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La política exterior en un mundo incierto

por 28 agosto, 2017

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Uno de los grandes éxitos de los gobiernos de centroizquierda en estos años de democracia, fue haber instalado a Chile como un actor internacional muy por sobre las capacidades y recursos objetivos de poder que nuestro país tiene en el escenario global de este siglo XXI. Haber derrotado por medios no violentos a una dictadura que era percibida en el mundo como un símbolo de opresión, la exitosa apertura comercial global de los noventa, y una labor diplomática pro-activa en el ámbito político multilateral, fueron los pilares principales que hicieron posible lo anterior.

El mundo de hoy sin embargo, y también la sociedad chilena, son muy distintos al escenario global, regional y local que conocimos en los inicios de la transición a la democracia, y por tanto, será necesario replantearse como queremos posicionarnos en un mundo que claramente tiene mayores complejidades respecto del generalizado optimismo que hubo en los inicios de la post Guerra Fría.

Hoy la democracia está experimentando retrocesos en muchas partes ; el impacto de la crisis financiera y económica del 2008-2009 en el mundo occidental aún permanece latente, y entre otros está provocando una pérdida relativa de poder frente a potencias emergentes con características más autocráticas ; el centro de gravitación del sistema internacional inexorablemente se está moviendo hacia el Asia con todas las implicancias geopolíticas que esto tiene ; hay un “proteccionismo” encubierto pero creciente de países que buscan resguardar sus economías frente a los vaivenes de la economía internacional ; hay un grave debilitamiento del multilateralismo a nivel global ; y está la emergencia en América Latina y el mundo de las llamadas nuevas “amenazas no convencionales” que tienen un efecto muy devastador en diversas regiones del mundo.

Han habido esfuerzos y avances parciales en algunas áreas, pero lo que falta es una mirada global a partir de la cual se elabore un plan estratégico para las próximas décadas, que establezca prioridades que nos llevarán a redefinir nuestra política de alianzas, a niveles regionales y mundial.

Claramente, este no es el mundo que pronosticaron los grandes líderes mundiales cuando al terminar la Guerra Fría, anunciaron que vendría un largo período de “paz y prosperidad global”. El desafío para nuestro país es entonces, definir como en este nuevo escenario vamos a defender y promover aquellos “bienes públicos globales” (democracia, derechos humanos, globalización sustentable y equitativa, reforzamiento del multilateralismo y el derecho internacional) que son parte inherente de nuestra política exterior, combinando esto además, con la otra gran tarea de usar la política exterior como herramienta eficaz para contribuir a alcanzar la condición de país desarrollado en la próxima década.

Frente a ello, la gran pregunta es si existe una estrategia de largo plazo y consensuada, así como los arreglos institucionales y materiales necesarios para avanzar en la consecución de estos objetivos. No sería razonable señalar que no hay nada al respecto. Han habido esfuerzos y avances parciales en algunas áreas, pero lo que falta es una mirada global a partir de la cuál se elabore un plan estratégico para las próximas décadas, que establezca prioridades que nos llevarán a redefinir nuestra política de alianzas, a niveles regionales y mundial (adonde estamos hoy, y hacia donde queremos en los próximos 10-20 años) .
En otras palabras, replantearse una “política de estado” en las nuevas condiciones que impone el sistema internacional, y que a diferencia del pasado, deberá ser más pro-activa y propositiva, y fuertemente anclada en nuestra realidad regional. Es este ejercicio el que está pendiente en nuestro país, y que otros países que han sido exitosos en el campo internacional ya han hecho.

Ahora, lo anterior requerirá sincerar las diferencias que existen, pero que permanecen ocultas en el discurso “abstracto” que usualmente se hace, respecto a los “grandes consensos” que habría en la política exterior. Por cierto que los acuerdos existen a nivel de una discursividad general, o cuando se trata de temas altamente sensibles, pero si se entra a un análisis más fino, no es difícil constatar diferencias sustantivas respecto por ejemplo, ha como manejar nuestras relaciones vecinales, a los vínculos con el resto de América Latina y que políticas de alianzas que debe haber, o sobre la llamada “modernización” de la Cancillería, donde reformas más estructurales nunca han prosperado porque simplemente no ha habido consenso para ello.

Sin embargo, los importantes cambios sociales que está experimentando Chile en el presente, crean hoy un espacio para un debate más plural e inclusivo respecto a como vemos hacia el futuro el “rol de Chile en el mundo”. Desde 1990 a la fecha nuestro país ha quintuplicado su producto e incrementado más de cuatro veces su ingreso per cápita, la pobreza ha bajado significativamente (15% aprox.) , pero permanecen importantes desafíos en términos de exclusión y desigualdades. Al mismo tiempo, nuestra sociedad es hoy más diversa y empoderada, mientras que han proliferado múltiples entidades y organizaciones cuya accionar trasciende nuestras fronteras, haciendo así más enriquecedor pero también más compleja nuestra inserción internacional como país.

Es momento entonces, de repensar nuestro papel en el mundo, teniendo como grandes ejes ordenadores: la democracia y los derechos humanos, un desarrollo inclusivo y sustentable, y la paz y gobernanza global. En definitiva, contribuir desde la política exterior a un país mejor para los chilenos, a partir de una nueva manera de ver y entender la defensa de la “soberanía” en un mundo global. Pero también haciendo un aporte sustantivo de acuerdo a nuestras capacidades, a los grandes “avances civilizatorios” que deben ser defendidos y profundizados, en un escenario internacional claramente más sombrío que el imaginado en nuestros primeros años de democracia.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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