Barreras culturales construidas a partir de la ignorancia: en respuesta a «Mohammed»
Señor Director:
Mi reflexión, al finalizar la lectura del artículo firmado por el periodista y realizador independiente Bruno Ebner publicado en ese medio el 13 de enero, es que las barreras culturales se construyen, básicamente, a partir de ignorancia –la ignorancia que consiste en creer que se sabe y se está en posesión de la verdad- y esas barreras y estos muros, se van engrosando a partir de aquellas pajas en ojos ajenos y estas vigas en ojos propios; estos estereotipos y aquellos tópicos.
Recuerdo una tarde de calor como sólo lo puede hacer en Sevilla y a un taxista –europeo, español, sevillano y probablemente católico- que mirando a una guardia de tráfico me dijo: “Hay que ver lo que hacen algunas para quitarse de hacer lo que les corresponde. En casa es donde tenía que estar… A saber con quién estarán sus críos… Y claro, luego, salen como salen”. Tal cual. Y no era ni musulmán, ni cocinero, ni ladrón y no sé si amante, pero su opinión sobre el rol de la mujer difería bien poco de la de Mohammed, el compañero de viaje del Sr. Ebner en el “blablacar”: la mujer, con la pata quebrada y en casa.
Que los hombres musulmanes se toman de la mano en las calles y se dan besos «cuneteados» (sic) en las mejillas como parte de su cultura, cierto. La sensualidad –que no necesariamente sexualidad- ha sido apreciada, exaltada, reprobada y estigmatizada por judíos, cristianos y musulmanes desde la antigüedad hasta nuestros días. Hagamos uso del privilegio de poder leer lo que queremos, cuando queremos. Por ejemplo, a Ibn Hazm, a Ibn Arabí, a al-‘Abbas, a Joseph Masad, a Mikel Horsewell y a André Gide. Estoy segura que ayuda a entender el beso “cuneteado” más allá de la superficialidad de la anécdota.
Que las mujeres van con velo y a algunas apenas se les ven los ojos. Que incluso, algunas, eligen y quieren ir veladas. Efectivamente, la perversidad del patriarcado en su máxima expresión. Esa que hace asumir como libremente deseado lo realmente impuesto. Pero el tema amerita ir más allá de la trivialidad del hijab, shador o niqab. Conviene leer a Fathme Mernissi, a Nawal al Sa’dawi, a Leila Ahmed, a Amina Wadud… Hay que leer más; más y mejor. Ayuda a entender. No es fácil, pero es necesario. Si no, nos llenaremos de barreras cada vez más profundas y muros insalvables.
El Sr. Ebner cierra su artículo con una cita del escritor argelino Boualem Sansal del libro “2084: El fin del mundo”: «Puede que la religión haga amar a Dios, pero no hay nada como ella para acabar detestando al ser humano y odiar a la humanidad». Olvida citar que también, y a propósito del mismo libro, Sansal ha dicho “no he pretendido hablar de Islam, sino de islamismo. El primero permite que el hombre sea libre, mientras que el segundo no”. Pero para entender esta diferencia, para hacerse cargo de ella, hay que saber, hay que querer saber, hay que hacer el esfuerzo de entender que Islam e islamismo, salafismo, integrismo islámico no son lo mismo. Y no olvidar –sí, también hay que leer historia porque, como se afirma en 2084 el gran arma de los totalitarismos es la amnesia- “que los franceses (y otras potencias occidentales) apoyaron decididamente el islamismo en un determinado momento para conseguir el control del Magreb (de Afganistán, de Iraq, etc.), solo que esa utilización de antes se les ha ido de las manos, y ahora el islamismo es el gran enemigo”.
Como dice Sansal: “Todas las religiones tienen una vocación totalitaria. En especial, las monoteístas (el judaísmo, el cristianismo y el islam), que aspiran a ordenar la sociedad a través de la creencia en un único dios, lo que provoca muchos conflictos.” Como olvidar, pues, a nuestros católicos conquistadores que a golpe de crucifijo convirtieron al cristianismo a un continente con una geografía heterogénea e indomable, con una diversidad biológica inconmensurable, de una casi infinita diversidad étnica, lingüística, cultural y religiosa haciendo que su hazaña se diluyera en su incapacidad de entender, de querer entender. ¡Y así nos va! Así nos va. Tuertos irredentos a punta de vigas propias e incapaces de entender las astillas de los otros.
Beatriz Lorenzo Gómez de la Serna
Profesora de Introducción a la Civilización y el Derecho Islámico
Escuela de Derecho, Universidad de Chile