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Un dolor que deja enseñanzas

por 22 septiembre, 2017

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La reciente tragedia ocurrida en  la institución educativa privada Alianza Francesa, nos empuja a  reflexionar  sobre los  distancias e incomprensiones que pueden existir en las relaciones entre los adultos que integran las instituciones educativas y sus estudiantes, especialmente los que se encuentran  en etapa adolescente. Uno de los factores que parece estar a la base de estas dificultades es el que se relaciona  con vacíos en la capacidad de empatizar y acceder a la subjetividad de cada joven, lo que, por una parte,  convierte la escuela  en un espacio desprovisto de un adecuado manejo de la dimensión emocional  de los estudiantes y de sus impactos en el aprendizaje y la conducta, al mismo tiempo que   pone en tensión las habilidades emocionales de los propios adultos a cargo.

Vacíos de este tipo son los que se muestran en una situación como la producida en dicha institución, desencadenada ante el hallazgo de unas, al parecer, pequeñas dosis de mariguana trasportada por uno de sus alumnos. Ausente el manejo de las dimensiones emocionales, el relato solo destaca  la existencia de la droga en la mochila revisada. Nada aparece  en cuanto una mirada  integral del sujeto cuya conducta se evalúa. Lo visible para el observador parece no ser el estudiante en tanto persona,  con una forma de ser y una historia que le son propias  y cuyo conocimiento facilitaría nuestra comprensión y evaluación del la conducta que se investiga. Para  los  enjuiciadores  ha desaparecido la   identidad que se perfila en ese estudiante y que podríamos conocer. Ella está ausente y solo es visible en él su  acto de portar marihuana.

No es sencillo hablar públicamente de lo ocurrido. Entendemos que varios otros factores deben haber jugado en esa dramática decisión del joven estudiante. Y, muy especialmente, entendemos el difícil duelo que vive su familia y entorno inmediato, ese que fue su colegio, sus compañeros y todos los estudiantes, autoridades, maestros, funcionarios, apoderados, todos ellos se encuentran sobrellevando una experiencia en extremo difícil, seguramente con enorme tristeza.

Y son, entonces, las consecuencias de ese acto, las que parecen alinear  las decisiones y las conductas de las autoridades. Y quizás si fueron las  emociones que acompañaron esas ideas las que cerraron el paso   a un tiempo de reflexión y empatía, empujando a iniciar un camino que no permitía   marcha atrás.

Porque, la celeridad para decidir el llamado a carabineros pidiendo su orientación  y la opción tan directa de afirmarse en la ley y en el control, ¿no muestra acaso que se está reaccionando a un efecto que se teme y que debe ser acallado antes de que surja? ¿Habrá sido  el peso  que puede tener el rol de autoridad cuando le preocupa  el  prestigio del colegio; la relación con apoderados  que demandan mayor efectividad en el tema de la droga;  inseguridad respecto a  tener éxito  en un  tema que hoy pareciera ser  inmanejable? Puede entonces que el formato de la ley y el control que implica poner al estudiante  “en manos de la justicia”, sea percibido como  la salida más rápida, que  frena la crisis antes de que se inicie y evita procesos que se perciben largos e inciertos.

No es sencillo hablar públicamente de lo ocurrido. Entendemos que varios otros factores deben haber jugado en esa dramática decisión del joven estudiante. Y, muy especialmente, entendemos el difícil duelo que vive su familia y entorno inmediato,  ese que fue su colegio, sus compañeros y todos los estudiantes, autoridades, maestros, funcionarios, apoderados, todos ellos se encuentran sobrellevando una experiencia en extremo difícil, seguramente con enorme tristeza.

Si lo hacemos es porque el intentar comprender el proceso interno y subjetivo de lo ocurrido puede permitir visualizar con mayor claridad las carencias que nuestras instituciones educativas tienen en el plano de lo afectivo,  las que aún no se nutren suficientemente de las necesarias dimensiones emocionales y contextuales que marcan a cada uno de sus estudiantes, y en las que el necesario  diálogo entre lo pedagógico y lo psicosocial es aún incipiente. Igualmente lo hacemos recordando las palabras del  Director, dadas  en una entrevista,  sobre la reflexión que ellos deberán hacer, incorporando el  “dar espacio a las emociones de los alumnos y no considerando solo el desempeño académico”.

Hoy día conocer a un adolescente exige también apreciar las condiciones externas en las que se desarrolla, no solo familiares sino también los pares y el barrio, así como también los propios rasgos de su temperamento y de la personalidad que se perfila. Todos ellos son  factores que marcan con mucho mayor fuerza las necesidades y deseos propios de  esta etapa del desarrollo humano, y son también los que empujan la aparición  de aquellas conductas denominadas de riesgo, fácilmente visibles cuando  se trata de  violencia, impulsividad, resistencia a la autoridad y, por el contrario, mucho más  difíciles  de detectar cuando la inseguridad y el miedo que acompaña a un adolescente están ocultos en un comportamiento silencioso, un pasar “desapercibido”.

Llegar a la emocionalidad que está expresándose en el comportamiento de un adolescente demanda del adulto una mirada absolutamente personalizada y desprejuiciada  de él, pero también le  exige  la capacidad de estar abierto a reconocer sus propias emociones en esa relación. Esa posibilidad de sentir al estudiante, no solo de evaluarlo en sus conductas o en sus capacidades de aprendiz,  y su disposición a tolerar con tranquilidad el tiempo y el espacio que requiere el apreciarlo en  sus necesidades y sus sentimientos, es  lo que para algunos constituye la base de una: “escuela emocional”.

Todos ellos  son aspectos que se vienen impulsando desde el Ministerio de Educación, desde experiencias comunales y regionales que buscan innovar; desde el interés de otros Ministerios que aprecian la importancia  del espacio escolar en aspectos preventivos; ligado todo esto con la mirada sistémica e integradora de la Reforma de la Infancia y Adolescencia impulsada por la presidenta Bachelet. Y es también la necesidad de hacer efectiva la mirada integral que alimenta la gran Reforma de la Nueva Educación Pública, la ley de desmunicipalización que concibe la escuela  como espacio en el que se percibe y apoya al estudiante  en el despliegue de todas sus capacidades y en la efectividad de  sus derechos. Es la pedagogía que hace unidad con la integralidad  del  desarrollo humano, para toda la infancia y la adolescencia de nuestro país.

Y en relación a esta gran tarea es que sentimos la necesidad de que tragedias como la vivida sean una exigencia y un aprendizaje, para escucharnos más, para trabajar juntos y  colaborar.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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