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Renuncias de la centroizquierda a la política

por 23 julio, 2017

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A pesar del evidente desprestigio con que cuenta por estos días, la política es, y seguirá siendo, una actividad emancipadora. Este calificativo es el que usa Josep Ramoneda al prologar “La Política en Tiempos de Indignación” de Daniel Innerarity. La Política, señala, “es el único poder al alcance de los que no tienen poder”. Es –o debiese ser, si no está corrupta– un escudo para los débiles y los pobres contra los poderosos y ricos. Como en pocas esferas de la vida, cuando vamos a votar la opinión de cada uno de nosotros vale exactamente igual.

Pero ¿Qué es la política? ¿Y lo político? El catálogo de filósofos que busca responder esta pregunta es largo y nutrido, desde Aristóteles a Arendt, y sumando. El Informe de Desarrollo Humano 2015 del PNUD para Chile “Los Tiempos de la Politización” señala breve y precisamente que  “lo político es todo aquello que en una sociedad se establece como susceptible de ser decidido colectivamente”.  Agregaría, para desarrollar esa definición, que tiene que ver con la deliberación pública, que es una actividad racional, donde expresados distintos puntos de vista con igual derecho a ser escuchados (al menos en la política democrática), se examinan los mejores medios para alcanzar el bien común. Hay cuatro elementos que hoy tensionan el ejercicio deliberativo, y por tanto a la esfera de lo político: la tecnocracia y la lógica expansiva del mercado, por el lado del igual peso de las opiniones; la cultura moral individualista, por el lado del carácter colectivo; el populismo, aunque sea “soft”, por el lado de la racionalidad; y la corrupción, por el lado de la búsqueda del bien común. Quienes nos reconocemos parte del mundo de la centroizquierda, o sea pertenecientes a la tradición del socialismo democrático o del socialcristianismo, tenemos tal vez como desafío principal defender el espacio de la política frente a estos elementos, y no renunciar a ella y a su carácter emancipador. Hasta ahora pareciera que estamos siendo algo más que cómplices pasivos.

En primer lugar, una posible renuncia a lo político puede venir por el lado de la tecnocracia y las fuerzas invasivas del mercado. Posiblemente sea una de las críticas más recurrentes al pasado reciente de la centroizquierda, acusada de asentar un “neoliberalismo con rostro humano” por dos décadas y media, distribuyendo bienes sociales según capacidad de pago. Es el diagnóstico que el actual Gobierno ha hecho propio e intentado purgar. Resulta cuestionable que, considerando su nivel de ingreso, se haya podido prescindir absolutamente de mecanismos de mercado en la provisión de bienes públicos en el Chile de las últimas décadas (y la deliberación opera sobre posibilidades reales, no quimeras). Pero también es cierto que el papel de los tecnócratas muchas veces no se circunscribió sólo a señalar caminos, sino a decidir los rumbos, lo que es propio del cuerpo político. Para gobernantes y gobernados “lo posible” estaba constituido por un ámbito absolutamente estrecho, probablemente más de lo que correspondía a la realidad.  A partir de las protestas del 2011, según el citado informe del PNUD (yo mantengo un cierto escepticismo), los chilenos se habrían dado cuenta de lo anterior, reconociendo que el espacio de lo político era más amplio de lo que creíamos o se nos había hecho creer. La presencia extendida del mercado en la provisión de servicios públicos ha aumentado la cobertura notablemente de algunos de ellos, pero a costa de una alta desigualdad económica y, lo que es peor, de una creciente pérdida de cohesión social y sentido de comunidad. ¿Renunciará la centroizquierda a definir políticamente –y no dejar sólo a las fuerzas del mercado– el uso de los suelos en las ciudades y campos, las mínimas condiciones exigibles a las viviendas, o el tipo y ubicación de las fuentes de energía, por ejemplo?

No es necesario extenderse en demasía para explicar cómo la corrupción pervierte el proceso político. Este flagelo hoy debilita la democracia en Brasil, Perú, Argentina, Venezuela, y por supuesto Chile, entre otros.

En segundo lugar, tampoco hay deliberación ni política allí donde sólo existe la opinión y libertad de cada individuo. Esto, por supuesto, no es negativo. Los regímenes totalitarios ayer, y los estertores de ellos hoy, se caracterizan por expandir el ámbito de la política, de lo colectivo, a los pensamientos de cada persona, sus lecturas, comunicaciones, entretenciones, y vestimentas, entre otros aspectos. En el otro extremo, la libertad no la entendemos como absoluta: no estaríamos dispuestos a aceptar hoy que alguien, en virtud de su autonomía, decida emplearse bajo cualquier condición, o con cualquier salario. Como sociedad concebimos marcos de acción para esa libertad, que tienen que ver con la dignidad humana y el respeto de los derechos de los otros. La discusión entonces es cuál es el espacio de la autonomía y cuál el de la política. Lo que resulta sorprendente es cómo cierta centroizquierda ha decidido trasladar al ámbito exclusivamente individual, minimizando los aspectos de bien común, una serie de problemáticas sociales. Esto podemos comprobarlo en el siempre polémico caso del aborto. Más allá de las posiciones finales en sí, llama la atención la argumentación esgrimida (a veces más importante que las primeras). Por ejemplo, enfocar el problema del aborto fruto de la violación –normalmente reiterado y dentro del hogar, o sea el fracaso absoluto de todas las comunidades pertinentes: la familia, el barrio, la escuela, el Estado, etc. – desde una perspectiva de la libertad individual y abstracta de decidir, lo que parece al menos insuficiente. Se arguye en este caso que no hay una imposición u obligación de abortar, siendo sólo una posibilidad. La posibilidad, en definitiva, es que cada individuo determine qué constituye la pertenencia a la especie humana, o en su caso, qué humanos merecen vivir y cuáles no, acaso la decisión más trascendental de cualquier sociedad. Si esto no corresponde al ámbito político ¿qué decisión sí debiese hacerlo? Del mismo modo se procede en una serie de otras materias de alta significación social donde, por algún motivo, sectores de centroizquierda, a diferencia de otros ámbitos (como la justicia económica) que el Estado no puede establecer (“imponer”) preferencias, o promover determinadas visiones, renunciando a la política en favor de la autonomía personal.

Una tercera tensión para la política viene del populismo, siendo una de sus características la exaltación de los sentimientos en contra de la racionalidad, y el voluntarismo político contra el realismo, todo lo que impide una verdadera deliberación. La ficción de un líder de excepcionales características morales en contacto directo con el Pueblo/Ciudadanía, que gracias a su voluntad y prescindiendo de las burocracias corruptas de los partidos políticos logrará la justicia social, se repite cada cierto tiempo en la historia. Antes con la experiencia del fascismo, o el discurso pincohetista, hoy con una versión muchísimo más descafeinada y light, representada por Alejandro Guillier. Este último, a pesar de aspirar a presidir la República, parece aún no terminar de decidir su opinión sobre los políticos, y ha evitado a toda costa asumir cualquier posición de fondo que active la deliberación política. Resulta difícil de explicarse cómo una porción mayor de la socialdemocracia, cuya importancia el siglo pasado se radicó en buena parte en detener el populismo y afianzar la institucionalidad democrática, pueda haberse decantado por este candidato. Mientras que la pregunta si los actuales partidos y sus líderes son un ejemplo de deliberación política es totalmente válida, a la luz de la historia parece claro que la alternativa a ellos es aún menos clara a este respecto. Esto debieran tenerlo claro al menos…los militantes de partidos políticos.

Finalmente, la deliberación política para ser tal debe ser encaminada al bien común y no al interés individual. No es necesario extenderse en demasía para explicar cómo la corrupción pervierte el proceso político. Este flagelo hoy debilita la democracia en Brasil, Perú, Argentina, Venezuela, y por supuesto Chile, entre otros. A pesar de que se han dado pasos notables en la actual Administración por establecer cotos entre el dinero y la política, es necesario avanzar mucho más allá, no sólo en institucionalidad, sino que en una cultura de prevención y de sanciones implacables a quienes incurran en estos hechos. La centroizquierda sólo tiene un futuro si puede erigirse como un sector confiable y legitimado para liderar la reconstrucción de las confianzas.

En definitiva, cuidar la política y valorarla ha de ser un objetivo para todo nuestro sistema, pero sobre todo para la centroizquierda, que sabe que su poder emancipatorio sólo es posible en la medida de que permita una deliberación donde todos pesen por igual como ciudadanos, colectiva, racional, y encaminada al bien común. Sólo podrá ser la posibilidad de que quienes no detenten poder, puedan hacerlo, en la medida que pueda defender su espacio frente al poder del Mercado, a la renuncia a resolver colectivamente los problemas colectivos, a la tentación populista y a la corrupción. La convicción en estas materias hoy parece más un desafío en el que trabajar que una seguridad en que podamos descansar.

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