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La óptima indiferencia frente la democracia en Chile

por 19 noviembre, 2017

La óptima indiferencia frente la democracia en Chile
Todo muestra que con las reformas políticas consistentes en el cambio en la voluntariedad del voto y el fin del binominal, se convirtió la “óptima indiferencia”, característica de la “edad de oro” de la Concertación, en una “abominable indiferencia” que plantea grandes desafíos para las alternativas de gobierno en los próximos años, como, asimismo, supone el riesgo efectivo de una creciente banalización de la democracia chilena.
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Probablemente esta elección presidencial y parlamentaria es la que ha generado menor interés y movilización desde que se recuperó la democracia en 1990. Ciudadano Inteligente, una organización sin fines de lucro, ha desarrollado una herramienta llamada “media naranja política” (https://votainteligente.cl/media_naranja/) para reconocer las afinidades con los distintos candidatos en una elección presidencial extraordinariamente opaca en definiciones programáticas y muy abundante en episodios escandalosos que buscan, con certeza, generar clivajes en una sociedad apática y atajos cognitivos para que los electores logren definir sus preferencias políticas. Esto no debiera sorprender a muchos chilenos, puesto que la participación electoral declinó sistemáticamente desde 1990 hasta llegar a un piso de un 36% en las elecciones municipales de octubre de 2016, transformando a Chile en el país con menor participación electoral de toda América Latina.

Hay que señalar que esta tendencia se agudizó desde 2012 con la inscripción automática y el voto voluntario, reforma pensada como una estrategia para revertir el envejecimiento del padrón por la indiferencia o aversión de los jóvenes a entrar al proceso electoral. Con la reforma del voto voluntario se buscó inscribir automáticamente a todos los ciudadanos en edad de votar, renovando instantáneamente el padrón, y de este modo, establecer condiciones propicias para la actualización de la oferta programática de los partidos.

Pero por el contrario lo que ocurrió fue que los partidos tradicionales, adaptados a la cultura de empates reiterados por el sistema binominal y proclives al estancamiento programático, no lograron movilizar a los jóvenes y a otros segmentos de ciudadanos indiferentes, acomodándose a las nuevas reglas del juego y con escasa capacidad para innovar políticamente. En este sentido, durante la elección presidencial y parlamentaria de 2013, votaron 1.303.323 electores menos, siendo mayor el número de electores hombres que dejaron de participar.

La baja incorporación de nuevos votantes, así como la lenta declinación de las dos coaliciones históricas (Alianza y Nueva Mayoría) no han favorecido el surgimiento de una coalición ascendente de reemplazo con una base electoral semejante a aquellas del período 1990-2012.

En el escenario más optimista para aquellos que esperan este reemplazo coalicional, Beatriz Sánchez, candidata del Frente Amplio (FA), podría acercarse a Alejandro Guillier, aspirante de la Nueva Mayoría, pero en ningún caso en esta elección la coalición frenteamplista amenazará a la centro izquierda o a la derecha como segunda fuerza parlamentaria. Se impone en este cuadro una tendencia de declinación de las dos coaliciones tradicionales sin una alianza ascendente de reemplazo.

Otros efectos no deseados de este nuevo sistema han sido el aumento de la segmentación de clase, fenómeno por el cual las comunas de ingresos más altos son las que tienen mayor participación electoral y viceversa. Por esta razón, se espera que en la medida que la participación el próximo domingo sea inferior aumentarán las posibilidades de que Sebastián Piñera resulte ganador en primera vuelta.

Por otra parte, la ley N° 20.840 del 2015 sustituyó el sistema electoral mayoritario binominal instalado por la dictadura de Pinochet por un sistema de carácter proporcional que buscaba fortalecer la representatividad del Congreso Nacional. Además del cambio en la fórmula para la conversión de votos en escaños y el cambio en el distritaje, se aumentó el número de diputados de 120 a 155 y de senadores de 38 a 50, estableciendo además mecanismos transitorios para nivelar oportunidades de acceso a cargos de representación entre hombres y mujeres. Concretamente, se establece un aporte por candidatas para las cuatro elecciones desde 2017 al 2029 y un mecanismo de cuota, para el mismo período, que pone como techo máximo para la inscripción de candidaturas un 60%, de modo que ningún género tenga menos de un 40% respecto de la oferta total de candidatos de un partido o lista.

Bajo estas condiciones y comparando las oportunidades y amenazas de los dos escenarios más probables posteriores a esta elección presidencial y parlamentaria (triunfo de Piñera o triunfo de Guillier), se puede visualizar lo siguiente:

a) En el caso que gane la presidencia Sebastián Piñera, se proyecta una relación compleja y áspera con los actores sociales que poseen mayor capacidad de movilización y politización. No obstante, la activación y capacidad de contestación social de las organizaciones sociales que lograron activarse desde 2010 en adelante para politizar demandas sectoriales (educación, medioambiente, pescadores, trabajadores subcontratados), en ningún caso será la misma, debido al desgaste de la movilización estudiantil y de su mayor órgano de conducción, la Confederación de Estudiantes de Chile (Confech). Por otra parte, el bajo nivel de fragmentación de la coalición parlamentaria de respaldo a Piñera augura costos de transacción menores a los que podría enfrentar Guillier o Sánchez.

b) Por su parte, en el evento de resultar ganador Alejandro Guillier o Beatriz Sánchez, se proyecta una vinculación más fluida con los actores sociales respecto del gobierno de Piñera. Sin embargo, la alta fragmentación de la coalición de respaldo parlamentaria para un eventual gobierno de la Nueva Mayoría o del Frente Amplio, proyecta una dificultad mayor para la gestión de las políticas públicas. Hay que recordar que el segundo gobierno de Bachelet llegó al poder con un programa estructurado en base a tres grandes compromisos que surgieron de la movilización social pero que no poseyeron nunca un sentido común dentro de la Nueva Mayoría; reforma tributaria, nueva Constitución y reforma educacional. En este plano, la fragmentación ideológica de la Nueva Mayoría, coalición de cinco partidos que integró desde la Democracia Cristiana al Partido Comunista, dificultó la gestión legislativa de las reformas o derechamente impidió capitalizar los avances conseguidos por el eclecticismo no resuelto de la multipartidaria. En el caso de un futuro gobierno de Guillier o Sánchez, los costos de la gestión de la coalición parlamentaria serían considerablemente más altos con una decena de partidos/movimientos que representan diferencias en subculturas, lineamientos ideológicos y estilos de gestión política en el mundo de la izquierda chilena.

En consecuencia, todo muestra que con las reformas políticas consistentes en el cambio en la voluntariedad del voto y el fin del binominal, se convirtió la “óptima indiferencia”, característica de la “edad de oro” de la Concertación, en una “abominable indiferencia” que plantea grandes desafíos para las alternativas de gobierno en los próximos años, como, asimismo, supone el riesgo efectivo de una creciente banalización de la democracia chilena.

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