiritualmente. Lo que todavía no vive y lo que ya no vive guardan la semejanza de una falta de vida. La confusión entre lo que podría vivir y lo que vive es insostenible moral y jurídicamente. Tal devaluación de la vida es incompatible con la humanidad.

Si el feto fuera una niña o un niño, los derechos de la infancia promovidos por la Unicef serían ficticios e inaplicables y nadie podría reclamar su cumplimiento. Si los niños fueran fetos, no tendrían voz, ni sufrirían problemas de discriminación porque no estarían expuestos a la vida en sociedad. Si niños y fetos fueran idénticas posiciones en la vida, no habría cómo decidir entre un niño nacido y un nonato en caso de incompatibilidades que afectaran su capacidad de vivir. No habría respeto posible a la opinión de los niños o, como sucede en tantas ocasiones, surgirían los infaltables ‘representantes’ que se apropiarían de la voz general de los niños para hacer inaudible la voz de cada uno en particular.

Cada sociedad elige los problemas que la convocan y los argumentos admisibles. Elige, por ejemplo,  subordinando el placer sexual pero no eliminándolo. Corriendo el riesgo de que el placer postergue el deber y alejándonos de un supuesto destino bíblico. Elige arrojando a las mujeres al trabajo, hasta que, finalmente, la mujer se hace elegir por la sociedad. En este punto, que es el primer paso hacia la fatalidad que resienten los moralistas, la sociedad elije incorporar a la mujer porque no puede seguir evitando los flujos dramáticos ocultos en el hogar.

El destino, el número y las condiciones de vida de la especie no son materia de una antropología de la proliferación y de la inercia sino de la contención y de la libertad. Eso quiere decir que no podemos ahorrarnos el debate sobre la vida y la justicia debida por la madre a los hermanos. Y salvo la mala fe, es mejor que aceptemos que entre la vida y la no vida, entre ser y no ser, hay un espacio en discordia, un limbo sobre el que no podemos simplemente dejar caer el cuchillo de la moral unicelular.

La moral biomecánica ignora la democracia y las zonas de indeterminación donde actúa la libertad. No me refiero a las zonas horarias en que la semilla se convierte en una planta sino a la zona de responsabilidad ética personal donde se encuentran la posibilidad de una vida futura y la realidad de la vida de una mujer.

2.- Volvernos hijos de nuestras hijas

Discutir sobre el aborto es discutir sobre la vida. El desafío es hacerlo no desde la generalidad de un concepto ni desde la uniformidad de una norma legal sino desde la particularidad de cada vida y de sus condiciones de posibilidad.

En el debate sobre el aborto está en juego la vida en común y, por lo tanto, está en juego el sexo de las instituciones. Es necesario hablar del machismo del Estado. Me doy cuenta, escribiendo, que lo que está en vilo, más allá del derecho a la vida de cada mujer, es el papel del padre en la escena. En el momento en que uno se aproxima a la hija desde la compasión, el juicio determinante del padre pierde sus derechos y se transforma.

Este Dios carnal y vigilante representa una forma de organizarse en sociedad que se apropia de la de la voluntad colectiva para restringir los devaneos de las libertades particulares. No importa sobre qué se legisle ni importan los contenidos de la legislación, a condición de que ella pueda ser administrada en el Nombre del Padre.

El desafío humano y político que enfrentamos es pasar del padre dispensador de prohibiciones y castigos al padre que acoge, acompaña, que tal vez aconseja y se retira permaneciendo disponible. Ese padre que a uno le gustaría llegar a ser, no renuncia a la autoridad sino que la redefine. Más bien la ofrece que la impone. No se resta ni se sustrae a sus responsabilidades, pero está consciente de que no puede ni debe subordinar otras vidas a la suya. Reconoce su situación real de incompetencia y deja de reconocerse en el espejo horrible del Estado. Es primera vez en la historia que la velocidad de los cambios tecnológicos se encabalga sobre el relevo generacional y nos convierte en discípulos de nuestros hijos.

3. Utopía

El mundo en que la prohibición legal del aborto se habrá vuelto superflua, es el mismo mundo en el que estamos actualmente, pero después de habernos hecho cargo de la responsabilidad política que tenemos hacia nuestras hijas.

El mundo sin abortos es, paradójicamente, uno en el que las madres tienen a su disposición los medios para controlar sus embarazos sin que sus vidas se desmoronen. Es un mundo hospitalario, que las acoge y no las expulsa, que las provee de seguridad y no las reprime. La falta de compasión que nuestra sociedad tiene con las mujeres es tal, que en la ley que tenemos las mujeres existen solo como vientres forzados.

Dios nos habla cada día, opinando en la prensa, en las escuelas, las iglesias y en algunas reuniones de familia. Tenemos su voz interiorizada en la palabra de los maestros y los sacerdotes, en la voz de las madres centroafricanas y en el asentimiento silencioso de los padres que vigilan el sueño de sus pueblos. Desde el mismo comienzo conjunto de Dios y del hombre, la opinión de Dios sobre los asuntos humanos ha ido adaptándose y evolucionando con nosotros según los devenires del libre albedrío. Esa libertad para el error y para el mal (San Agustín) es la que está en cuestión cada vez que el Padre decide encarnarse en el Estado.

El Dios terrible de los primeros relatos se ha vuelto más dulce con el tiempo. Las menciones bíblicas al aborto son escasas y se relacionan más bien con el motivo económico-moral del desperdicio de la semilla. Quizá esta falta de desarrollo se puede entender por el hecho de que la Biblia es una manifestación de la palabra del Padre dirigida a los padres de las tribus humanas. Una conversación de Padre a padre que, si no es entre iguales, se desarrolla entre pastores que han asumido la misma carga de las responsabilidades paternales sobre el rebaño.

En el derecho romano, más pragmático y menos embarazado de justificaciones sagradas, el padre era la encarnación de la voluntad de los dioses y tenía absoluta autoridad sobre sus hijos. No solo podía destruir al embrión en el vientre de la madre sino también matar al niño recién nacido si este no era de su agrado. De igual manera, para los griegos todos los individuos estaban subordinados al bienestar de la sociedad, por lo que se aceptaba legalmente el aborto y el infanticidio como métodos para regular la población y celebrar a los Dioses patriarcales.

Solo se puede entender la obsesión por la obediencia y la reverencia que emana del Señor cuando entendemos que su figura es una extensión de la autoidealización del padre. La pregunta fundadora de Abraham: "¿Quién es ese Dios ante el cual merece la pena inclinarse?", está respondida en que Dios es el Padre, en lo más puro y rotundo de su autoridad. Un rabino posterior, en el Talmud, afirmaba: "Si Dios Padre existe, yo soy Dios".

Si el aborto no es mencionado en la Biblia es porque, como derecho del padre, no constituye un problema. El problema del aborto no es la interrupción del embarazo sino el valor de la mujer en lo más sensible del derecho político. Por eso, porque la mujer es nueva en la historia, el aborto es un problema nuevo en la sociedad.

Sin embargo, Dios se ha sentido llamado en ocasiones a referirse al tema, a sus bordes o a sus contextos.

Éxodo 21:22-23. “Si algunos hirieran a una mujer embarazada y ésta abortara, pero sin haber muerte, serán penados conforme a lo que les impusiere el marido de la mujer y juzgaren los jueces. Mas si hubiere muerte, entonces pagará vida por vida.”

La única vida en este relato es la de la mujer; el resto es un daño patrimonial causado al marido. El aborto no implica muerte, pero sí una deuda contraída, no con la mujer sino con el marido, propietario del bien dañado.

Más adelante, Juan 6:63 hace decir a Jesús que “esta vida no es en principio la vida física o de la carne sino la que da el espíritu: el espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida”.

Cuerpo y alma, era la definición de la teología cristiana para la persona humana. De modo que es esta concepción de lo sagrado, precisamente en esa separación, la que niega la pertinencia de la biología en el despertar de una vida. ¿Cómo ha llegado la Iglesia a una definición materialista de la vida? Al parecer, perseverando en lo esencial: el amor reverencial al Padre y su derecho a decidir en exclusiva sobre las jerarquías entre las vidas, y sobre la reproducción de su rebaño.

Este Dios carnal y vigilante representa una forma de organizarse en sociedad que se apropia de la de la voluntad colectiva para restringir los devaneos de las libertades particulares. No importa sobre qué se legisle ni importan los contenidos de la legislación, a condición de que ella pueda ser administrada en el Nombre del Padre.

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