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Así no, Raúl

por 27 octubre, 2017

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Conocí a la cubana a la que llamaré Mirta, hace un par de años, cuando llegó a trabajar a la misma empresa en la que yo vendo teléfonos. Separada, 55 años, de buen trato, educada, muy desconfiada, poco a poco nos fuimos conociendo. Como miles, salió de su patria por las miserias de la economía de la isla, cansada de las penurias. Todos los cubanos saben que más allá del mar, la suerte en lo laboral y en cuanto a bienestar, puede ser mejor, y esa decisión de emigrar es tan riesgosa como un parto.

A medida que ella vio que podía hablar en confianza conmigo, me contaba de la realidad en la que nació, se crió y llegó a graduarse en la universidad. Discutíamos bastante; no podía comprender la admiración por Fidel y la Revolución de millones de latinoamericanos.

Yo le replicaba, que toda esa gente –dentro de la que siempre me he sentido parte integrante-, tenemos un extenso historial de pobreza, falta de educación –que ella sí tuvo-, carencias en atención de salud, vivienda, recreo, acceso a la cultura, pensiones justas, etc., etc., y que por décadas vimos en Fidel como la voz más potente en contra de los responsables de nuestro atraso: la política colonialista y usurpadora de los gringos, instalando gobiernos dóciles a sus intereses, llevándose nuestros recursos básicos.

Le hacía ver que nuestros pueblos has sufrido con el subdesarrollo impuesto por el imperio.  Pero ha sido muy difícil contraponer estos argumentos a los suyos: "Aquí en Chile, con mi trabajo puedo tener todo lo que necesito, desde comida, vestuario, calzado, buen transporte público, teléfono, hasta internet, pero en Cuba no, todo está racionado y el panorama no permite ilusionarse con que habrá cambios".

Si el maltrato, el abuso y los altos costos que impone el gobierno cubano para los trámites consulares se deben a que creen que cada cubano que vive fuera de Cuba es proyanqui, amigo de los malditos Posada Carriles, partidario del bloqueo y en consecuencia, un enemigo, no pienso lo mismo, rechazo con todas mis fuerzas tal discriminación.

 Mirta fue a su consulado en agosto a gestionar su pasaporte para ir a su patria de vacaciones. Y me resulta en extremo difícil de entender lo que me contó: se tardan tres meses en otorgárselo, qué le cobran una barbaridad de dinero –en dólares-, para cada trámite. No logro comprender por qué el trato grosero, prepotente de las empleadas que están allí para atender a sus compatriotas. Dan 20 números por día, nada más, por lo que ella debió ir a hacer la fila a las cinco de la mañana. Dice que atienden al público en un par de metros cuadrados, que en el baño no hay jabón ni papel, que el Consulado no atiende llamadas telefónicas por consultas, que carecen de un buen servicio básico: preguntan siempre lo mismo "¿Puedes creer que cada vez que debo ir, me preguntan por mi fecha de nacimiento, y llenan hojas y hojas con datos que debieran conservar?".

Con amargura, me cuenta que al llegar al aeropuerto de La Habana debe andar con sumo cuidado, porque se sospecha de ellos: cualquier funcionario o guardia de allí le puede sacar dinero por alguna supuesta falta. "¡Y nadie debe atreverse a discutir, pues te pueden requisar lo que llevas en tus maletas!". Dice que, hace algunos años, un cubano de visita en la isla se rebeló contra estos abusos y lo dejaron marcado: cinco años sin poder entrar a Cuba.

Así no, Raúl. A mí nadie me puede acusar de ser cómplice de los yanquis; tengo de sobra cómo acreditar toda una vida de militancia allendista. Soy sobreviviente del campo de concentración Tejas Verdes, 17 años de exilio, lo que duró la dictadura pinochetista.

Siempre he soñado con visitar tu país, conocer a tu gente allá, en mi condición de escritor. Le dije a Mirta que haría esta denuncia, y ella me dijo que no lo hiciera porque jamás me dejarían entrar a su país, que quedaría marcado. ¡Ya no me importa! Si el maltrato, el abuso y los altos costos que impone el gobierno cubano para los trámites consulares se deben a que creen que cada cubano que vive fuera de Cuba es proyanqui, amigo de los malditos Posada Carriles, partidario del bloqueo y en consecuencia, un enemigo, no pienso lo mismo, rechazo con todas mis fuerzas tal discriminación. Los cubanos que conozco trabajan para enviar dinero a sus familias y así sobrellevar las penurias.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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