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Crisis en Venezuela y la perspectiva internacional

por 29 agosto, 2017

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El proyecto bolivariano en Venezuela que lleva aproximadamente 17 años, enfrenta su mayor crisis en estos últimos meses. Quizás como en ningún otro país en la parte sur de América, se concatenan variables internacionales con una intensidad poco común.  Desde el capital financiero transnacional que incide en las políticas de estado, hasta las cuestiones de seguridad continental determinadas por la lógica de la geopolítica global contaminada por la guerra fría en su lógica binaria: capitalismo o perecer, pasando por la compleja integración regional, remarcando que Venezuela pertenece al club exclusivo de las potencias petroleras, son factores a considerar en el análisis de un  proceso de independencia nacional amenazada por la intervención de Estados Unidos y sus aliados transatlánticos.

La actual crisis política en Venezuela ha estallado con virulencia por dos bandos contrapuestos en una coyuntura de polarización extrema, generada por objetivos diametralmente opuestos. Por una parte,  la continuidad del proyecto bolivariano gestado por el fallecido Hugo Chávez, y ahora encabezado por el gobierno de Nicolás Maduro. Por la otra, la interrupción de ese proyecto por parte de una oposición interna, coludida con el plan externo de desestabilizar al gobierno bolivariano.

Este plan, con evidencias en escritos públicos del Pentágono (Cuccia,P. SSI. 2010; Evans Ellis, R. SSI.2015),  proviene de las bóvedas del Pentágono en su política de aplastar cualquier amenaza a la hegemonía estadounidense en el sur del hemisferio occidental. En este sentido, sostener que la polarización proviene exclusivamente del proyecto Bolivariano en su esfuerzo de asegurar la continuidad, es inexacto.

La cualidad del  experimento bolivariano desde su inicio fue desdeñada con herramientas del manual de la guerra fría.  Todas derivaron en descalificaciones exageradas haciendo vivir al proceso en una tensión permanente y que claramente tenía por objetivo una profecía auto cumplida: Venezuela sería una nueva Cuba. Que es precisamente lo que la oposición ha logrado impregnar en parte del imaginario público con la crisis actual.

La idea de esta crisis creada artificialmente, es que un proceso alternativo de desarrollo no prospere a toda costa, que el experimento venezolano se desplome y que la integración Latinoamericana y del Caribe corra por los carriles de la letanía sumisa y dependiente del capital de los países desarrollados.

Ha servido escasamente la evidencia de que en su informe del 5 de diciembre de 2013, poco más de tres años atrás, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) señalaba que Venezuela exhibía la mayor reducción de la pobreza con  disminución de 5,6% en pobreza extrema (29,5% a 23,9%), mientras que la indigencia disminuía en 2% (11,7% a 9,7%).

La situación crítica que vive Venezuela hoy, de deterioro social y económico brusco, no es explicable a partir de la disminución de la pobreza en más del 50%” con el proyecto Bolivariano desde hace más de una década. Según la cifra de CEPAL, la pobreza en general decreció desde el 60% al 28% y en la pobreza extrema la reducción es aún más notable, de 25% a un 7%”. Algo más sustantivo sucedió en los intersticios de la política en Venezuela, para que ese camino de ascenso en la disminución de las desigualdades acabara por interrumpirse y se iniciara el deterioro.

La polarización en esta es necesario observarla desde una perspectiva internacional más amplia. Acentuar el análisis en lo local y regional, utilizando la crisis venezolana como un referente de antagonismo ideológico, impide ver el cuadro político más completo y la posición de Venezuela en la geopolítica post desplome soviético. También impide ver el desarrollo del antecedente histórico en la actual coyuntura. El tema que subyace es el fenómeno de la Revolución Bolivariana y su impacto estratégico en la región. Venezuela se proyecta por la resonancia de que el independentismo es una alternativa válida, no solo por una cuestión de nacionalismo, sino también por una razón de desarrollo independiente y alternativo.

El proceso bolivariano comienza el recorrido al interrumpir el círculo vicioso de las políticas públicas dominadas por el mercado y el gran capital. Se demostró en los contratiempos encontrados, que se podía perseverar y esta crisis forma parte de un extendido proceso. Hace casi exactamente 13 años, el referéndum del 15  agosto de 2004, ratificaba a Hugo Chávez en la presidencia. Se convirtió en un emblema y al mismo tiempo en una anticipación de las futuras batallas internas y externas de los países de la región para contener  la hegemonía estadounidense.

Venezuela representa la historia misma del intervencionismo de Estados Unidos en la región. Desde la batalla contra España (1898), para obtener la posesión de Cuba, Washington ha querido echar mano de Venezuela. Hubo arrestos de mantener una férrea soberanía a través del general Cipriano Castro (1902), hecho presidente al encabezar la llamada revolución restauradora. El que lo sustituye, Juan Vicente Gómez, comandante general del Ejército, en el poder durante 25 años (1908-1933), coloca a Venezuela en una posición de alta dependencia política de EEUU. A partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, afianza  su influencia sobre los gobiernos venezolanos a través de un complejo armado financiero, político, tecnológico y cultural montado sobre la riqueza del petróleo. Crece en todo sentido, se hace más cosmopolita y se convierte en un país “rico” de alta complejidad.  El “modelo” generó también entre 1960 y 2000 una situación de extrema desigualdad.

Hay otros agentes que han contribuido al actual quiebre institucional. La inanición política que invade a la social democracia para encausar cambios profundos en la matriz del sistema y el conservadurismo de derecha, han sido grandes responsables en  generar las desigualdades brutales que heredó el proyecto bolivariano. Además, las fuerzas políticas tradicionales que administraron Venezuela por más de un siglo, no pudieron solucionar problemas sociales fabricados vía corrupción e incapacidad de generar justicia.

El futuro de esta crisis depende del nivel de injerencia de Estados Unidos. Su contexto no es diferente a cualquier otro país en cuanto a la interdependencia entre realidad doméstica y conducta exterior. Es en el plano internacional donde Donald Trump tendría más posibilidades de éxito en su gestión y donde puede persuadir o forzar el curso de los acontecimientos.

La política internacional de su administración, a la que podríamos aplicarle con laxitud el término geométrico de asíntota,  por estar anclada en un principio del realismo clásico de aplicar la fuerza para persuadir (la línea recta), y por abordar cada situación en su peso específico sin cruzar otras determinantes, (la línea recta que no se topa con las curvas), ha impactado en puntos claves en un periodo muy breve.

Lo que la administración de Barack Obama no pudo hacer en ocho años, el gobierno de Trump, parece hacerlo en ocho meses en cuanto a iniciativas con resultados por verse.Veamos: El ejército islámico desmantelándose; Irak más estable; Siria en proceso de estabilizase; sanciones económicas a Corea del Norte y un plan para  desnuclearizar la península de Corea; estabilizar Afganistán y contener el terrorismo en bases de gestación en Pakistán, Arabia Saudita, Qatar; redefinir la estrategia con China y Rusia en función de un nuevo orden mundial; desmitificar tratados de libre comercio como panacea de crecimiento económico.

Así mismo, para revertir la tendencia de escasa popularidad por su estilo de gobernar, frenar el giro a la izquierda en los gobiernos de la región  (un mote exagerado en todo caso), sería un gran logro para su administración y el desmembramiento del proyecto Bolivariano sería crucial para evaluar la totalidad de su gestión.

La idea de esta crisis creada artificialmente, es que un proceso alternativo de desarrollo no prospere a toda costa, que el experimento venezolano se desplome y que la integración Latinoamericana y del Caribe corra por los carriles de la letanía sumisa y dependiente del capital de los países desarrollados.

Lo que se libra en Venezuela hay que observarlo más allá del tóxico ideológico. Los trabajos  del Strategic Studies Institute, (SSI), un órgano del Pentágono, indican que Venezuela ocupa un lugar central en el control estratégico de América del Sur y del Caribe. El petróleo, su ubicación geográfica privilegiada, una masa de recursos humanos y físicos privilegiada, pero especialmente su posición política equidistante de las potencias transatlánticas, convierten a Venezuela, en un problema estratégico principal para la política exterior de Estados Unidos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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