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Chile infame. Una diatriba sobre nuestra condición infame

por 14 agosto, 2017

Chile infame. Una diatriba sobre nuestra condición infame
Bien sabemos que el dispositivo transicional inventó a un intelectual que tenía como tarea sibilina domesticar el "pensamiento crítico" y recrear un mundo de politólogos traducidos a lobbistas y operadores agenciados cortesanamente en el poder político. Por ese expediente nos hemos llenado de intelectuales orgánicos que aprovisionan think tanks sin densidad conceptual. Ello pavimentó el camino para una "degradación cognitiva" que encontró eco en los partidos políticos y luego se ramificó –cual metástasis–, lesionando todo "programa de conocimiento". En suma, ello terminó de precarizar la creatividad –la experimentación– y expurgar todo horizonte de sentido.
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En razón de necesidades terapéuticas sugiero volver al "teatro del absurdo" y repensar nuestros últimos sucesos políticos desde aforismos y obras del tipo Esperando a Godot para entender algunas psicopatías del Chile Actual. Temporariamente conminó a retomar un "brevario de la pesadumbre" para escapar a las tiranías mediáticas, los pactos corporativos y sus intricados intereses políticos. Ya lo sabemos: cualquier diseño de gobernabilidad ya no depende de una economía política sino de una economía mediática, que por estos días ha mostrado sus afecciones más sádicas.

En Las Cimas de la Esperanza, Emil Cioran escribía, mirando con terror nuestra coyuntura actual, “los seres humanos más desgraciados son aquellos que no tenemos derecho a la inconsciencia”. Dicho de otro modo, un exceso de consciencia nos torna "seres desdichados", "personajes fúnebres" y de "labios difuntos", absorbidos por una demoledora "consciencia trágica".

Pues bien, ¡ni el más colérico pragmático (rortyano) de un programa posmetafísico nos puede explicar las afecciones delirantes que experimenta nuestro paisaje político!

De un lado, un collage comunista, similar a un príncipe oscuro, algo así como el diputado Daniel Núñez que se ha paseado con desenfado por televisión defendiendo impúdicamente la tesis de que Venezuela es una "democracia imperfecta" y que forma parte de una izquierda posible.

De otro, una consabida izquierda neoliberal, la de Tercera Vía, aquella que estableció diversos contratos –unos más estéticos que otros– con la dominante financiera y que por estos días aún es posible recordar (curiosamente, ¡se echa de menos cierto "garbo" institucional!).

Por fin una derecha que, en medio de la impudicia, mantiene cautivo a un mercado electoral y que públicamente ha hecho la promesa de restituir un "Chile de fachos". ¡Oh, cielo mío! ¿Un orden ético en medio del desbande? Y un paréntesis. ¿Cómo recordar a Radomiro Tomic, a esa falange fundacional de Castillo Velasco y Bernardo Leighton, desde la dinastía Rincón –política, impunidad y medios de comunicación– sin ser rotulado de romántico?

Se trata de un momento alevosamente antiplatónico, cincelado por las pesadillas de politólogos profesionales y un inclemente pacto de la elite periodística, que ofrece un sentido común ad hoc a las agencias corporativas. El problema anida en esos lenguajes curanderos que nos dictan cátedra para normar la época y las necesidades normativas de la vida cotidiana. Y, en medio de lo grotesco, en pleno apogeo de la desesperación, aparece el lirismo del Frente Amplio –espíritus libres y devotos de una metafísica que creíamos extraviada– con esa "efervescencia purificadora" que pretende sanar nuestras llagas.

Nuestra clase política, progresista o liberal-conservadora, se defiende hablando desde la "posverdad", se comporta líquidamente de acuerdo a la agonía ontológica. Los varones de la política mutan y mutan sin cesar, y se autoimputan la posverdad como les viene en gana. ¡Y Venezuela! ¿Dictadura, autoritarismo o democracia? ¡Un universo poskafkiano! No hay respuesta, nadie sabe nada, pero todos saben que todos están enfangados en beligerancias y obsecuencias. Hoy la metafísica, en cuanto sentimiento, queda reducida a una religiosidad, a un "estado de éxtasis" y suprema ebriedad.

Somos testigos de una trama demencial donde circula todo tipo de piraterías argumentales. Entre Dante y Wagner, entre Santo Tomás y San Bernardo, no habría diferencias relevantes. Una vez derogadas las leyes del obrar humano, todos han enloquecido súbitamente. Enfrentados a una experiencia abyecta que entremezcla sociópatas, ludópatas y pirómanos, no será –acaso– la hora de reponer en nuestras bibliotecas un "brevario de la pesadumbre" referido a nombres como Samuel Beckett, Emil Cioran, Charles Baudeleire, Mallarmé y Arthur Rimbaud. Me refiero a aquellas vanguardias que, muchas décadas antes que Adorno sostuviera "después de Auschwitz no se pueden escribir poesía", interpelaron a la modernidad, la razón instrumental y el sentido cada vez más utilitario del lenguaje, en pleno siglo XIX.

Dado el delirio que nos afecta, ¿será este el momento propicio para escuchar poesía simbolista? Me refiero a encontrar luces, inquietudes, y sosiegos en toda aquella literatura maldita –infernalmente autodestructiva– que intentó desafiar el "canon literario" francés, tan apetecido en nuestra parroquia intelectual. Extraer del horror algunos destellos de humanidad. ¿Será posible ese amanecer enloquecedor, algo nietzscheano, que evita recrear la "moral del rebaño" que comprenden las promesas redentoras?

Nuestra clase política, progresista o liberal-conservadora, se defiende hablando desde la "posverdad", se comporta líquidamente de acuerdo a la agonía ontológica. Los varones de la política mutan y mutan sin cesar, y se autoimputan la posverdad como les viene en gana. ¡Y Venezuela! ¿Dictadura, autoritarismo o democracia? ¡Un universo poskafkiano! No hay respuesta, nadie sabe nada, pero todos saben que todos están enfangados en beligerancias y obsecuencias. Hoy la metafísica, en cuanto sentimiento, queda reducida a una religiosidad, a un "estado de éxtasis" y suprema ebriedad. Todos viralizados y evanescentes.

Y cito a estos autores porque sospecho que aquella literatura argentina –fundamental y gansteril– que Roberto Bolaño menciona con extrañamiento en "Derivas de la pesada" (la caída del patrón borgeano, soriano, pigliano), entre otros ilustres, no necesariamente nos permite conectar con este presente tan desgarbado –gris– y carenciado de aforismos. Nuestra escena dista de ser leída desde el Dios borgeano, pues se trata de un presente inducido y "disparatado".

Bien sabemos que el dispositivo transicional inventó un intelectual que tenía como tarea sibilina domesticar el "pensamiento crítico" y recrear un mundo de politólogos traducidos a lobbistas y operadores agenciados cortesanamente en el poder político. Por ese expediente nos hemos llenado de intelectuales orgánicos que aprovisionan think tanks sin densidad conceptual. Ello pavimentó el camino para una "degradación cognitiva" que encontró eco en los partidos políticos y luego se ramificó –cual metástasis–, lesionando todo "programa de conocimiento". En suma, ello terminó de precarizar la creatividad –la experimentación– y expurgar todo horizonte de sentido.

El presente ya no es el presente, pues carece de futuro, no puede existir un presente que no se prometa a sí mismo un porvenir, que no murmure siquiera con sugerir otra época posible. Entonces viene esta espantosa sensación donde habría que admitir que estamos “presentes” en un tiempo donde ya fuimos expulsados. ¡No sería mejor admitir que somos polvo, que vamos y volvemos! Si "nunca fuimos destino", la época ha desertado de sí misma.

La Nueva Mayoría, que a estas alturas es un tropezón prosaico, y la derecha más allá de toda la impudicia inimaginable, terminaron de cincelar una obra, a saber, la teoría de la gobernabilidad –so pena de real politik–, aniquiló todo suspiro de teoría social y de ese modo dejó estampada la idea de una sociedad del conocimiento precarizado –marcada por la empresarización de la subjetividad–. Ahora la chilenidad, encerrada en la osadía gerencial, en su conjunto está reducida a millares de Eichmann que nos largan un aullido: ¡venimos a cumplir las leyes del mercado!

Cabe recordar que Eichmann fue un kantiano entre los nazis, la máxima aquí era: “No hay derecho a la insubordinación, solo hay absoluto apego a las reglas de la obediencia”. Y aquí, en medio del delirio, hasta Hermógenes resulta un kantiano de derechas, y lo empiezo a tolerar un poco más. Todo ello me ocurre desde un estado de espantoso extrañamiento. Alguien me podrá retrucar que aunque Hermógenes fuese un kantiano de extrema derecha, no está libre de castigos, pues allí anida el germen totalitario en pleno corazón de la Ilustración.

¡Tanto amor, y no poder con la muerte! Todo el tiempo la izquierda nos promete alguna dosis de salvación y nos susurra al oído una dosis de voluntad (sí, ahora sí que sí), que por fin va a remover con retroexcavadora esta realidad miserable, mientras se niega (una y otra vez) a elaborar una teoría de la esperanza. El problema es que la poética de izquierdas se desplomó en los años 90, de ahí en más todo es degradación cognitiva. Todos creímos alguna vez que el sujeto político de izquierda era aquel que abrazaba la voluntad de herir el lenguaje hegemónico, no comentarlo, ni por ningún motivo administrarlo. Al final del camino, la historia de los bolcheviques rudos nos enseña que solo con la victoria se adquiere una provisoria aura moral y un hechizo fugazmente glorioso, pero luego llegan las purgas y comienza el doloroso peregrinar de la vida cotidiana. ¡Ay¡, todo de nuevo.

Con todo, hermanos hombres, yo no puedo dejar de pensar en Santiago de Chuco, pese a todo y contra todo me resisto a un nihilismo primario; y por ahí, de cuando en vez, ya librado a la distancia que producen las izquierdas del siglo XX, suelo escuchar ese homenaje de Gonzalo Rojas –me refiero al poeta– a nuestro Cesar, el peruano y su cabeza de piedra. Único motivo para conocer París y llorar sobre su tumba. "Todavía el hombre… todavía…".

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