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PS: el socialismo afásico

por 28 septiembre, 2016

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El fantasma de Salvador Allende “irrumpe” de vez en cuando como un espíritu atormentado –ultrajado en su memoria–, que se sabe envilecido por los actuales barones de la calle París. De lejos el ex mandatario intuye que es frecuentado con distancia oportunista. Por ello a veces visita la sede del Partido Socialista y retorna espectralmente a París 873. Y de noche, muy de noche, en el desvelo, en la vigilia, en el crujir de alguna madera, deja sentir su malestar con una dinastía atrofiada que ha perdido toda mística, todo hálito de pasión del proyecto fundacional –y se ha entregado, sin escrúpulos, a una gestión conservadora de la política–.

Esto lo podemos ilustrar cuando, en el marco de las pasadas elecciones del PS, se insistía en captar la simpatía de sus bases militantes invocando ladinamente el imaginario político de un Presidente mártir. Allende se transforma en un “comodín”, un recurso –so pretexto– del eco-socialismo; un dato administrable dentro de la disputa electoral cuando cada candidato se arroga un texto vinculado a la fidelidad de su testamento, a su verdadera “herencia”.

¿Qué nos indica este hecho político? ¿Hay Allende a través de Isabel Allende? O, más bien, ¿hay Allende sin Allende? La actual coyuntura de los actores del Partido Socialista requiere, en ciertas circunstancias, de la “reserva ética” de un “pasado mitificado” que redima temporalmente el exacerbado “conflicto de intereses”. El Partido Socialista –ceñido a la modernización de los 80– opera como el Partido del orden. Muy atrás quedó esta tradición de personajes de la talla de Carlos Lorca que, sin miramiento de pasiones, y más allá del juicio histórico, abrazaron la “causa” popular.

La renovación que se inició en Berlín en 1979 por Jorge Arrate y el mismísimo Carlos Altamirano entró en la “deriva neoliberal” e hizo de aprendiz de bruja. Si bien, se hizo un esfuerzo por repensar las relaciones entre socialismo y democracia, no tuvo lugar una reflexión entre socialismo y mercado. A decir verdad, sirviéndonos  del “comodín” que nos da el tiempo, el PS chileno pocos días después de 1973 canceló todo horizonte emancipatorio: la “sala de parto” de la transición chilena –política de los consensos- hay que rastrearla en los años del plomo; la década de los 70’.

Ahora Allende, “él mártir”, es la excusa temporaria –¡los ritos de septiembre!– para maquillar una dinastía de embriagados dirigentes que se inclinan ante la boutique de los bienes y servicios –cuando precisamente dicen hacer lo contrario: Solari y su peregrinaje por los directorios públicos, Escalona y la doctrina de las mayorías institucionales, Andrade y la comedia bufa del salario mínimo, Marcelo Schilling y su obsesión por defender  la Oficina y otros tantos personajes ubicuos-elitizados– que forman parte de una sociedad concebida desde una “sobredosis de realismo”. Para muestra un botón: ya en el lejano 1993, Enrique Correa comenzaba a asesorar a Julio Ponce Lerou.

No hay opción. El espectro de Allende pulula y parpadea abrumado por las veredas de piedra de la calle París, cada vez que sus “barones” requieren apelar al relato emotivo de un pasado “glorioso” para manipular la simbolicidad de los vencidos. El partido que dirige Isabel sabe que, de vez en cuando, hay que utilizar, administrar y usufructuar al máximo de la memoria embalsamada de líder de la izquierda chilena.

Pero ahí está el Dr. Allende, infranqueable ante los actuales secuestros de la afasia socialista. Insobornable antes las redescripciones de un aggiornado Partido del orden (PS) signado por los gravámenes de la gobernabilidad. En su discurso en el Estadio Nacional, Allende Gossens sigue prendado de la transformación social y les habla a los jóvenes, a los pobladores, a las clases medias, sobre el compromiso social.

Pero ahí está el Dr. Allende, infranqueable ante los actuales secuestros de la afasia socialista. Insobornable antes las redescripciones de un aggiornado Partido del orden (PS) signado por los gravámenes de la gobernabilidad. En su discurso en el Estadio Nacional, Allende Gossens sigue prendado de la transformación social y les habla a los jóvenes, a los pobladores, a las clases medias, sobre el compromiso social.

De otro modo, se mantiene como una figura que no conoce la ausencia, sino la presencia omnipresente para asediar –algo abrumado–, a la manera de una “pantalla moral”, los guiones oportunistas del campo socialista.

Como bien sabemos, su vida, cual la de muchos dirigentes políticos, estuvo llena de abismantes contrastes, sus fricciones con la masonería a fines de los años 60, las tensiones entre la institucionalidad y el polo deliberativo. Los Elenos, el MIR, la cubanización, las piochas republicanas. Sin embargo, legó rituales que durante las últimas dos décadas han sido extraviados y transmutados de mil maneras por las elites conservadoras del PS. Más allá del juicio de valor, atrás quedó la sensibilidad humanista, el compromiso y la pasión por la trasformación social.

Ahora, aquel horizonte emancipatorio es leído por la cúpula del PS como los “pecados de juventud”. Para Carlos Ominami, cual dueño de la sensatez, fueron los errores de un ¡corazón imprudente! E incluso, Allende –la Presidenta– parece tener extraviado este código identitario, que ni los certificados que honrosamente ameritan su vínculo congénito la exculpan del crudo desdibujamiento identitario que padece el partido que dirige.

La presidenta del Senado, a poco andar, sostuvo que la gratuidad en educación superior era una aspiración ética, más que una política que se pueda implementar en el corto plazo. El realismo reverbera y la parodia kitsch no se deja esperar. En la calle París los socialistas de turno no hacen más que cultivar sagazmente la pragmática de la Nueva Mayoría: ¿socialismo neoliberal? ¿Izquierda neoliberal? A decir verdad, hay una sobreabundancia de adjetivos, dada la hibridez del conglomerado.

La cúpula socialista trata de exorcizar sus culpas, de hacer catarsis, y se esmera en dibujar un Presidente maduro, responsable ante los nuevos tiempos, mesurado, funcional, entronizado con el realismo de la época, “parasitando” de su impronta republicana y de su esencia asentada en el respeto al Estado de derecho, para justificar un presente envilecido.

De allí deriva una funesta extrapolación donde el líder de la izquierda respetaría cabalmente la institucionalidad de turno: una Constitución –firmada por Lagos, ¡nuestro Menem!– que finalmente fue heredada de la modernización de los años 80. Peo no basta con tal mistificación: adicionalmente, tal descripción, recorta la promesa de una democracia radical que caracterizaba al líder de la izquierda. La construcción de esta imagen ficcional, casi bufonesca, las diversas cirugías de sus restos, las operaciones filmográficas que sobreabundan en mostrarnos a un hombre bueno y cotidiano, coadyuvan en la justificación de la elite socialista para justificar un fervor realista ante las urgencias contigenciales y afanar un nudo ciego entre decisión política y tradición republicana.

En esta línea, Camilo Escalona, Osvaldo Andrade, Isabel Allende y Gonzalo Martner, caen –cual más, cual menos– bajo este repudiable recurso que solo ayuda a desperfilar la identidad del Partido del orden. Quizás ahora más que nunca hay que hablar de Allende, e incluso a Allende y con él, desde el momento en que ninguna ética, ninguna política emancipatoria o no, parece posible, ni pensable, ni justa.

Pero es tarde. Aquel Allende del discurso en el Estadio Nacional es solo una “leyenda organizacional” –el coffee break luego de la liturgia– en la agenda modernizadora del PS. Y no es el Allende de la ex “presidenta del Senado” ni de los “posibles candidatos” que inscriben al socialismo chileno como un “Partido del orden” que honra el pacto transicional y olvida alevosamente todas sus raíces populares. Por fin, respecto a la dirigencia socialista: ¡dejad que los muertos entierren a sus muertos!

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