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Sharp, Valparaíso y el desconcierto de la élite santiaguina

por 30 octubre, 2016

En general, los análisis sobre el triunfo de Sharp y del Movimiento Valparaíso Ciudadano que lo sustenta, no han tomado nota, siquiera, de cómo se configuró el conglomerado de fuerzas sociales y políticas porteñas que construyó una sólida mayoría ciudadana, y de cómo ese conglomerado obtuvo una representación mayoritaria de 54%. Más bien, los analistas se han preocupado de discutir, sin mayor profundidad, si la experiencia de Valparaíso es reproducible en el resto del país. El temor sobre el surgimiento de un símil del “Podemos” español es más que evidente.
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El triunfo de Jorge Sharp en las elecciones municipales de Valparaíso es, probablemente, uno de los aspectos de mayor relevancia de la reciente jornada electoral, no sólo por la magnitud del respaldo ciudadano obtenido (54%), muy por encima de la participación alcanzada por los representantes de la Nueva Mayoría (22%) y de Chile Vamos (22%), sino por su significado en una ciudad que tradicionalmente ha sido el coto de caza de los partidos políticos tradicionales más conservadores.

El triunfo de Jorge Sharp es la expresión del aburrimiento de una mayoría nacional cansada de una clase política divorciada de la ciudadanía e involucrada en actos de corrupción, de fraudes al fisco y de servilismo ante los poderes económicos que se coluden para apropiarse de una creciente mayor tajada de la riqueza nacional.

Ello ha tomado por sorpresa a la élite santiaguina (dirigentes políticos y analistas) y a los medios de comunicación que amplifican su desconcierto, que en la mayoría de los casos acotaron la contienda electoral al enfrentamiento entre un alcalde UDI en funciones, sin mayor formación profesional, desgastado por una muy mala gestión e inoperante frente a los grandes problemas de Valparaíso, por un lado, y el candidato de la Nueva Mayoría, por el otro, un músico surgido de la farándula, que con dificultades logró acreditar sus estudios de enseñanza media y que no se arrugó en reconocer que en Suecia, país donde antes residió, demoraba no más de un minuto en abrir un automóvil que no le pertenecía.

La élite santiaguina ha mostrado serias dificultades para entender qué pasó en Valparaíso el 23 de octubre, buscando la explicación en las supuestas “redes de apoyo” de Sharp por parte de algunos líderes de opinión, como el periodista Cristián Warnken, la concejala y ex ministra Paula Quintana —que renunció al PS para apoyar a Sharp—, o el rector de la Universidad de Valparaíso, Aldo Valle, además de los diputados Gabriel Boric y Giorgio Jackson, reiterando con ello un enfoque que se centra en otros miembros de la élite para interpretar los fenómenos sociales y políticos que escapan a su comprensión.

En general, los análisis sobre el triunfo de Sharp y del Movimiento Valparaíso Ciudadano que lo sustenta, no han tomado nota, siquiera, de cómo se configuró el conglomerado de fuerzas sociales y políticas porteñas que construyó una sólida mayoría ciudadana, y de cómo ese conglomerado obtuvo una representación mayoritaria de 54%. Más bien, los analistas se han preocupado de discutir, sin mayor profundidad, si la experiencia de Valparaíso es reproducible en el resto del país. El temor sobre el surgimiento de un símil del “Podemos” español es más que evidente.

Ha de entenderse, sin embargo, que el triunfo de Jorge Sharp es la respuesta de los porteños al desencanto, al abandono de la ciudad y sus habitantes, a la ineficiencia de las que han hecho gala las administraciones municipales a lo largo de décadas, lo que ha llevado a Valparaíso a un estado de postración, deterioro progresivo y pobreza creciente. Es la respuesta ciudadana a una recurrente administración permeada por la presión de empresas inmobiliarias y de proyectos de expansión portuaria, que compromete seriamente los intereses de sus habitantes y su entorno, así como a la riqueza histórica cultural de la ciudad.

El triunfo de Jorge Sharp es también la respuesta ciudadana a la crisis política instalada en nuestro país en todos los niveles de la administración del Estado, a la pérdida de credibilidad en los políticos tradicionales y en sus partidos y, a la falta de control ciudadano sobre la gestión política y de la ausencia de mecanismos de participación ciudadana en las grandes decisiones. Es asimismo el rechazo a las decisiones centralistas de la élite santiaguina de imponer candidatos de farándula con escasas aptitudes para gobernar una ciudad con tantas carencias y dificultades, o comprometidos con los intereses de quienes han exprimido las ventajas comparativas de la ciudad para su exclusivo lucro personal.

Con seguridad, los altos niveles de abstención alcanzados progresivamente en las últimas elecciones denotan, en todo el país, también este desencanto y aburrimiento de la ciudadanía con políticos, a los que ya no se les cree y en los que dejaron de confiar, pero lo novedoso de las elecciones en Valparaíso es el hecho que parte importante de los ciudadanos hastiados con la corrupción, de las conductas fraudulentas y de servilismo ante los poderes fácticos del gran empresariado, tradujeron este hastío y cansancio en una actitud de cambio de escenario y de actores, a diferencia de lo ocurrido en gran parte del resto del país, donde ese hastío y cansancio se manifiesta únicamente en la renuncia a ejercer el derecho cívico de elegir a las autoridades comunales.

Esta diferenciación se explica, sin duda, por la afluencia de varios factores. En primer lugar, en Valparaíso existe un movimiento estudiantil fuerte, vigoroso, entusiasta y convencido de impulsar un proceso de cambios en la ciudad, y en el país, que se corresponde con la existencia de una industria educacional formada por un importante número de universidades públicas y privadas, y una amplia población estudiantil y académica perteneciente a la educación superior. En segundo lugar, en Valparaíso existe una masa crítica de intelectuales de diverso orden (escritores, pintores, arquitectos, abogados, médicos, sociólogos, ingenieros, sicólogos y urbanistas, entre otros), de dilatada trayectoria profesional y prestigio, que agrupados en el Pacto Urbano La Matriz, han liderado en los últimos años las principales demandas ciudadanas en contra de decisiones inconsultas de las autoridades políticas, muchas de ellas impuestas desde el poder central. En tercer lugar, la participación activa conjunta de dos de los dirigentes políticos mejor evaluados a nivel nacional, Gabriel Boric y Giorgio Jackson, en representación de las fuerzas políticas no comprometidas con el desgaste de los partidos tradicionales o vinculadas al gobierno. Y en cuarto lugar, el empoderamiento ciudadano decidido en noviembre del 2015 no solo significó iniciar un proceso conducente a designar un candidato representativo de la visión crítica de la ciudad sostenida por los diversos grupos y organizaciones que confluyeron en la formación del Movimiento Valparaíso Ciudadano, sino además, la construcción de un Programa de Gobierno Municipal que diera cuenta de los principales problemas que aquejan a Valparaíso y que propusiera soluciones realistas y posibles, proponiéndose a la ciudadanía una hoja de ruta clara y precisa respecto del quehacer municipal en los próximos años y estableciendo los mecanismos a través de los cuales los ciudadanos pueden participar en la definición de las tareas concretas que están involucradas en la ejecución del programa propuesto.

Es la confluencia de estos cuatro factores (en general, presentes en las diversas experiencias exitosas en la historia política del país) la que explica por qué en Valparaíso se produjo lo que se produjo, y no así en otras ciudades del país, en circunstancias que la crisis política y la pérdida de credibilidad de la clase política influyen por igual, grosso modo, en todas las ciudades y comunas del país.

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