martes, 25 de febrero de 2020 Actualizado a las 13:00

Opinión

Autor Imagen

Del Teatro La Comedia al Normandie: aportes de la candidatura Lagos al socialismo del siglo XXI

Del Teatro La Comedia al Normandie: aportes de la candidatura Lagos al socialismo del siglo XXI
¿Dónde se sitúa Lagos en la coyuntura del 2017? ¿Qué tan cerca o tan lejos están sus ideas de esta Tercera Vía que hace aguas por todas partes? En su libro En vez del pesimismo, convoca a pensar los problemas del futuro sin decir prácticamente nada de los actuales, urgentes y vitales, por lo que nos queda claro que no hay posibilidad de esperar de él un desvío desde la Tercera Vía hacia un programa reformista que interpele con decisión al orden neoliberal y proponga un nuevo orden basado en el Estado Social y Democrático de Derecho que necesitamos.
  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

Los líderes políticos no son incombustibles ni eternos, su destino está ligado a las ideas que representan y a los efectos (deseados o indeseados) de sus decisiones. Lagos ligó su capital político a la Tercera Vía y parece que a partir de esta cuenta no realizará contribuciones el socialismo chileno.

Podemos identificar dos momentos claves en su historia como candidato. La proclama del Teatro La Comedia y la proclama reciente en el teatro Normandie.

De aquella escenificación del teatro La Comedia tenemos todavía un vivo recuerdo. Hubo un Lagos que en tiempos de oscuridad sembró esperanzas en el socialismo, que enfático señalaba “tiene que haber una Asamblea Constituyente”; que rechazaba la “herencia” que la dictadura “dejó respecto de una estructura económica ajena a lo que ha sido el desarrollo histórico de este país”; que llamaba a “modificar las bases de la estructura económica, de los grupos y bancos” que se habían constituido en el país; que instaba a “tener una economía al servicio de la mayoría nacional”; que proponía “revisar” “toda la legislación sobre riquezas básicas”; que planteaba una “modificación sustancial” del modelo neoliberal; que pensaba que “el rol del Estado tiene que ser central” y que en ciertas áreas “centrales en la economía nos parece que el Estado (…) lo hace mejor que el sector privado”; que todavía creía “en el socialismo en la forma definida por Eugenio González” (Chile: Los Grandes Temas y Tareas de la Reconstrucción, discurso pronunciado en el Teatro La Comedia, en Santiago, noviembre de 1983).

Pero ese Lagos ya no existe, se fue transformando entre las negociaciones de Boeninger, la renuncia de Foxley a lo sostenido en El Modelo Económico Chileno: Trayectoria de una Crítica; la gestión del Ministerio de Educación y el de Obras Públicas; la adopción de la Tercera Vía y su Gobierno.

El Lagos de la Tercera Vía –la misma que junto a él han abrazado Blair, Schröder, González, Zapatero, Santos, Cardoso, Clinton, Hollande, Renzi y otros–, esa “forma distinta de hacer política progresista”, como recientemente la ha caracterizado el propio Lagos en su artículo “El futuro del socialismo: seamos los primeros”, no le aportó ni le aporta nada nuevo al ecosistema del socialismo, y permanece cuestionado en el seno del PS, sin ningún atisbo de que el próximo pleno del comité central del Partido Socialista se incline en favor de sus aspiraciones presidenciales.

Lo cierto es que La Tercera Vía, como proyecto socialdemócrata, tiene a los partidos socialistas, laboristas y de la socialdemocracia en franco retroceso en toda Europa –conforme al reciente Informe del taller de Helsinki de la Izquierda Europea, desde 2005, el apoyo a los partidos socialdemócratas en las elecciones nacionales en Europa occidental ha ido disminuyendo y el apoyo general ha bajado del nivel tradicional del 30% - 35% a menos del 25%–.

En el Parlamento Europeo, la proporción de socialdemócratas ha bajado igualmente del nivel tradicional del 30% - 35% a menos del 25%, ganando terreno los conservadores y la ultraderecha, y ha demostrado su incapacidad para encontrar soluciones equitativas y democráticas a los problemas sociales y económicos de la mano de políticas fundamentadas en valores socialdemócratas. Con la sana excepción –claro está– del Partido Socialista de Portugal, que hoy gobierna junto con el Partido Comunista de ese país y el Bloco de Esquerda.

Aunque Blair señalase que la Tercera Vía era un “camino de renovación y éxito para la moderna democracia social” y que con “valor” el Nuevo Laborismo estaba por “construir sociedades de democracia social para el siglo XXI”, lo que logró, al fin de cuentas, fue derechizar a la socialdemocracia: más mercado como receta para la creación de riqueza y un giro en la política de redistribución, que ya no le interesaba avanzar en igualdad material, sino que en igualdad de oportunidades. Avalando además la premisa en la que se apoyó la insensata utopía de los mercados desregulados. La globalización, se insistió, era un hecho desencadenado, ante el que solo cabía adaptarse o morir.

En realidad, la globalización no era un hecho sino un programa, y solo en la medida en que se iba cumpliendo como programa se iba convirtiendo en un hecho. Como bien dijo el desaparecido Anthony Atkinson, al evaluar el Nuevo Laborismo: “Blair llevó al laborismo a un callejón sin salida y la izquierda perdió una gran oportunidad.”

De igual forma, Ulrich Beck se queja con amargura de los resultados de la Tercera Vía, señalando que al adoptar la socialdemocracia la “utopía neoliberal”, ese “analfabetismo democrático” donde el mercado es su única justificación, se perdió de vista la posibilidad de avanzar en una “utopía realista”, la de una “Europa Social para los Trabajadores”. La socialdemocracia se condenó al contrasentido de aplicar su programa en el interior de un programa ajeno, haciéndose entonces corresponsable del rumbo crítico que emprendió la Unión Europea.

Es decir, se vinculó a un proyecto –el neoliberalismo– que no solo ha traído la Gran Crisis del 2008 sino también –como destaca Josep Fontana– “un proyecto social que ha comenzado por la privatización de la política y aspira a seguir la privatización entera del propio Estado. Un proyecto que no solo amenaza la continuidad de los servicios sociales que proporcionaba el Estado de bienestar, sino que pone en peligro el propio Estado democrático y la sociedad civil en que este se sostiene.”

En el contexto del siglo XXI, ¿es posible el regreso de aquel otro Lagos, el que en otros tiempos generaba esperanzas en la ciudadanía y no silbatinas en el socialismo chileno? Tendría que mostrarse capaz de ofrecer una hoja de ruta que trace un proyecto posneoliberal y que rescate a la democracia desde el lugar al que el capitalismo actual la ha llevado. Lo que implica que acepte de verdad que en Chile el neoliberalismo está impugnado.

El fracaso y bajísima popularidad de Hollande en Francia pone en evidencia lo anterior y expresa la profunda crisis de la Tercera Vía –es la primera vez que en la V República un Presidente no opta a la reelección tras solo un primer mandato–, y se ha producido porque, a la hora de elegir entre sus electores o los mercados financieros, ha desestimado a los primeros. Así, Hollande se ha destacado por aplicar una dura política neoliberal que combina grandes ayudas a las empresas (40.000 millones de euros), liberalizaciones, presión fiscal sobre la clase media y una reforma laboral profundamente lesiva (despido por causas económicas, debilitamiento de la negociación colectiva). Esta política ha concitado una de las mayores resistencias sindicales y populares de los últimos años en Francia. Es lo que pasa cuando te eligen con un programa (75% de impuesto a los ricos y una alianza de los países del sur de Europa contra el “dictado de austeridad” de Angela Merkel) y la práctica de gobierno es exactamente la contraria.

Ha sido frecuente observar en el Parlamento Europeo que, cuando se trata de realizar grandes declaraciones sobre temas de igualdad o de derechos humanos, los socialdemócratas de la Tercera Vía muestran su cara más amable; sin embargo, cuando llega el crucial momento de votar decisiones vinculantes que puedan corregir la deriva antisocial de las políticas económicas y de comercio de la Unión Europea, a la Tercera Vía le tiembla el pulso y acaba cediendo a las presiones de la enorme maquinaria de lobbies, intereses empresariales, financieros y presiones de la Comisión Europea.

En definitiva, como señala José Antonio Pérez Tapia, la socialdemocracia europea de la Tercera Vía está “en una situación muy difícil para responder por la izquierda a los retos que presenta el panorama de Europa en el contexto del mercado global actual”.

¿Dónde se sitúa Lagos en la coyuntura del 2017? ¿Qué tan cerca o tan lejos están sus ideas de esta Tercera Vía que hace aguas por todas partes? En su libro En vez del pesimismo, convoca a pensar los problemas del futuro sin decir prácticamente nada de los actuales, urgentes y vitales, por lo que nos queda claro que no hay posibilidad de esperar de él un desvío desde la Tercera Vía hacia un programa reformista que interpele con decisión al orden neoliberal y proponga un nuevo orden basado en el Estado Social y Democrático de Derecho que necesitamos.

Ha sido la hegemonía del neoliberalismo la que ha puesto en evidencia que los socialdemócratas de la Tercera Vía carecen no solo de capacidad analítica y propositiva para garantizar la participación de todos en la prosperidad, enfrentar la desigualdad y para defender los derechos e intereses de quienes dicen representar. Y el blairismo que profesa Lagos, “tan leal como siempre al sector privado en general y a los mercados financieros londinenses en particular”, como bien recordaba Tony Judt, es el espejo de Alicia donde Lagos se mira.

Así, en el Gobierno que Lagos encabezó, muchas políticas neoliberales se hicieron cultura y sentido común, y dificultamos que de verdad quiera desligarse de ellas. Como ha señalado Carlos Huneeus, la Concertación –y en especial el Gobierno de Lagos– representó la reafirmación de aquella “definición estratégica” de dar continuidad al “modelo” neoliberal impuesto por la dictadura, que “tuvo una cercana vinculación con los grandes empresarios, especialmente a través del CEP, y desarrolló –con un empuje similar al de Blair– ´la asociación público-privada´, que abrió enormes campos de negocios para el sector privado, sin dotar al Estado de recursos para dirigir, controlar y evaluar la actividad de este”. Sin olvidar que las reformas constitucionales del 2005 –como señala el citado Garretón– “contribuyeron a legitimar el modelo socioeconómico implícito en la Constitución” de 1980.

Algunas voces han sugerido a Lagos ser como Bernie Sanders –el notable político socialista democrático estadounidense que disputó las primarias del Partido Demócrata teniendo como rival a Hillary Clinton–, perdiendo de vista que la popularidad de Bernie Sanders –que partía, al igual que Trump, de la misma realidad de desigualdad creciente, estancamiento económico y falta de oportunidades para las clases medias y trabajadoras en los EE.UU., pero señalaba una senda de izquierda para salir de ella– se basaba y se basa en que es un político antiestablishment que, a diferencia de la derrotada Clinton, no tiene que cargar con la pesada e ingrata herencia de las alianzas con el establishment financiero y corporativo y los evasores de impuestos, culpables –al decir de Owen Jones en The Guardian– de los “múltiples agravios sufridos por la clase trabajadora” estadounidense.

En el contexto del siglo XXI, ¿es posible el regreso de aquel otro Lagos, el que en otros tiempos generaba esperanzas en la ciudadanía y no silbatinas en el socialismo chileno?

Tendría que mostrarse capaz de ofrecer una hoja de ruta que trace un proyecto posneoliberal y que rescate a la democracia desde el lugar al que el capitalismo actual la ha llevado. Lo que implica que acepte de verdad que en Chile el neoliberalismo está impugnado. Tendría que, por sobre todo, ser capaz de adentrarse en profundidad respecto de los problemas políticos, sociales y económicos inaplazables y acuciantes que tiene Chile, y ser resueltos sin ambages mediante el principio político del Estado Social, según el cual la comunidad toda, a través del Estado, asume garantizar un mínimo de digna existencia material a sus miembros, bajo el amparo de una nueva Constitución Política surgida de una Asamblea Constituyente que consagre calidad democrática, es decir, buenos y más derechos civiles y políticos, y un Estado Social y Democrático de Derecho en consonancia con nuestra realidad chilena y latinoamericana.

En cuanto al Lagos del Teatro Normandie, cabe señalar que su discurso programático (14 de enero de 2017) no contiene las señales claras que esperábamos para el nuevo escenario: sus asesores no han sabido, no han podido o no han querido darle una auténtica nueva oportunidad a su candidatura.

Muy por el contrario, en una frase improvisada, porque no aparece en el discurso de su página oficial, pone de manifiesto que no comprende la demanda actual. Dice el texto publicado: “Debemos avanzar en la igualdad de género, por ejemplo, es injusto que las mujeres tengan que pagar más en sus planes de salud solo por estar en etapa fértil.  Y cuando, además, por el mismo trabajo reciben menos que un hombre...”. Al leer, Lagos improvisó una solución a este problema que no cuestiona las bases del negocio de las Isapres ni sus utilidades; no invoca el derecho a la salud y menos todavía el fortalecimiento de Fonasa. Dicho de otra manera, su solución mantiene las bases materiales que crearon la desigualdad entre enfermo y empresa, pues no aborda el desequilibrio de poder en la relación destinada a satisfacer el derecho a la salud.

Por otro lado, en lo tocante a la relación de Lagos con el Partido Socialista, todo parece indicar que las bases del partido intuyen que algo anda mal con el discurso del progresismo que no modifica la distribución del poder, ni mira de frente a la cuestión social del siglo XXI. Ello ocurre porque el PS nació con vocación de transformación social, es decir, con la intención de asumir, como tarea política principal, dar respuesta al problema de la concentración del poder económico, la injerencia indebida de las transnacionales y la necesaria distribución del poder en Chile.

Hoy, como en la década de 1930, el liberalismo económico ya gestó su cuestión social. Una de sus caras es el drama de los jubilados. El principal problema social de hoy día, la pobreza, y más concretamente la pobreza de los jubilados, tiene como contrapartida una concentración del poder en manos de grandes agentes económicos extranjeros que ha cooptado a las elites locales y conseguido un marco jurídico que ampara sus intereses egoístas.

Desde el punto de vista de los conflictos de interés, ¿qué diferencia a este panorama de aquel que justificó y legitimó el nacimiento del PS en la década de 1930? ¿Por qué podría esperarse que la militancia socialista de base se contentara con demandas “liberales progresistas” y dejara a un lado el combate frontal de las bases materiales que generan la pobreza de los asalariados? ¿Por qué deberían renunciar los socialistas a realizar las reformas no efectuadas por la Presidenta Bachelet, y entregarse a los brazos de un “discurso progresista” que no aborda el problema central de la concentración y muy escasa distribución del poder político, social, económico e institucional? ¿Acaso la demanda de las bases de más poder para los trabajadores, más igualdad, justicia social, libertades políticas y derechos políticos se satisface con el discurso del Progresismo? ¿Qué diferencia a este progresismo del Progresismo con Progreso de Mariana Aylwin si no hay énfasis alguno en la Asamblea Constituyente y la Nueva Constitución, máxima expresión de la formulación de una nueva correlación de poder en Chile? Seguramente, también se formulan una pregunta obvia: ¿por qué Lagos eligió militar en el PPD y no en el PS para intentar un nuevo Gobierno?

Concluyendo, aquel Lagos del Teatro La Comedia quedó atrás. Ese Lagos presentaba rasgos de un liderazgo dúctil a una sociedad 2.0, es decir, a una comunidad nacional en camino al empoderamiento y a retomar las riendas de su vida, lo que implicaba el abandono del rol impuesto de mero consumidor y la construcción de una sociedad de ciudadanas y ciudadanos. En cuanto al Lagos de la Tercera Vía, ese Lagos está corriendo la misma declinante suerte que afecta a todos aquellos que la han asumido. El Lagos del Teatro Normandie, el Lagos de hoy, no solo se está enfrentando al evidente agotamiento de la Tercera Vía, sino que a las grandes dificultades de convencer –a la ciudadanía y al Partido Socialista– de que sus “5 grandes desafíos” y sus “10 acciones abordables para un gobierno de cuatro años”, configuran una auténtica y plausible plataforma programática de progreso para el Chile del siglo XXI.

Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director
Cartas al Director

Noticias del día

TV