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La política internacional de Donald Trump: bienvenidos a la incertidumbre

por 20 enero, 2017

La política internacional de Donald Trump: bienvenidos a la incertidumbre
Contra todo pronóstico, exceptuando el acierto de Allan Lichtman, este candidato demostró que supo enfocarse en lo sustantivo, que aparentemente los demás candidatos no vieron y, por esa vía, supo ganar. Esto nos permitiría formular una conjetura respecto de sus cualidades políticas y suponer que él sí sabe cómo lograr sus objetivos siguientes. Al mismo tiempo, este personalismo exitoso nos habla de un sujeto difícil de asesorar, especialmente en contextos de crisis y cuya conducta, como “eventual perdedor” en alguna coyuntura internacional, sería relativamente impredecible. Como es obvio, no es igual ser la cabeza de un imperio inmobiliario, por rico que este sea, que ser el presidente del país más poderoso del mundo. La escala de los problemas es muy diferente y no sabemos si Trump tiene plena conciencia de eso.
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A esta altura, espero, ya sabremos distinguir entre ignorante e inteligente. Como muchos jefes de Estado y líderes mundiales, Donald Trump es ambas cosas. Sin embargo, que este personaje no distinga entre Kołakowski y Klimczak, o entre Bowie y Martirio, no significa que no sea capaz de ganar la elección presidencial del país más poderoso del mundo y/o que no sea capaz de desarrollar una política internacional eficiente y capaz de sorprendernos. Al menos ya hizo lo primero.

Por ahora no sabemos exactamente qué hará Donald Trump, solo tenemos información fragmentada, derivada de declaraciones aparentemente impensadas, que más bien han provocado escándalo y que han hecho creer, con razón o sin ella, que estamos frente a un sujeto aparentemente desinformado, carente de principios (solo de intereses) y guiado, casi exclusivamente, por las pulsiones del poder.

Hasta aquí solamente tenemos información que nos permite inferir algunas ideas a partir de sus declaraciones, en función de la forma en que llegó al poder y teniendo en cuenta a la gente que lo rodea.

Sus declaraciones

Respecto del rol de Estados Unidos dentro de la economía mundial, Trump ha planteado algunas ideas iniciales, que forman parte de una misma línea de razonamiento: recuperar el rol hegemónico de Estados Unidos.

Primero, tiene una opinión crítica respecto de cómo se ha desarrollado la repartición del botín de la globalización económica, razón por la cual no solo quiere revisar la relación de su país con sus principales “socios” sino también las reglas mismas del sistema económico mundial. En tal sentido, propone rediseñar los Tratados de Libre Comercio (TLC) que los involucran, con el objeto de mejorar el balance de los resultados a favor de su país.

Segundo, adoptar una política de “reindustrialización” del país mediante la “repatriación forzosa” de los emprendimientos empresariales que abandonaron Estados Unidos en busca de ambientes productivos más eficientes y a través de sanciones tarifarias para las compañías que se opongan a ello, cuestión que ocurriría al ingresar sus productos al mercado estadounidense. Sin embargo, Trump no incorporó en su razonamiento que las cadenas mundiales de valor se terminaron de globalizar a contar de 1991 (fin de la Guerra Fría), en un camino que la mayoría de los autores (detractores y defensores) califican como irreversible.

Del mismo modo, Trump desconoce que el incremento unilateral de tarifas con que ha amenazado, por ejemplo, a las corporaciones automotrices, no solo violaría las reglas del GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio), a las que Estados Unidos está obligado, sino también afectaría a empresas que tienen mucho poder y muchos hilos invisibles para debilitarlo.

Tercero, a pesar de que muchos autores ven en los vínculos de las economías de Estados Unidos y China a una sola economía, cuyos lazos de interdependencia ya son muy estrechos, Trump ha insistido en personificar en China la mayoría de los males de la economía de su país, todo lo cual redunda en una eventual colisión entre esos dos gigantes que, de producirse, dejará muchos daños colaterales. Veremos si este improbable choque ocurre finalmente.

Cuarto, y casi como un capítulo aparte, en una frenética reacción proteccionista, el presidente electo ha declarado rechazar el TPP (Trans-Pacific Partnership), no advirtiendo que es un acuerdo a la medida de Estados Unidos –economía de servicios que registra muchas patentes– y que excluía ex profeso a China.

Al hacerlo, ha dejado el camino libre al gigante asiático para seguir adelante con su propia iniciativa de coordinación global, a la que los demás países se plegarán, tanto por el enorme atractivo del mercado chino, como por la política ISI (industrialización por sustitución de importaciones), que paradójicamente ahora es planteada desde el centro y no desde la periferia.

Quinto, su alianza con Putin, reforzada por el rol de nexo que juega su futuro Secretario de Estado, Rex Tillerson. Esta proximidad puede ser tanto una enorme ingenuidad como una jugada maestra.

En la primera opción, podría tratarse de un cálculo mal hecho, en que Trump se hubiese guiado por los consejos de Tillerson, muy cercano a Putin, y por los supuestos apoyos de la inteligencia rusa para su campaña, mediante la filtración de información sensible que afectó a su contendora (Hillary Clinton), sin tener verdadera conciencia del juego en el que entraba.

El otro sujeto que se ha visto cercano a Trump, aunque no en un rol activo en el gobierno, es Henry Kissinger, quien declaró a CBS (18 de diciembre de 2016) que Donald Trump es una “oportunidad extraordinaria” para Estados Unidos. Expresó que el presidente electo podría lograr "algo notable" en la política exterior estadounidense. “Creo –agregó– que tiene la posibilidad de pasar a la historia como un presidente muy considerable". Esta cercanía podría explicar la conducta de Trump hacia Israel y hacia China, el eventual giro de la política exterior de Estados Unidos respecto de temas históricos: Cuba, México y Medio Oriente y, tal vez, el carácter confrontacional de Trump para referirse al resto del mundo.

En la segunda opción, podría tratarse de la clásica maniobra de balance de poder, destinada a presentar una alianza estratégica que permita a los viejos enemigos neutralizar o al menos retrasar el ascenso final de China. Ya durante la Segunda Guerra Mundial, Washington y Moscú resignaron sus diferencias para oponerse a una amenaza (Eje) frontal a sus poderes. Lo lograron con éxito, después de lo cual volvieron a sus posiciones: ¿podría ocurrir nuevamente?

La forma en que llegó al poder: autocracia

Considerando que Donald Trump es un militante del Partido Republicano y que llegó al poder dentro del sistema formal de primarias de su partido, no se puede hablar de que se trate de un “outsider”. Él es parte del establishment, aunque sin la trayectoria de un candidato típico, que antes hubiese tenido una vida dedicada a la actividad pública.

Lo que sí parece indiscutido es que Trump se comporta como un autócrata, cuya conducta está abiertamente reñida con el trato social que caracteriza a las personas de figuración pública, que por interés o por convicción tienen una conducta más moderada.

Contra todo pronóstico, exceptuando el acierto de Allan Lichtman, este candidato demostró que supo enfocarse en lo sustantivo, que aparentemente los demás candidatos no vieron y, por esa vía, supo ganar. Esto nos permitiría formular una conjetura respecto de sus cualidades políticas y suponer que él sí sabe cómo lograr sus objetivos siguientes. Al mismo tiempo, este personalismo exitoso nos habla de un sujeto difícil de asesorar, especialmente en contextos de crisis y cuya conducta, como “eventual perdedor” en alguna coyuntura internacional, sería relativamente impredecible. Como es obvio, no es igual ser la cabeza de un imperio inmobiliario, por rico que este sea, que ser el presidente del país más poderoso del mundo. La escala de los problemas es muy diferente y no sabemos si Trump tiene plena conciencia de eso.

Su entorno

Trump está rodeado por su familia y por algunos sujetos fuertes, cuya historia personal ofrece más incertidumbres que certezas.

Entre los que tomarán cargos públicos está Rex Tillerson, quien deberá defender ideas opuestas a las que él mismo ha adherido en el pasado reciente: su convicción en el libre comercio bajo reglas de competencia global y su opinión favorable al TPP. Sin embargo, Tillerson tiene conexiones que el electo presidente Trump valora muchísimo.

Según Bradley Olson, de Wall Street Journal (6 de diciembre de 2016), el futuro Secretario de Estado tiene una relación muy estrecha con Vladimir Putin, al punto de sentenciar que él "ha compartido más tiempo y conversaciones con Vladimir Putin que probablemente cualquier otra persona de Estados Unidos, a excepción de Henry Kissinger". Se dice, además, que Tillerson es íntimo amigo de Igor Sechin, líder del grupo Siloviki (relacionado con la seguridad militar) del Kremlin, considerado la segunda persona más poderosa de Rusia después del presidente de esa nación.

El otro sujeto que se ha visto cercano a Trump, aunque no en un rol activo en el gobierno, es Henry Kissinger, quien declaró a CBS (18 de diciembre de 2016) que Donald Trump es una “oportunidad extraordinaria” para Estados Unidos. Expresó que el presidente electo podría lograr "algo notable" en la política exterior estadounidense. “Creo –agregó– que tiene la posibilidad de pasar a la historia como un presidente muy considerable". Esta cercanía podría explicar la conducta de Trump hacia Israel y hacia China, el eventual giro de la política exterior de Estados Unidos respecto de temas históricos: Cuba, México y Medio Oriente y, tal vez, el carácter confrontacional de Trump para referirse al resto del mundo.

Epílogo

Para comprender la nueva política exterior de Estados Unidos aún tenemos un espectro muy amplio de información que no alcanzamos a interpretar adecuadamente. Así las cosas, no me queda más que titular este epílogo como “bienvenidos a la incertidumbre”.

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