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Desde Barcelona: ¿Cataluña o Catalunya?

por 18 noviembre, 2017

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Para el extranjero que aterriza en Barcelona, orientarse en la crisis catalana puede ser tan complicado como caminar sin mapa ni GPS por las callejuelas del Barrio Gótico o por los pasajes del Raval. Por cada bandera del Reino de España que cuelga en una ventana con la corona de la monarquía, cuento tres o cuatro esteladas, la bandera independentista, antimonárquica y republicana, basada en la senyera de cuatro franjas rojas sobre fondo amarillo, tradicional del Reino de Aragón y el Condado de Cataluña, con el agregado de una estrella en triángulo azul inspirada en la bandera de Cuba.

¿El predominio de las esteladas en los balcones significará que los barceloneses están en su mayoría a favor de independizarse? ¿O revelará el temor de los unionistas a manifestar públicamente su deseo de permanecer en España? ¿Qué pensarán los que no han colgado bandera alguna, la enorme mayoría? No he visto las manifestaciones anteriores, pero la de los independentistas del sábado 11 por la libertad de sus dirigentes presos fue realmente gigantesca, impresionante. Los asistentes llegaron de toda Cataluña en autobuses.

Catalanes de antigua cepa —partidarios o no de la independencia— han evocado para mí en estos días la larga lista de los agravios padecidos por su “Catalunya”. Algunos se remontan al desmantelamiento de las instituciones y fueros del principado de Cataluña y la feroz represión e imposición del castellano sobre el catalán que en 1714 siguieron al bloqueo de Barcelona y la victoria del rey borbón Felipe V sobre el archiduque Carlos en la Guerra de Sucesión Española.

En los debates de estos días se exalta la figura de Lluis Campanys, presidente de la Generalitat, que como alcalde de Barcelona proclamara la república catalana, refugiado en Francia tras la victoria de Franco, devuelto a España por los ocupantes alemanes y fusilado aquí en la fortaleza de Montjuic. Se he recordado que el gobierno franquista prohibió el uso del idioma catalán en público y la inscripción de los recién nacidos con nombres de pila catalanes, pero una amiga me recuerda que antes de eso, el dictador Primo de Rivera, amparado por el rey Alfonso XIII, ya había impuesto las mismas prohibiciones con el añadido de que proscribió además la sardana, el baile tradicional de Cataluña.

Es difícil predecir en qué va a terminar todo esto, aunque algunos signos anuncian que el desgajamiento podría desencadenar en la propia Cataluña una catástrofe económica con serias repercusiones en el resto de España. Hay temores también de que una eventual República de Catalunya pudiese convertirse en un Estado gobernado por una élite nacionalista, autoritaria y excluyente. Por otro lado, la persecución contra Puigdemont y quienes organizaron el plebiscito y proclamaron efímeramente la independencia, y el encarcelamiento de varios de ellos, han elevado la tensión al máximo.

En el siglo que corre, el agravio que gatilló la radicalización independentista que estamos presenciando fue el del Estatut. Tras las elecciones de 2003, el gobierno catalán encabezado por el socialista Pasqual Maragall puso en marcha un proceso encaminado a profundizar la autonomía de Cataluña y mejorar su posición administrativa y económica dentro de una España plural, mediante una modificación del Estatuto de 1979. En las arduas negociaciones participaron los partidos catalanes y el gobierno español presidido por el socialista José Luis Rodríguez Zapatero. Algunas novedades del anteproyecto inicial, como el reconocimiento de la “nación” catalana, la proclamación del catalán como única lengua oficial y la concesión a Cataluña de las ventajas financieras de que disfrutan Navarra y el País Vasco en virtud de antiguos fueros, se suavizaron en la versión final, cuyo preámbulo no vinculante solo hacía mención a la “nacionalidad catalana” y, en cuanto al idioma, establecía la “cooficialidad” de dos lenguas: el catalán y el castellano. El nuevo Estatut fue aprobado en el Parlamento catalán con los votos en contra de los dos extremos: el Partido Popular, el PP, de derecha, que sostuvo que rompía la unidad de España, y Esquerra Republicana de Catalunya, ERC, de extrema izquierda, porque no incluía la independencia. Por último fue aprobado por ambas ramas de las Cortes, con la oposición del PP y la abstención de ERC en el Senado, y ratificado por votación popular en Cataluña. A pesar de las tensiones y debates agitados, todo parecía encaminarse a un final feliz, con una Cataluña que permanecería dentro de España en una situación más cómoda, pero...

Pero el PP, partido de oposición, con su líder Mariano Rajoy a la cabeza, lanzó en toda la península una feroz campaña contra el Estatut y recurrió al Tribunal Constitucional, formado en su mayoría por jueces conservadores afines al PP. El Tribunal anuló por “inconstitucionalidad” las principales disposiciones del flamante Estatut, y Cataluña fue humillada una vez más. Al poco tiempo Rajoy llegaba al gobierno, mientras los partidos y movimientos catalanistas formaban un frente con vistas a la realización del plebiscito por la independencia que se concretó el 1 de octubre pasado, prohibido y obstaculizado por Madrid.

En los últimos años España ha vivido los más graves escándalos de corrupción política de toda sus historia, con más de mil imputados de todos los niveles y regiones, incluidos miembros de la familia real, y un centenar en la cárcel por cobrar coimas, saquear las arcas fiscales, malversar fondos públicos. El dinero negro de la caja B del PP chorreaba hacia Rajoy y sus colaboradores; en Andalucía, gobernada por los socialistas del PSOE, los “pucherazos” iban a manos de los dirigentes políticos y sindicales del partido; en Cataluña, el molt honorable Jordi Pujol, histórico patriarca del partido de la burguesía catalana Convergència i Unió, cobraba mordidas por las obras y contratos públicos y lavaba el dinero con ayuda de su mujer y sus hijos, entre ellos Jordi que subía al paraíso fiscal del principado de Andorra con la mochila llena de billetes de 500 euros.

Al desviar la atención de la podredumbre política generalizada, el actual “choque de trenes” del conflicto catalán parecería acomodar a todos. A Rajoy, la defensa de la unidad de España le permite aglutinar en torno a su gobierno el amplio abanico del nacionalismo supremacista español y castellano. En Cataluña, la cruzada independentista hace olvidar las turbias andanzas de los líderes tradicionales del soberanismo.

Aquí en Cataluña no solo viven catalanes. Situada de cara al Mediterráneo, a lo largo de los siglos la región ha acogido a viajeros de diversos orígenes. A mediados del siglo pasado los inmigrantes llegaban de Andalucía, Extremadura, Murcia huyendo de la miseria en que los sumía la dictadura franquista. El trabajo de los “charnegos” —apelativo despectivo dado a los españoles castellanohablantes— contribuyó al desarrollo industrial de la región. Su aporte cultural ha sido relevante, como demuestra, por ejemplo, el hecho de que la Chana, Antonia Santiago Amador, nacida en 1946 en el Hospitalet, junto a Barcelona, hija de gitanos venidos del sur, haya sido una de las más formidables bailaoras de flamenco de todos los tiempos, cuya vida ha sido inmortalizada en La Chana, premiado documental de Lucija Stejovic y Beatriz del Pozo, en cuyo estreno, al que asistí en el Teatre Nacional de Catalunya, la bailaora ya retirada nos ofreció un prodigioso zapateado.

En los 70 desembarcaron en masa los “sudacas” de América Latina. No puede olvidarse que el boom de la novela latinoamericana emergió en Cataluña con apoyo de editores catalanes y de la agente Carmen Balcells, cuando en Barcelona vivían García Márquez y Vargas Llosa, y en Calaceite José Donoso. Más tarde Roberto Bolaño vivirá en Blanes y morirá en Barcelona. Por aquellos años llegué al Hospitalet, en los márgenes de Barcelona, a entrevistar a los refugiados chilenos que vivían allí para el programa Escucha Chile de Radio Moscú y en un muro de Barcelona me sorprendió la pintada xenófoba Sudacas fora! En lo que va del nuevo siglo las universidades de Cataluña han atraído a numerosos estudiantes latinoamericanos, entre ellos no pocos chilenos, a condición de que estén dispuestos como mi nieto Joaquín a aprender el catalán, idioma en que se imparten las clases. Ello se ajusta a la política de “inmersión” en el catalán a partir de la escuela, que las autoridades impulsan desde hace varias décadas en desmedro del castellano y de los catalanes castellanohablantes.

Me dicen que entre los siete millones de habitantes de Cataluña los extranjeros suman alrededor de un millón, y que la quinta parte proviene de Marruecos. Basta con darse una vuelta por el barrio del Raval, a cinco minutos de la Plaza Cataluña, para ingresar a un mundo laberíntico de almacenes árabes, carnicerías islámicas, mujeres con velo, mezquitas. Abundan allí también los inmigrantes paquistaníes. Algunos consideran sospechosas las facilidades con que la élite catalana recibe a los “moros” y “paquis”, y las atribuyen a que esos inmigrantes y sus hijos aprenden a hablar catalán sin pasar por el castellano y han de constituir una base laboral favorable a la hora de la independencia. Pero el asunto puede ser una bomba de tiempo, como lo demuestra el hecho de que el terrorista islámico Younes Abouyaaqoub, conductor de la camioneta que en agosto mató a quince personas e hirió a ciento treinta en la Rambla, era hijo de marroquíes, nacido y criado en Ripoll. Por otra parte, en respuesta a la turistificación de algunas zonas de Barcelona, invadidas por viajeros alcohólicos, bulliciosos y trasnochadores, a menudo ingleses o alemanes, los vecinos adoptan medidas y cuelgan lienzos que exigen “Barrio Digno”. Así, la relación de Cataluña con quienes llegan de fuera ha sido y sigue siendo compleja; con todo, la región y especialmente Barcelona se enorgullecen de su espíritu acogedor.

¿Adónde irá a parar esta crisis, que es una crisis de Cataluña, de España, de Europa? A Alba, amiga catalana hasta los huesos que en Chile investigara la biología de nuestros mares, hoy en Barcelona se le iluminan los ojos con orgullo ante la perspectiva de una Catalunya independiente. Le digo que el Estado español es poderoso, que los catalanes están divididos, que las familias están divididas, que en Barcelona los independentistas no han logrado mayoría, que la independencia no se ve a la vuelta de la esquina. Ella no pierde la sonrisa y me responde con un optimismo que mira lejos: “Dos millones votaron por la independencia. Los catalanes hemos esperado mucho, tenemos paciencia”.

Los catalanes de tomo y lomo y el resto de los españoles se tratan unos a otros con desamor. El PP, Ciudadanos, el PSOE, los diarios El País, El Mundo, ABC, Televisión Española y los nostálgicos del franquismo actúan contra la independencia y por la aplicación a Cataluña del artículo 155 de la Constitución, en un frente heterogéneo encabezado por el borbón Felipe VI, un rey sin el carisma ni la picardía política de su padre. La élite catalanista se precia de su habilidad para los negocios y se siente culturalmente más cercana de Francia y otros países europeos que de Madrid y no oculta su desprecio hacia “España”. No en vano Cataluña prohibió la “salvajada” de las corridas de toros. Fernando Savater, filósofo y opinólogo españolista, recorre los desayunos y las tertulias de los canales de TV pidiendo “castigo ejemplar” para los dirigentes catalanes y califica la prohibición de los toros de acto digno de la Inquisición. Yo le recuerdo que la siniestra institución de la Iglesia Católica envió a la hoguera en España a treinta y cinco mil “herejes” y a prisión a trescientos mil, y ya que de toros se trata, que la Inquisición tuvo entre sus métodos el Toro de Falaris, un toro metálico de tamaño natural al que era introducido el condenado y bajo el cual se encendía una fogata para que la víctima se quemara lentamente profiriendo alaridos de dolor que salían como mugidos por la boca del animal de hierro. El “filósofo” Savater se ha mofado incluso de la sardana, el hermoso baile catalán en que hombres y mujeres de todas las edades bailan tomados en alto de las manos una ronda suave y ondulada a los compases de los instrumentos de una “cobla”.

Es difícil predecir en qué va a terminar todo esto, aunque algunos signos anuncian que el desgajamiento podría desencadenar en la propia Cataluña una catástrofe económica con serias repercusiones en el resto de España. Hay temores también de que una eventual República de Catalunya pudiese convertirse en un Estado gobernado por una élite nacionalista, autoritaria y excluyente. Por otro lado, la persecución contra Puigdemont y quienes organizaron el plebiscito y proclamaron efímeramente la independencia, y el encarcelamiento de varios de ellos, han elevado la tensión al máximo. Sin pronunciarme sobre el tema de la independencia, yo, que tengo alergia a toda respuesta represiva frente a opiniones y acciones políticas, me vi en la vereda de la Plaza Sant Jaume alzando un letrero que exigía “Llibertat presos politics”. Hoy, entre Barcelona y Madrid arde la polémica semántica: los autonomistas sostienen que se trata de “presos políticos” perseguidos por ideas y actividades legítimas; los unionistas, que son “políticos presos” por violar la ley.

En Bruselas, capital de Europa donde se encuentra, Puigdemont intenta llevar la causa independentista ante la Unión Europea, pero le han cerrado la puerta para no sentar un precedente que pudiese generar un efecto dominó de demandas similares en toda la región. Con audacia, Puigdemont y los suyos han convocado a los catalanes a viajar a una manifestación que se realizará el 7 de diciembre en Bruselas, dos semanas antes de las elecciones catalanas del 21 de diciembre, mientras de lado y lado vuelan los epítetos.

A un cantautor tan progresista y catalán como Joan Manuel Serrat, los independentistas lo han tratado de “fascista” por no sumarse a su cruzada; desde la otra vereda, Gerardo, chileno iracundo, me dice que los catalanistas son “un atado de fascistas” opresores de las minorías. A unos y otros les convendría releer a Primo Levi, a Hannah Arendt o estudiar nuestro Informe Rettig para recordar lo que es el fascismo de verdad. La acusación de “fascista” hoy se lanza a cualquiera por angas o por mangas, convertida según los gringos en la nueva “f word” —palabra con efe— en remplazo de la antigua fuck.

En medio de la trifulca, algunas voces piden un “diálogo constructivo” y que todas las partes se sienten en torno a una mesa, algo que hoy día parece remoto. ¿Y mañana?

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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