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En busca del mundo DC: ¿Empezar de nuevo?

por 15 enero, 2017

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Como antiguo militante de la DC hasta hace un tiempo atrás, en la convicción de que el deterioro de la política -que la ha alejado del mundo ciudadano- está relacionada con una profunda crisis cultural que afecta a Chile y a otras latitudes, me he permitido escribir, no desde una ingenuidad idealista o nostálgica, sino que desde una perspectiva de esperanza crítica y constructiva, las siguientes reflexiones:

¡Cómo no recordar! -a propósito del proceso que vive y está viviendo la DC-, la conmovedora canción de María Magdalena y Pedro en “Jesucristo Súper Estrella”: Could we start again, please…? ¿Podríamos empezar de nuevo, por favor….?

Porque, ¿podría la DC recuperar aquel mundo cultural que algún día la acompañó, a aquellos que sin ser militantes le dieron su confianza, a ese millón o más de votos que ha perdido en las últimas décadas? ¿Es ya demasiado tarde para reencontrarse con aquel mundo? Tal vez la junta de fines enero del 2017 sea una de las últimas ocasiones para que lo intente, al menos, como dice el canto, para empezar de nuevo…

¿Cómo se explica la declinación de la DC? Casi un año atrás en una excelente columna en El Mostrador, Nicolás Mena, rebatiendo a Genaro Arriagada que culpaba a la DC de izquierdización, afirmaba que “el problema de la DC ha estado en la propia DC…

¿Qué diferencias existen entre la DC de antaño, aquella que congregaba a miles de adherentes, sobre todo jóvenes, plenos de idealismo, mística, incluso romanticismo, dispuestos a trabajar solidaria y fraternalmente por una causa común, con la DC de ahora, incapaz de convocarlos?

Es evidente que se trata de tiempos distintos; la realidad y las personas han cambiado. La revolución informática, la vertiginosa movilidad social y económica y, muy especialmente, el endiosamiento del dinero, han transformado radicalmente la mente y el corazón humanos, gestando seres de acendrado individualismo, indiferentes a la vida comunitaria y a la suerte de los otros.

En dicho contexto, ¿serían posibles en el Chile de hoy, -para mencionar a los más destacados-, estadistas del calibre cultural y moral de un Bernardo Leighton, un Eduardo Frei Montalva, un Jaime Castillo, un Radomiro Tomic? ¿Ha sido Patricio Aylwin la última de aquellas notables figuras de la DC que soñaban con una sociedad comunitaria, más humana?

Tal vez las características más remarcables en ellos que, -asimismo, existían en líderes de otras tendencias-, eran la estatura de Hombres de Estado, que transmitían confianza y credibilidad por sus valores republicanos, por anteponer el bien común por sobre cualquier interés particular o partidista. La sencillez, la humildad, la austeridad, el privilegiar lo espiritual por sobre las cosas materiales, la opción preferencial por los pobres, constituyeron una impronta común en todos ellos. Se trataba de personalidades que planteaban un sueño país, con un profundo sentido patriótico, que le hablaban a la ciudadanía más que a sus propios partidos. Se podría discrepar de ellos, pero nunca nadie los acusó de enriquecerse a costa del servicio público ni de privilegiar objetivos que no fueran la grandeza de la nación.

Sabemos que al esfumarse aquel noble espíritu republicano, producto de la corrupción dinero-política, se ha herido el alma de la nación y desacreditado el espectro partidista, sin excepción, originándose una honda desafección ciudadana hacia la política.

En relación a la DC, ¿dónde ha emigrado ese millón de votos? Es probable que un porcentaje forme parte del 65% de personas que, decepcionadas y desencantadas, engrosamos la abstención. También es posible que algunos se hayan alejado por no estar de acuerdo con la actual política de alianzas, otros por considerarla una entidad demasiado conservadora y no pocos por sus ambigüedades y titubeos. Pero sobre todo, pienso yo, por haber abandonado sus grandes ideales y caer en un pragmatismo del poder por el poder.

El evento de fines de enero, en el que la DC discutirá su estrategia presidencial, podría ser la ocasión para que iniciara una reapertura hacia el mundo ciudadano y, a través de un proceso público, expusiera abiertamente las diferentes posiciones que existen en su interior. El gran riesgo de la DC es no hacerlo, persistiendo así en una espiral de alejamiento del universo que algún día le dio su apoyo.

Concretamente, estimo que hay al menos dos obstáculos que impedirían a la DC reencontrarse con su antiguo mundo cultural.

Primero, que los debates y decisiones se realicen y adopten entre cuatro paredes, sin participación y a espaldas de la ciudadanía. Porque, ¿es representativa la junta de aquel vasto mundo cultural? ¿O es que se le teme a la ciudadanía, como emana de los argumentos del antes mencionado Genaro Arriagada quien, en una reciente columna de prensa, se opone a primarias abiertas ya que la ciudadanía podría “expresar su malestar”….?

Segundo, el descrédito de la política, que se ha traducido en que el ciudadano común se resiste actualmente a militar en partidos.

Ante estos dos obstáculos, desde fuera de la DC, modestamente, me permito opinar que cabrían las siguientes determinaciones para reconquistar a ese mundo perdido y/o temido:

Primero, que quienes representan diferentes visiones las barajen no sólo en la junta de enero, sino que, a partir de esa fecha, en un proceso a lo largo del país; única posibilidad de reconectar a la DC con el mundo ciudadano y forjar un liderazgo competitivo. Concretamente, constituiría un remezón político que, por ejemplo, Carolina Goic, con el renovado aliento de esperanza que su elección ha traído, Mariana Aylwin, con la tradición que su nombre representa, Francisco Huenchumilla, con su liderazgo regional y de alcance nacional, Ricardo Hormazábal, con su inalterable vocación popular u otros, debatieran públicamente sus propuestas, en un clima de sincera fraternidad y franca unidad y que, en una consulta abierta a la ciudadanía, se eligiese al candidato DC a las elecciones presidenciales. Dependiendo del impacto que este proceso pudiese generar en la ciudadanía, la DC podría optar por postular a dicho candidato a las primarias de julio o directamente a primera vuelta.

Segundo, que, frente a la desafección por la política partidista, se analizara la factibilidad de rehacer el mundo cultural DC en torno a una especie de federación o confederación social cristiana, que reagrupara un amplio espectro de visiones, fundadas todas en los principios del humanismo integral de Maritain, esto es, una concepción del hombre y del universo que conciba a la persona no sólo como un sujeto corporal sino dotado de alma, y en la cual la sociedad ha de poseer un carácter comunitario, donde valores y virtudes sean más trascendentes que las cosas materiales.

Porque cuidado, la crisis que enfrenta el país no sólo se reduce a los partidos y actores políticos, es cultural y ética, afectando a las ideologías y a las personas comunes y silvestres.

Afecta a las ideologías, desde el momento en que los socialismos históricos sucumbieron ante la ineficacia de conjugar igualdad, bienestar y libertad y al neoliberalismo, -crecientemente rechazado a lo largo del planeta-, por su ahínco monetarista, mercantilista y consumista y la correspondiente secuela de abusos e inequidades, que han destruido persistentemente los sentimientos más altruistas y humanitarios de las personas, como la fraternidad y la solidaridad.

El descarnado materialismo practicado o aceptado por éstas y otras ideologías ha creado, como antes se señaló, un prototipo de personas extremadamente individualistas, egoístas y soberbias, en un ambiente generalizado de abusos, agresividad y descalificaciones que han empañado la convivencia armónica y la amistad cívica poniendo en riesgo la solidez democrática.

En relación a la DC, ¿dónde ha emigrado ese millón de votos? Es probable que un porcentaje forme parte del 65% de personas que, decepcionadas y desencantadas, engrosamos la abstención. También es posible que algunos se hayan alejado por no estar de acuerdo con la actual política de alianzas, otros por considerarla una entidad demasiado conservadora y no pocos por sus ambigüedades y titubeos. Pero sobre todo, pienso yo, por haber abandonado sus grandes ideales y caer en un pragmatismo del poder por el poder.

Por consiguiente, frente a esta crisis y para recuperar a ese mundo abandonado, a la DC le es urgente y crucial reconfirmar, ratificar y pregonar su Doctrina, una Visión País, una concepción del hombre, la sociedad y el universo, fundados en aquel humanismo integral –no materialista-, que testimoniaron, enseñaron y legaron sus figuras históricas. De no hacerlo, tendrá que asumir el riesgo de ser rotulada como una entidad de operadores políticos, administradora de cargos públicos, de espaldas a la ciudadanía y a su antiguo mundo cultural.

Es obvio que todo lo anteriormente expresado no se contradice con la necesidad de un programa de gobierno realista, en que deba sustentarse una alianza de gobierno y en el cual se indiquen con meridiana claridad iniciativas relativas a los sensibles hitos pendientes: educación, salud, seguridad social, infancia desvalida, regionalización, criminalidad, abusos empresariales, desigualdades, nueva constitución, etc. Ernesto Moreno en un reciente artículo en este medio electrónico sugiere una interesante selección de alternativas que podrían orientar la propuesta programática de la DC y su estrategia de alianzas.

Pero mientras el programa se dirige básicamente a los aliados, a fin de garantizar gobernabilidad, su doctrina, la Visión País, se dirige a la ciudadanía, en el afán de volver a encantarla.

La nueva directiva, encabezada por una deslumbrante Carolina Goic, tendrá el trascendental desafío de, actuando con visión histórica, alimentar la esperanza de un “empezar de nuevo”, que reabra y reconecte a la DC con su antiguo mundo, revalide su doctrina, -su Visión País- y promueva el surgimiento de líderes de grandeza que, interpretando los signos de los tiempos, hagan soñar a la nación.

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