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Ni en polvo te convertirás

por 29 octubre, 2016

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“Memento homo, quia pulvis es, et in pulverem revertis” (Recuerda, hombre, que polvo eres y en polvo te convertirás) rezaba el precepto católico. Sorprendió a los fieles al cristianismo vaticano la decisión de esta semana firmada por el papa Francisco de pontificar acerca de la cremación de cadáveres. Hasta ahora los encargados de la fe habían fustigado los ritos en torno a la cremación, más no ella de por sí: “La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo, no prohíbe la cremación, a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana” (Código de Derecho Canónico, canon 1176-3) lo que parecía lógico porque, al final, lo que queda es polvo tal como indicaba la autoridad eclesiástica.

Lo extraño es que en el documento de este octubre de 2016 “Ad resurgendum cum Christo” acerca de la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación, elaborado por el Vaticano (específicamente, la Congregación para la Doctrina de la Fe) se prohíbe algunas prácticas ampliamente difundidas en la actualidad entre los católicos como la conservación de las cenizas en el hogar, esparcir las cenizas del difunto en el mar o usarlas para confeccionar recuerdos.

Como sea, cabe pensar que si mañana hay un incendio o si en un cementerio –como ha pasado tantas veces- se levanta un espectacular complejo habitacional esas cenizas se esparcirán entre excavadoras, basuras y escombros lo cual perjudicará a aquellos que fueron sepultados  “como Dios manda” a la espera de una reencarnación póstuma, quizás lejana pero indefectible. En cambio, las iglesias serán reservorios privilegiados de restos que ya no necesitan ser sepultados pero sí “encajonados” en pequeños cubitos que la Iglesia supervisará para que se reconviertan en algún futuro.

Sin embargo, hay que depositarlas en lugares adecuados (entiéndase cementerios ojalá católicos o en las propias iglesias) “para evitar cualquier malentendido panteísta, naturalista o nihilista, no es permitida la dispersión de las cenizas en el aire, en la tierra o en el agua”, sentencia el documento vaticano. Algunos paganos mal pensados han calculado que en la mayoría de las iglesias católicas, apostólicas y romanas del planeta hay espacio suficiente para algunos cientos o miles de pequeños sarcófagos. El espacio que ocupan los cadáveres incinerados es suficientemente pequeño como para, mediando módicas cuotas, sean mantenidos con pulcritud y, sobre todo, cerca de los lugares destinados a la oración. Negocio redondo comentaba un agnóstico… ¡Para más remate economista!

Se hace más difícil con esta resolución entender la relación entre las cenizas y la inmortalidad del alma que, se decía, era lo único que subsistía contra toda fuerza de la naturaleza. Ahora incluso partículas químicamente minimizadas pueden ser motivo de sacralización lo cual parece contradecir las definiciones anteriores.  Como sea, cabe pensar que si mañana hay un incendio o si en un cementerio –como ha pasado tantas veces- se levanta un espectacular complejo habitacional esas cenizas se esparcirán entre excavadoras, basuras y escombros lo cual perjudicará a aquellos que fueron sepultados  “como Dios manda” a la espera de una reencarnación póstuma, quizás lejana pero indefectible. En cambio, las iglesias serán reservorios privilegiados de restos que ya no necesitan ser sepultados pero sí “encajonados” en pequeños cubitos que la Iglesia supervisará para que se reconviertan en algún futuro.

Cuesta entender qué paganismo podría desarrollarse a partir de un puñado de cenizas arrojados al mar pero, en cambio, la idea de guardar cadáveres en las iglesias es menos original.   Casi todos los monarcas y grandes señores de la Edad Media eran enterrados en las catedrales más importantes de sus dominios a fin de que el entorno clerical asegurase incluso privilegios a la hora del juicio final puesto que esos restos están especialmente bien cuidados. Tal decisión no era completamente altruista para la Iglesia. Cuidar a los muertos era un sacrificio que bien merecía algunas prebendas que se expresaban, tanto en vida como en las herencias. Quizás en esto pensaba el Papa Francisco al hacer las pequeñas precisiones a cómo guardar los sarcófagos con cenizas en el siglo XXI. Finalmente, es un modelo de negocios como cualquier otro para aproximar a los fieles a una iglesia en algunos lugares muy desprestigiada por asuntos como, por ejemplo, pedofilia.

 

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