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El incierto futuro de Theresa May a la sombra del Brexit

por 25 junio, 2017

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Finalmente, la Unión Europea (UE) y Reino Unido iniciaron las negociaciones del Brexit. Y a pocos días del 23 de junio, cuando se cumple el primer aniversario de la elección en que el 52% de los votantes británicos se manifestó a favor de que su país abandonara la UE.

A partir de ahora, ambas partes se reunirán una semana al mes, hasta terminar este largo proceso en marzo de 2019. Pero en su primer encuentro del lunes pasado, ya se sentaron las bases de cómo será esta compleja e inédita negociación. Es decir, primero se acordarán “las condiciones del divorcio”  y luego la “relación futura”. Un tema no menor, considerando la complejidad de los temas sobre la mesa y la disposición original que se esperaba por parte de Londres, que apostaba por negociar paralelamente su salida de la Unión y un nuevo acuerdo de libre comercio.

De esta forma, se establecieron los puntos más urgentes de la negociación: el futuro de los 3,2 millones de ciudadanos de países de la UE que viven en el Reino Unido y de los 1,2 millones de británicos que viven en la Europa continental; el costo del “divorcio”, que asciende a cerca de US$ 63.000 millones y que debería pagar Londres; y la nueva condición de la frontera entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda.

Los medios ya hablan de Johnson y Davis como posibles nombres para reemplazar a May, lo que no solo compromete aún más su figura, sino también la negociación misma entre Londres y Bruselas. Después de todo, muchos se preguntan qué solidez, legitimidad y garantías pueden tener los acuerdos que se alcancen con un gobierno británico que se desmorona.

Sin embargo, uno de los aspectos más llamativos de este proceso que hace un año descolocó a Europa y al resto del mundo, es cómo el Brexit —en gran medida— ha derrumbado la carrera política de la Primera Ministra Theresa May.

Vale la pena recordar que tras el resultado del Brexit, el entonces Premier David Cameron renunció a su cargo, iniciando una breve lucha por sucederlo, de la cual emergió victoriosa May, quien había sido su ministra del Interior.

Convertida en la segunda mujer en ocupar la jefatura de Gobierno, después de Margaret Thatcher, desde el comienzo se mostró segura y decidida, al punto de repetir varias veces que “el Brexit significa Brexit”, lo que auguraba una difícil negociación con Bruselas.

Y en ese contexto, tras dotarse de un nuevo gabinete —en el que destacaban figuras como el ex alcalde de Londres Boris Johnson, en el cargo de ministro de Relaciones Exteriores, y David Davis, como el “ministro para el Brexit”—, en marzo de este año activó el Artículo 50 del Tratado de Lisboa (que oficializa el comienzo del proceso de salida) y en abril tomó la decisión de adelantar las elecciones previstas para 2020.

En ese entonces, el Partido Conservador británico gozaba de una cómoda mayoría en el Parlamento, lo que le permitía gobernar en solitario —mérito de Cameron, por cierto—, comparado con un Partido Laborista aparentemente débil y desorganizado, frente al cual las encuestas le daban al menos 20 puntos porcentuales de ventaja.

Para May, era la oportunidad perfecta para aumentar aún más los escaños de los tories, consolidando así un gobierno fuerte para sentarse a negociar un “Brexit duro” ante la Unión Europea. Pero también representaba la posibilidad de lograr el reconocimiento y la legitimidad que deseaba, puesto que ella no había llegado al cargo de Primera Ministra a través de las urnas.

El punto es que nadie logró prever cuánto cambiaría el panorama político en cuestión de semanas. Primero, producto de tres ataques terroristas en tres meses, que pusieron en duda la efectividad del gobierno conservador y sus medidas para evitar nuevos atentados; el último de ellos, a pocos días de los comicios.

A eso se sumó una campaña opaca y distante de May, en comparación con Jeremy Corbin, quien con su discurso abiertamente cargado al sector más izquierdista de su partido, cautivó sobre todo a los votantes más jóvenes. E instaló la crítica directa a la Primera Ministra, tras conocerse que ella, cuando había sido ministra del Interior de Cameron, apoyó el recorte de cerca de 19.000 puestos de la policía.

De esta forma, la elección del 8 de junio se transformó en la mayor pesadilla de May. Porque para lograr la mayoría absoluta en el Parlamento, necesitaba ganar 326 escaños del total de 650. Pero de los 330 que tenían, los conservadores bajaron a 318, mientras que los laboristas pasaron de 229 a 257. Y eso es lo que obligó a los tories a formar alianza con el euroescéptico Partido Unionista Democrático de Irlanda del Norte.

Este verdadero “paso en falso” de May expuso a su partido a una derrota innecesaria, debilitó la posición del Reino Unido precisamente en momentos en que buscaba una postura firme ante la UE y puso en duda su continuidad a la cabeza del gobierno. Porque las voces que desde entonces piden su renuncia, han provenido tanto de la oposición como del oficialismo.

A lo que se suman las recientes críticas frente a su actuar tras el incendio de la Torre Grenfell: la cantante Adele y la reina Isabel se hicieron presentes antes que May en el lugar, para visitar y ayudar a las víctimas. Y “Stay away, Theresa May” (No vengas, Theresa May), fue uno de los gritos que más se escuchó en los lugares que recibieron a las víctimas del incendio.

Los medios ya hablan de Johnson y Davis como posibles nombres para reemplazar a May, lo que no solo compromete aún más su figura, sino también la negociación misma entre Londres y Bruselas. Después de todo, muchos se preguntan qué solidez, legitimidad y garantías pueden tener los acuerdos que se alcancen con un gobierno británico que se desmorona.

De esta forma, la pregunta que circula hoy en el mundo político británico no es si Theresa May tendrá que renunciar o no a su cargo, sino cuándo. Y de qué manera eso afectará aún más al Partido Conservador y la larga negociación del Brexit.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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